domingo, 9 de septiembre de 2007

PAVAROTTI PER SEMPRE





Einar Goyo Ponte

Parece que los ciclos marcan sus leyes de forma más inflexible que el peor yugo. A medida que nos hacemos viejos, una de las aflicciones más ineludibles que nos toca la desgracia de padecer es la de ver partir a nuestros héroes, en dolorosa confesión de su mortalidad, dejándonos en la intemperie de su recuerdo, y con la obligación de su tributo y la honra de su estela.

Así este año 2007 nos ha tocado despedir a grandes figuras del arte y la lírica. Se nos fueron Beverly Sills, Regine Crespin, Michelangelo Antonioni, Ingmar Bergman, Michel Sarrault, Teresa Stich-Randall y ahora, precedido de los siempre aciagos rumores y heraldos de lo inevitable, acaba de callar su voz el más grande de los tenores italianos del siglo XX, y uno de los mayores cantantes de toda la historia del canto: Luciano Pavarotti.

He tenido la fortuna, más de una vez en esta vida, de escribir sobre Pavarotti. Demasiado joven para atestiguarlo en su primera visita a Venezuela -cuando cantara dos de sus roles insignia, el Edgardo de Lucia di Lammermoor, de Donizetti, y su incomparable Rodolfo de La Bohéme, de Puccini, en noches, para sus espectadores, inolvidables, que él alternara con opíparos banquetes en aquel Boulevard de Sabana Grande perdido en el tiempo, delirando por el tropical aguacate, a mitad de los años 70-, pude luego desquitarme en sus tres sucesivas visitas, en conciertos multitudinarios, en 1991, 1998 y 2004, en su Farewell Tour, además de comentar varios de sus discos, libros sobre el cantante, así como sus registros videográficos.

Los primeros testimonios de Pavarotti los tuve a finales de la década de los 70: venía incluído en los venenosos cassettes con los cuales mi mentor de entonces, mi amigo Marcos Arturo Contreras me inoculara el incurable virus de la ópera. Por entonces era el tenor lírico que comenzaba a cobrar fama en el mundo. Ya había seducido al público internacional con su afectuoso Rodolfo, se había convertido en la pareja oficial de la extraordinaria soprano Joan Sutherland, quien, junto a su esposo, el director Richard Bonynge, lo habían inducido al repertorio del bel canto romántico, gracias al cual obtuvo sus mayores éxitos internacionales, sobre todo en aquella aclamada La fille du regiment, de Donizetti, que lo convirtió en EEUU en el “Rey del do de pecho”. Apenas nimbado de esa gloria fue que vino por primera vez a Venezuela. Y en el momento en que su voz grabada llegó a mis oídos, comenzaba a iniciar su giro en el repertorio. Comenzaba a grabar y a abordar en escena roles más dramáticos, que, como siempre, a los críticos les parecían demasiado pesados para su voz. Lo que yo escuchaba era un instrumento diáfano, cargado de morbidez , pero penetrado de algo que nunca tuve la oportunidad de describir y ahora aprovecho: una vehemente melancolía. Eso era lo que a mi juicio distinguía el sonido de Pavarotti. Tenía la solaridad de italianos como Pippo Di Stéfano, uno de sus grandes ídolos, buscaba la suavidad de emisión característica de Beniamino Gigli, otro de sus modelos, mientras que su fraseo y colores expresivos iban en la línea de otros dos ilustres predecesores de su país: Ferruccio Tagliavini y Tito Schipa. Pero en ninguno de ellos existía, al menos no como rasgo distintivo o sobresaliente, esa melancolía vehemente, que podría emparentarse con lo que se ha llamado desde el siglo XIX o antes, la lacrima nella voce (la lágrima o el llanto en la voz), que, sin embargo, en Pavarotti era algo más, como una expansión emotiva, como un temblor auténtico del corazón, como un acento atravesado de sinceridad, de franqueza afectiva, que servía tanto a los personajes impulsivos, valerosos, como a los sentimentales o más irrealmente líricos, otorgándoles una vida, que diría moderna, en contraposición con el hieratismo o el estereotipo clásico heredado de los cantantes antiguos. No había héroes pétreos, enterizos con Pavarotti. Sus Rodolfo, Nemorino, Duque de Mantua, Enzo, Alfredo, Edgardo, Arturo, Cavaradossi o Canio iban más allá del irreprimible ardor de Di Stéfano. Contenían una sugestiva ambigüedad, una ostentosa debilidad que era el atractivo más magnético de sus creaciones. Como un equivalente de esa belleza femenina incrustada en medio de la incontestable virilidad que derrochan Alain Delon o Leonardo di Caprio en el cine, pero traducida a la música.
Durante más de diez años fui atesorando sus grabaciones: persiguiéndolas incluso fuera del país, tratando de contagiar a otros amigos de la fascinación por esa voz prodigiosa, de tan irresistible luz, de tan embriagadora mediterraneidad. La década entera de los 80 fue la de su consagración como divo moderno de la ópera: en ellos registró su hermoso video de arias religiosas desde Canadá, realizó el excepcional concierto al lado de Joan Sutherland y la mezzosoprano Marilyn Horne, en el Lincoln Center, en lo que ha sido catalogado como uno de los conciertos más importantes del siglo; abordó el rol protagonista masculino de óperas como La Gioconda, Tosca o Aida, y realizó un buen puñado de sus mejores grabaciones: su Sonnambula, al lado de Joan Sutherland, que le devuelve su verdadera estatura de rol cima del bel canto al personaje de Elvino, hasta el momento no hay otro registro discográfico similar de ese título; su Mefistofele, de Arrigo Boito, en el que hace una verdadera recreación del personaje de Fausto (insuperable su aria final “Giunto sul passo estremo”), su Andrea Chenier, con Montserrat Caballé, llena de dúos encantadores, y un par de discos de recital también de importancia histórica. El Verismo arias, donde anunciaba los nuevos nortes de su carrera, y un hito discográfico, Pavarotti premieres, donde acompañado de Claudio Abbado, recuperaba arias, oberturas y preludios inéditos, dados por perdidas, alternativas o recuperadas de Giuseppe Verdi. Todo un redescubrimiento y un extraordinario aporte al repertorio del mayor compositor operístico italiano. Quizás en menos relevancia, pero pronto convertidos en grandes éxitos populares, deben mencionarse sus dos discos de canciones napolitanas, O sole mío, continente de las canciones que luego se convertirían en otras de sus insignias, y Passione, cuyos arreglos revelaban la directa filiación entre esta música y el belcanto.

Las portadas de las revistas Time y Newsweek, y la manera como se abarrotaban sus presentaciones en el Metropolitan Opera House, San Francisco, el Covent Garden y la Scala de Milán lo fueron convirtiendo cada vez más en un fenómeno mediático. Se alimentó una supuesta rivalidad entre él y Plácido Domingo, la cual animó las fantasías de los operófilos de todo el mundo, para desinflarlas apoteósicamente el año en que todo daría el vuelco definitivo. 1990.

Fue el año del mundial de Futbol de Italia. Y en una idea genial de empresarios, medios y artistas se produjo el célebre concierto llamado de “Los tres tenores”. Plácido Domingo, José Carreras y Luciano Pavarotti cambiaron el rostro de la llamada música culta, convirtiéndola, por virtud de aquel acto absolutamente carismático, excepcional, nunca visto, en un fenómeno de masas. Millones de espectadores que jamás habían escuchado una nota de ópera, que quizás sólo conocían las figuras mudas de los cantantes en carteles, revistas o vitrinas, sintieron de repente suyas las arias más espléndidas de Tosca, Rigoletto, Le Cid, Turandot, zarzuelas, canciones napolitanas y el deslumbrante “O sole mío”, entre muchos otros fragmentos de la música lírica y popular, con los cuales las tres voces enlazaron al mundo en un solo oído y una sola admiración. Allí logró Pavarotti dos magias que se convertirían en auténticas marcas de fábrica de su estilo y de su figura: el propio “O sole mio”, al cual le adicionó un escalofriante trino sobre algunas de sus notas más agudas, con lo cual ya no pudo dejar de interpretarla de esa manera, y el heroico “Nessun dorma”, de la Turandot, de Puccini, el cual el tenor interpretaba, sin poseer el color ni el volumen tradicionalmente asignados al aria, con un esmalte y una convicción impresionantes, ribeteados por la forma absolutamente insolente de emitir el si natural final de esta aria, sostenida más allá de lo acostumbrado, logrando un efecto impactante sobre el público. Pavarotti logró colocar esta aria en los primeros lugares del hit parade en casi todo el mundo, pues, como nunca antes, la gente llamaba a las emisoras radiales para pedir que la transmitieran, una vez editado el disco y el video del concierto de Caracalla, el cual, huelga decirlo, también se convirtió en un inédito éxito de ventas y difusión mundiales. A partir de allí, lo que había sido promocionado como una ocasión única e irrepetible, se transformó en un espectáculo que recorría el mundo: Los Angeles, Nueva York, Tokio, Rio de Janeiro, París, Vancouver los recibían cada vez con menos entusiasmo: no se percataron de que aquello irrepetible, mil veces reeditado, era lo más parecido a un engaño. El de Los Angeles 94 fue demasiado hollywoodense, y en París 98, en el último mundial del siglo XX, hubo poca música francesa, la tour Eiffel como fondo aportó encanto, pero ya la magia había desaparecido.




Sin embargo, Pavarotti pudo aprovechar hasta el máximo la vena de los conciertos masivos. En el inicio de ellos fue que lo recibimos por segunda vez, en el Poliedro de Caracas. Venía del Hyde Park, del Madison Square Garden, de comenzar a llenar estadios de Futbol, y a seducir con su mezcla bien preparada de ópera, canciones populares italianas, napolitanas, musicales y simpatía a públicos que jamás pisaron un teatro de ópera. Se le criticó el uso del micrófono, la vana masificación de la música, la supuesta estafa que implicaba dar un concierto multitudinario sólo con pedacitos de un universo vasto y complejo como es la ópera. Sobre estos argumentos escribí en la reseña de su inolvidable concierto que la electrónica y los microchips están allí para todos, y que si la fascinación que suscitaba el tenor dependiera de ellos habría miles de Pavarottis, pero la seducción de su timbre era única e irreductiblemente suya.

Parecía, sin embargo, que el tenorissimo prefería ahora esos espacios abiertos y masivos a los teatros de ópera. Aminoró considerablemente la expansión de su repertorio. Y las pocas adiciones que hizo no le granjearon demasiada fortuna (Pollione, de Norma, Otello y Don Carlos: el primero terminó en una grabación muy bien intencionada pero intrascendente, donde él sin embargo aporta lo más notable; el segundo fue también asumido sólo para los estudios y algunos conciertos, y el último le valió una sonora pita del feroz público de la Scala de Milán). Redujo sus encarnaciones: sólo sobrevivieron su Nemorino, su Mario Cavaradossi, cuyo “E lucevan le stelle” le propiciaba largas ovaciones, y su extraordinario Riccardo de Un ballo in maschera, que cantaba con pasión casi desde sus inicios.


Y para confirmar esta distancia se dio, alentado por su nueva esposa, Nicoletta Mantovani -causa de un sonado pleito de divorcio con su primera mujer Adua-, a la filantropía. Así nacieron los espectáculos Pavarotti & friends, donde el tenor alternaba con las más rutilantes figuras del mundo del rock, pop y soul. Sting, Zucchero, Lucio Dalla, Bono, Jon Secada, James Brown, Eric Clapton, Mariah Carey, Jovanotti, Gloria Estefan, Celia Cruz, Ricky Martin, Caetano Veloso, Gianni Morandi, Brian May, B.B. King, Andrea Bocelli, Bryan Adams, y un largo etcétera protagonizaron con él unos siempre extrañísimos conciertos donde él cantaba, casi siempre en italiano, la música pop de sus invitados, y ellos intentaban encaramarse a las arias de ópera o napolitanas con que él jocosamente los retaba. Ora gran espectáculo de humor, ora festival de gazapos y piraterías, ora hallazgos inolvidables, estos conciertos llevaban conforto a víctimas de desastres, de la guerra, a las víctimas del hambre en Africa o en Guatemala y terminaron de convertir al inmenso tenor en una figura universal, ahora conocida incluso por los públicos más jóvenes e irreverentes. Pavarotti era ahora una empresa productora de música, entretenimiento y mucho dinero.

Fue así cómo empezamos a extrañarlo. Cuando volvió a Venezuela seis años después de su concierto en el Poliedro, ya había comenzado a ser el recuerdo de sí mismo. Yo creo que él era perfectamente consciente de ello. Por eso, escogió ese último derrotero para su carrera, como una larga e inteligente despedida. Sus conciertos de entonces eran tributos a su pasado. Como las últimas exhibiciones de una de las maravillas del mundo en trance de desaparecer. Ese largo y amable adiós lo rubricó con lo que sería su última producción discográfica, el Cd Ti adoro, sin un aria de ópera, y un repertorio casi absolutamente inédito al estilo del llamado crossover, como el cultivado por Bocelli, pero infinitamente mejor cantado, con todas las técnicas modernas de grabación. Se había convertido en un cantante popular, excepcional, dueño de una voz aún totalmente prodigiosa. Ya estaba en el ápice de lo inolvidable. Podía retirarse sin remordimientos. Así emprendió su Farewell Tour, que nos lo trajo por última vez a Venezuela en 2005. Entonces escribí algo casi sacrílego, pero inmejorable para describir lo que presenciamos: escuchar a Pavarotti ahora es como contemplar las ruinas de la Acrópolis, de Palmira o el Coliseo: el vestigio de algo inconmensurablemente bello que ya no está pero conserva intacta su fascinación y aroma del pasado. Yo lo aplaudí con la misma emoción con que lo escuché en aquellos primeros cassettes que la vida me puso delante.


Entonces vino la enfermedad y el silencio de dos años que precedió a este desenlace y a esta tristeza. Por fortuna, su voz tenía ya la materia de la inmortalidad desde su inicio. Echaremos de menos su figura dionisíaca, sus pañuelos irreverentes, su sonrisa de muchacho, el magnetismo que nos prendía apenas entraba al escenario, el desenfado con el que se concebía a sí mismo, tan distante de lo que creíamos esperar de un divo de la ópera. Pero su voz no. Ella se nos metió en el corazón desde el mismo primer instante que la escuchamos, transportada en esa luz inextinguible que la cruzaba, en ese temblor emotivo que nos contagiaba, en la felicidad irreprimible de que nos hacía partícipes inmediatamente. El hizo que fuese un privilegio vivir en la segunda mitad del siglo XX, para escucharlo y entender casi instantáneamente aquello para lo cual no era necesario que se nos fuese: que no habría nunca nadie como él.

Arrivederci Luciano. Desde ahora, como los más grandes, sólo cantarás cada vez mejor.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

no sólo está el artículo lleno de gazapos, si no de opiniones inconexas y estériles. dedícate a otra cosa, aburres y fatigas. a ver si aprendea a teclear, la nota de arriba está llena de errores!!!, menos mal que moderas comentarios, será por eso que nadie te escribe?

Anónimo dijo...

Sabes, primera vez que escribo en tu blog y lo hago porque este artículo sobre Pavarotti me pareció muy vivido y sentido. Es decir, demuestra la pasión con la que asumes tanto el aula como la literatura, el arte y la música. Realmente es la primera vez que asumo y ando por estos predios y veo y siento que Pavarotti a través de las letras que escribes sobre él, cobra la dimensión real que se merece en el contexto de la ópera y la musica, en otras palabras es y fue:" una estrella con luz propia que iluminó por algún tiempo el camino de nosotros mortales." Realmente me gustó tu homenaje a Pavarotti porque es emotivo y profundo, así que sigue escribiendo más y mejor y no tomes en cuenta al anónimo de antes porque el que no siente la magia de las palabras y no convoca su verdad sólo agrede. Nota: ¿ Los registros de voz en los músicos son distintos en un mismo grupo?. Gracias y adelante.Zaruman.-