viernes, 23 de marzo de 2007

TRATADO DE LO INVISIBLE IV




Así como un espectro sonoro revela a Hamlet los amores, las intrigas y el paso del crimen, así la voz de Alfredo Sadel esconde en su resonancia, en su versatilidad, el esplendor y lo deleznable del alma venezolana. Indiscutiblemente ligados, la historia contemporánea de Caracas y la biografía vocal del cantante, por otra parte, se entrecruzan, se imantan. Nada de cuanto somos puede explicarse sin la ciudad; nada de nuestra capacidad de sentir, hoy, puede ser ajeno al timbre y al repertorio de Sadel.

"Sadel bolerista". José Balza (1989)




Desde luego, no salió de la nada. Pero me cuesta trabajo reconocer una tradición de cantantes de esta parte del mundo, digamos El Caribe, en la voz de Alfredo Sadel. Creo que él nos ha inventado una contemporaneidad. Su éxito no parecía provenir de un esfuerzo ni de una especial coyuntura. Era. No podía ser de otra manera. Cuando al mediodía, Victor Saume nos revelaba la primicia de un kinescopio, en plenos cincuenta, y mostraba desgarradas damas de falda campana, transidas en el estudio principal de la CMQ en La Habana, más de un mayor parecía sorprendido. Yo no. Sadel era mi plural. Todos íbamos a ser con él. Todos habíamos cambiado. Ibamos a comenzar un país donde el pasado nos sobraba. Allí estaba, ante nosotros, nada menos que el mejor de todos nosotros. En un lugar acostumbrado a la idea de que las mejores cosas nos sucedieron en el siglo XIX, comenzando por el Libertador Bolívar, no es nada fácil sentir el orgullo de la contemporaneidad. Pero ese hombre del kinescopio de Saume, que solía hablarnos entre canción y canción de sus viajes y proyectos, nos hizo sentir mejores y capaces.

¿Cómo no llamarlo, entonces, un ídolo?

"Por toda la vida, Alfredo". José Ignacio Cabrujas (1989)


(Publicados originalmente en Sadel en el tiempo. Sono rodven, Caracas, 1989)

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