miércoles, 5 de septiembre de 2012

Ankora: ecléctico y provocador


Einar Goyo Ponte


Desde hace unos meses Caracas, por ser su plataforma, y Venezuela, porque ya la han recorrido por diversas plazas regionales, ha estado asistiendo, con cada vez más saboreada frecuencia a un fenómeno bien estimulante y, en cierto sentido, trascendental para nuestro quehacer musical, en sentido general, aunque los dos ámbitos que abarque en principio sean el lírico y el popular. Es lo que podríamos llamar el lanzamiento profesional del grupo vocal Ankora, reunión de cuatro cantantes operísticos y su pianista acompañante, que se ha visto amparado por la veteranía de orquestas como la Sinfónica de Venezuela o la Filarmónica Nacional, en salas shows o prestigiosos teatros como la Sala José Félix Ribas o la moderna estructura del Teatro Municipal de Chacao.
Formado por el barítono Franklín de Lima y los tenores Francisco Morales, Manuel Arvelaiz y César Arrieta, entre quienes se encuentran habituales de nuestras temporadas de ópera, en su forma original, y ahora tras la forzosa ida de Arrieta, a quien su formación profesional reclama en el exterior, por el también tenor ligero, Diego Puentes, Ankora fusiona la veteranía y la juventud, la técnica canora culta y la atracción de los propios cantantes y del público actual por figuras provenientes del universo musical como Andrea Bocelli, Il Divo, Il Volo, Mario Frangoulis, Josh Groban y Alessandro Safina, entre otros, todas ellas catapultadas en el impulso del fenómeno mediático que significó el Concierto de los Tres Tenores en Caracalla en 1990, con Pavarotti, Domingo y Carreras, impresionando al mundo cantando las más brillantes arias de ópera y zarzuela, canciones napolitanas y el repertorio popular universal de todos los tiempos.
 
Así, en formato venezolano, en un producto bien empaquetado y concebido con gusto y preparación (están allí la producción de Milvia Piazza, los arreglos orquestales de Don Pedro López y Pedro Mauricio González, por ejemplo, y la pulcritud profesional de su tecladista y repertorista, Pedro Toro), Ankora se ha presentado con conciertos cuyas miras principales son la edición de un DVD, con sus temas promocionales, acompañados por la Sinfónica de Venezuela, dirigida por el Maestro Luis Miguel González, y el cimentar su público y sus objetivos artísticos, en sus conciertos con banda y con la OFN, conducida con pasión por Pablo Morales Daal.
 
 
Quizás son las tesituras de las piezas, quizás sea la confianza que les da la amplificación, o simplemente el background urbano-musical que como buenos habitantes de Caracas, pero la seguridad, la insolencia, la espontaneidad demostrada por todos estos cantantes, ya conocidos (en su mayoría, al menos) en los escenarios melodramáticos, es de una efectividad inmediata.
En la primera parte hacen un guiño a sus repertorios tradicionales cantando canciones como “Non ti scordar di me” (De Curtis), “O Sole mio” (Di Capua) y “Besos en mis sueños” (Brandt), para luego adentrarse en la seductora esencia de su propuesta. De Lima aporta el soporte baritonal, pero no pocas veces se ve impelido de escalar cimas tenoriles en los arreglos de las canciones; Arvelaiz, introduce una línea lírica que coquetea con el crooner y el baladista modernos; Arrieta (y ahora Puentes), juega con las tesituras estratósféricas, introduciendo polifonía aguda a las piezas y Morales devanea con De Lima en los colores oscuros y en la sonoridad potente, dramática de los números.
 
Así van abordando un repertorio ecléctico, que contiene vetas del estilo en el que quieren inscribirse, pero que también muestra ganchos de audacia y hasta de provocación. En la línea de Il Divo ofrecen una cabal versión italiana de “Nights in white satin” de The Moody Blues, exprimen la vena lírica de los soundtracks con “Because we believe”, de David Foster y “Go the distance”, del Hercules, de Disney, de Menken y Zippel, en apoteósico y exigente arreglo de Pedro López; y luego entran en su propuesta más interesante la que combina la nostalgia del llamado “adulto contemporáneo”, que apela desde la época dorada de los festivales de San Remo hasta el repertorio italiano de nuestros ídolos pop como Montaner y Guillermo Dávila, con audacias con el repertorio culto y el crossover o pop-lírico. Allí encuentran sus momentos más brillantes como en la extraordinaria versión de “Luna” (de Musumara y Pintus), que supera al original de Safina; el exultante “Un amore cosi grande”, de Ferilli; su “Prayer in the night”, basado en una sarabanda de Haendel, un momento íntimo y sensible con aquél viejo hit de José Feliciano y Christian Castro, más un par de envenenadas gotas de nostalgia ochenta-noventosa con baladas italianas que aquí popularizaron voces disímiles como Pentágono o Guillermo Dávila. Orquestas cómplices, que sin embargo nunca renunciaron a su necesaria brillantez sinfónica, en las batutas amistosas e incisivas de Luis Miguel González y Pedro Morales Daal, coronaron la emoción de estas funciones especiales. Pero los hemos atestiguado con su banda, o sólo con sus teclados, y el efecto subyugante que consiguen es exactamente el mismo.
 
 
 

miércoles, 1 de agosto de 2012

Requiem de Verdi: voces contra la muerte

Einar Goyo Ponte


En la víspera del bicentenario de su nacimiento, Giuseppe Verdi sigue siendo un compositor víctima del prejuicio que divide la música en dos falsos bloques: el del hedonismo melódico y tonal, de escasa profundidad, y del cual los compositores latinos (especialmente los italianos con Rossini, Verdi y Puccini, a la cabeza) son los exponentes, frente al de la hondura intelectual y conceptual, marcadora de vanguardias, representada por los compositores germánicos (Beethoven, Wagner, Mahler). Así, a casi 200 años de su obra, seguir sorprendiéndose con los logros de un compositor como Verdi, autor de 27 óperas, de compacta solidez, y en las cuales puede leerse con insólita transparencia, la evolución de su genio y el cultivo de su sensibilidad, es casi ofensivo. Verdi, siempre a la zaga de Wagner, Verdi anti-vanguardista, Verdi casi incapaz de una obra maestra acabada, es lo que parece leerse en cierta ala de la crítica y en cierto sector de los melómanos, obnubilados por los esquemáticos prejuicios de marras.

Una de las obras que más acusa las secuelas de esa apreciación es, sin duda, la Messa di Requiem, que mortifica a los críticos por no saber clasificarla: que si ópera sacra, que si música litúrgica demasiado dramática, que si música religiosa desvirtuada, que si drama litúrgico. En ese mareo bizantino han terminado por perderse y perder a buena parte de la audiencia, para volver a negarle a Verdi el mérito de haber compuesto no sólo uno de los Requiem más intensos y personales de la historia de la música occidental, sino de haber compuesto, en contra de la comodidad que le daba su magisterio en el género lírico, una obra en la que buscó y logró, sin duda, superarse a sí mismo.

Hacer que el definido perfil psicológico de sus voces humanamente teatrales encarnara el drama esencial del hombre, el de la batalla con la muerte, mientras lograba una recreación musical, casi física del texto litúrgico, es de una potencia excepcional. Pero si a ello sumamos, la tradición miguelangelesca de su imaginación del Juicio Final, acorde con ese sentido tan bien llamado de la “terribilitá” del artista plástico, que Verdi reprodujo en sus obras; la escritura vocal, a un tiempo tan familiar y tan distinta de la que desplegaban los héroes y patrióticos coros de sus óperas; la potencia y la transparencia inefables de su orquestación, y la majestad del sentido narrativo, encontraremos una audacia y una convicción de la posesión de su oficio de este Verdi de sesenta años.

Por ello fue decepcionante atestiguar que nuestro director de orquesta más renombrado de la actualidad escogiera, para su lectura caraqueña del Requiem verdiano, la vena más superficial e inmediata de interpretación de la misma: la tremendista, bombástica y acústicamente efectista, que pareciera refrendar el ala “perdonavidas” de la recepción verdiana, mientras delata su negligencia para percibir las enormes significaciones musicales y conceptuales que la obra encierra. En ello podría resumirse la impresión que la dirección de Gustavo Dudamel, al frente de la Sinfónica Simón Bolívar y el Coro Sinfónico Juvenil del mismo nombre, diera este fin de semana en el Teatro Teresa Carreño.

Alrededor de 200 ejecutantes fue la mayor cantidad que alcanzó nunca en vida de Verdi y bajo su propia dirección, la interpretación de esta obra, con la cual se dio el gusto de recorrer Europa y cruzar el Canal de la Mancha. Esta vez teníamos aproximadamente el doble de esa cantidad solamente en el coro. El resultado: una limitación casi ad mínimum de los matices dinámicos, y una inevitable estridencia en los tutti y forti de coro y orquesta, en los cuales borró a los solistas, con especial indolencia hacia la soprano Betzabeth Talavera, desaparecida en acción en su número cumbre, el Libera me final. El equilibrio entre potencia y transparencia que señalamos antes desaparecía en estos números brillantes pero llenos de efectos como en una partitura mahleriana o straussiana. Escúchese a Toscanini, Karajan o Muti, para comprobarlo. En su descargo, mantuvo con fidelidad, aunque a veces con pulso pesante, el lirismo lacerante de los fragmentos solistas y la concertación del cuarteto vocal, logrando momentos excelentes en el Quid sum miser, Lacrimosa, Offertorio, Agnus Dei y Lux Aeterna.

Por fortuna, el plantel vocal dispuesto para esta interpretación mantuvo la suficiente autonomía y solidez vocal para liberarse de la visión superficialista dudameliana, y destacar ampliamente por sobre batuta y excesos decibélicos.  Aunque el cuarteto de solistas tuvo sus puntos débiles en sus voces extremas (la soprano Betzabeth Talavera, y el barítono Gaspar Colón Moleiro), imperó una elegancia de emisión, y la preferencia por una paleta de colores muy amplia, al lado de una delicada e involucrada expresividad.

Escrito para una soprano de gama y registros amplísimos, la vocalidad verdiana del Requiem es casi la misma de la Elisabetta, de Don Carlos, Leonora, de La forza del destino, y Aida, roles, que al menos en este momento están lejanos del instrumento más sereno de la Talavera, por ello faltó intensidad en sus participaciones en el Lacrimosa y en el Offertorio, pero sobre todo en los despiadados graves y fraseos dramáticos de su momento estelar, el Libera me, donde debe enfrentarse al coro y a la orquesta en plenitud. Mucho mejor se le dio el canto lírico y la emisión punteada de filature (a ratos abusivas y no siempre favorecedoras de la entonación), con las cuales logró momentos de verdadero lujo en la amalgama con la mezzosoprano, en los etereos dúos, especialmente en el Agnus Dei, y en una nota sublime que suspendió al final del Offertorio.

Algo similar acaeció con Colón Moleiro. Su parte está escrita para esa voz tan particular como es el bajo verdiano: profunda, mórbida, de intensas sonoridades graves y expresión autoritaria. En Verdi, quizás más que en otro compositor, es un problema más de color que de registro, y la voz de Colón, que ya en Rigoletto había mostrado sus costuras, carece de esa rotundidad y profundidad que este carácter vocal verdiano exige. Así faltó conmoción y presencia en momentos cruciales como en el Mors stupebit, inmediatamente posterior al terrible Dies Irae, y el dolor profundo del Confutatis maledictis. Tuvo, sin embargo, oportunidad de reivindicarse en la concertación refinada de la que fue cómplice en los números de conjunto.

Los puntos más altos de la vocalidad fueron de la mezzosoprano Justina Gringyte, con el color emblemático de sus latitudes eslavas, y su vibrato sensible e incisivo que cavaba más que expresaba en sus líneas melódicas profundas. Ya hemos destacado el lujo de su amalgama con la Talavera, ahora hay que subrayar el ataque certerísimo del Lacrimosa, y los arcos sinuosos de su Lux Aeterna, donde, junto con el Offertorio y el Quid sum miser, conjugó al lado de nuestro tenor Aquiles Machado, el arte del canto sensible, de finos y hasta audaces matices, quien se destacó también en su levitante Hostias, en legatos preciosos del Lacrimosa, y, por supuesto, en su viril y vulnerable, a la vez, Ingemisco, su aria estelar.

Y es que quizás lo único que requiere Verdi para su cabal interpretación no es, sin duda, la grandilocuencia, sino la honestidad, principalmente la musical.




domingo, 20 de mayo de 2012

Tosca: riesgos y revelaciones

Einar Goyo Ponte

Tosca es un riesgo. No sólo por las dificultades musicales, vocales, escénicas y dramáticas que plantea para su representación cabal, sino también por su tema. La ópera ha dado en convertirse en esta referencia de lo incesante; con el cine comparte rol de vitrina reeditora de mitos, de complejos psíquicos, morales, sociales. O sea humanos. Y Tosca posee en alto grado estos elementos de insospechada recurrencia.Uno podría creer que el melodrama de Victorien Sardou, lleno de las argucias del género folletinesco e historicista del que era maestro su autor, así como los avatares que narra, acontecidos en el remoto pasado de la Europa napoleónica, al inicio del siglo XIX, no encontrarían apenas puntos de contacto con nuestra modernidad post-liberal. Sin embargo, es lo contrario: artistas de ideas contrarias al sistema, individuos que luchan por preservar un mínimo de privacidad en un contexto que los vigila, los registra, sospecha de ellos, los controla, desde la ultrainvasiva presencia del poder. Y el poder en su estado más policial y terrible: la persecución de las ideas, el terror contra sus habitantes, usando artimañas, manipulando, entrometiéndose hasta en sus espacios más domésticos e íntimos. Presos políticos, familiares desesperados, arrestos, torturas, muertes, fusilamientos, chantajes emocionales y sexuales. Toda la panoplia del abuso del poderoso contra el particular indefenso. Eso es Tosca. ¿Resulta familiar? ¿Se entiende ahora por qué representarla puede ser riesgoso?


En un momento social como el que vive Venezuela, Tosca puede encontrar aristas demasiado sensibles, incluso a ambos lados de la ecuación política. Verla pues, presentada en el primer teatro del país, escenario político oficial, además, repotencia todos estos riesgos enumerados.


Julio Bouley abordó con suma inteligencia esta cuerda floja del reto de poner en escena este título pucciniano. Lo exploró a profundidad, hizo una purga de elementos históricos, realistas, evidentes (algo similar hizo Wieland Wagner con las óperas de su abuelo, cuando asumió la dirección artística de Bayreuth, para deslastrarlas de los nexos con el nazismo), y se asentó en el terreno simbólico, exprimió el recurso de la anacronía, rayando la inconsciencia, y planteó una lectura casi apolítica (hasta donde esto es posible en Tosca), basada en el aspecto más cotidiano de la dialéctica del poder y nosotros: la información. Lo que sabemos y lo que no. Lo que queremos saber y lo que no podemos o no debemos saber. Lo que otros desean saber de nosotros y lo que debemos ocultar, para un mínimo de privacidad. Y allí reside el punto inevitable: el combate entre el poder y nuestra vida privada. Bouley convierte a Tosca, la protagonista, la actriz, la cantante, en la figura donde este conflicto hace eclosión. Regularmente suele verse a Tosca, como el enfrentamiento feroz entre dos enormidades: ella, celosa, explosiva, pasionaria; y Scarpia, sádico, siniestro, poderoso, amoral; en medio de quienes queda atrapado Mario Cavaradossi, sacrificado como víctima (no inocente, por supuesto, pero sí del combate de las dos desmesuras). En la lectura de Bouley, la víctima es Tosca, incapaz de disimular ni sus celos, ni su pasión, ni su amor, ni su angustia, ni sus reacciones, sin medir quién es su público ni cuán conveniente es ocultar o revelar. Por ello su vestuario espectacular (gran logro de Edgar Gil), ora pasarela de modelo de revista, ora diva suntuosa, por ello los focos, las vías rojo sangre por las que entra, sale y ejecuta sus acciones definitivas en el Acto II. El foco está siempre sobre ella. No puede ocultarse y ello termina obnubilándola, tanto que no puede ver el engaño que mata a Mario en el último acto. Ella, la gran actriz, no puede percatarse de que todo es una macabra representación.


De nuevo, apoyado en el trabajo de Edgar Gil con la escenografía, la puesta juega con el elemento anacrónico e intemporal, con estructuras más bien abstractas o simbólicas. Con sugerentes juegos de espacio, el Acto I ofrece un atractivo dispositivo electrónico que sustituye el lienzo de la Attavanti que Cavaradossi pinta. Aquí es una pantalla que nos muestra un rostro a lo Marilyn Monroe, otra diva, sacrificada por lo que se sabía y lo que se ignora de ella, que luego deriva a la imagen de unos ojos, al estilo Big Brother, de la novela 1984, de Orwell (Es lástima que esta imagen no se vea con la misma calidad desde todos los ángulos de la Ríos Reyna, como pude comprobar). Esta iglesia se transforma en bóveda carcelaria, y de nuevo en Iglesia, en el climax del Te Deum, que cierra el Acto.


El segundo acto se aleja bastante del original, que ocurre en el Palazzo Farnese. Aquí estamos en un espacio oscuro, hipermoderno, pero opresivo, intimidante como el lugar de tortura en el que se convierte durante la acción. Al tiempo que evoca la imagen de un macabro show, por su estructura compuesta de octaedros metálicos -un poco demasiado neutros pero efectivos-, en el que se representará la tortura de Mario, el comercio sexual de Scarpia y su muerte final. El último acto incurre en un error frecuente en los montajes de Tosca: su descuido. Como si la cima de la intriga ya se hubiese colmado en el acto anterior, al parecer, los derroches líricos de Mario (su inefable “E lucevan le stelle”) y de Tosca (sus dúos finales con Mario) no les inspiraran, ni el crucial desenlace con la muerte de ambos protagonistas mereciera la misma carga escénica o estética de lo anterior. Así, allí solo vemos una poco comprensible estructura piramidal, peligrosa para los tacones de la diva, unas altas escaleras, una suma oscuridad y mucho brinco de los esbirros, pero nada que esté a la altura de la efectividad lograda en los actos anteriores. Los patineteros del “amanecer romano” son inútilmente incoherentes. Buen trabajo, a lo largo de los tres actos, de la iluminación de Ricardo Nortier. Del vestuario de Edgar Gil, La Roche, Nigro y Flores ya hemos señalado su logro con Tosca, también lo es destacado con Scarpia, pero la indefinición debilita a Cavaradossi, los esbirros están logrados a medias (buen diseño, pero en los cuerpos delgados de los figurantes, pierden la intimidación buscada). Tampoco consiguen coherencia los indecisos trajes del coro en el Acto I.


En el plano vocal tuvimos sorpresas: acertado el salero con el cual Francisco Dugarte diseña su Sacristán, así como el servil Spoletta que sostiene Idwer Álvarez. Del trío protagónico el más débil resultó el Cavaradossi de Robert Girón quien, poseedor de un bello timbre y una buena impronta vocal, parece desconcentrarse a menudo, por lo que su prestación resulta irregular: algunas notas topes buenas, otras más inestables, algunos matices interesantes, otros pasajes donde pareciera no tener idea del texto que canta, como en su “E lucevan le stelle”, con bellas regulaciones al comienzo, pero sin pathos alguno al final.


A su lado Sara Catarine compone una Floria Tosca que viene de menos a más. Las frases mórbidas, de mujer enamorada del Acto I le quedan lejanas en su instrumento metálico y un poco trinante. Pero en el Acto II, tan exigente y frenético, su profesionalismo tomó el mando y con una dosificación impresionante, se mantuvo acerada, torturada, expuesta todo el tiempo y cuando llegó al “Vissi d’arte”, reunió todos sus recursos y dio una lectura sensible, de atinadísima gradación y conmovedores efectos. En ese tope se mantuvo en su tercer acto, a pesar de la puesta en escena en contra.


El Scarpia de Gaspar Colón Moleiro no es sólo el mejor papel que le he visto cantar en teatro, sino que termina siendo el mejor Scarpia venezolano de la historia de esta ópera en nuestro país. No se trata de vocalidad, sino de encarnación. El color, los acentos, las diferentes aristas que le encuentra al personaje: la brutalidad, el cinismo, la hipocresía, la crueldad, el morbo, la elegancia, con esa voz potente siempre, ora pérfida, ora aristocrática. Tampoco fue sólo el Te Deum, agraciado momento para una carrera de barítono, sino todo un Acto II en el que consigue mantener el foco casi fijo en él.


La partitura orquestal de Tosca es un derroche de efectos teatrales, de sonidos voluptuosos, de melodías que completan la no poca sensualidad del canto y de impulsos tremendos de vértigo y de hedonismo, como si en la música se revelase una atracción maligna a la pasión, al sufrimiento y al morbo de los personajes. La dirección de Carlos Riazuelo, al frente de una Orquesta Sinfónica de Venezuela en el colmo de su experiencia, fue sensiblemente consciente de ello, al servir una de las mejores direcciones de teatro musical que el Teresa Carreño haya albergado. Todos los momentos esperados por los viciosos de Tosca estaban allí: la fuerza del Te Deum, la morbidez orquestal en los dúos de Mario y Tosca; la opresión angustiosa del Acto II, con sus amenazantes crescendos, la hipnótica música que precede la muerte de Scarpia; la música naturalista del inicio del Acto III, la preparación del “E lucevan le stelle”, la narración de Tosca, la explosión del final, todo estaba allí cargado de un brillo, una precisión y una contundencia a ratos increíble, a ratos inclemente con los cantantes, a ratos cofre de lujo para las voces, y además nos descubrió muchos otros acordes, rincones, sorpresas sonoras que llevaron la función a un nivel excepcional. También operó su maestría sobre el Coro de Opera del Teatro Teresa Carreño, quien está soberbio en el creciente Te Deum y en la disonante cantata del Acto II.


Interesante Tosca, que, por fortuna, terminó revelando más de lo que escondió.



martes, 1 de mayo de 2012

NO MAS PAN Y CIRCO: ...¡MUSICA Y CIRCO!

Einar Goyo Ponte

(Fotografías de Luisa Himiob)

Con una expectativa que rayaba en el misterio, llegó el Cirque de la Symphonie, espectáculo multidisciplinario, combinatorio, de manera muy hábil, de la poderosa música sinfónica -con el agregado de su presencia y ejecución en vivo por una orquesta completa, en la misma distribución con la que se interpreta el repertorio estándar de las grandes salas del mundo, con autores básicamente románticos-, y las suertes del circo, en lo relativo a las acrobacias, actos de fuerza, equilibrio, destreza y gracia, más una economía de recursos y producción que lo hacen particularmente maleable y transportable por el orbe entero, donde una orquesta y un teatro se encuentren disponibles.

Un espectáculo como el descrito podría suscitar suspicacias, habituados como estamos al fasto y a la costosa superproducción como garantías de calidad (aunque no siempre protejan contra la decepción). Y efectivamente, al analizarlo desapasionadamente encontramos abundantes concesiones: un plantel de ocho artistas, una elemental iluminación, una parrilla en lo alto, cuerdas, sedas, una o dos poleas, nula escenografía, un espacio en la programación regular de una orquesta. Sin embargo, el resultado final, y este es el gran mérito de Piazza-Oscher Producciones, gracias a quienes pudimos presenciarlos, es el del goce de un espectáculo efectivo y singular, como en la escena musical hace ya tiempo que no se veía por estos lares.

Quizás en una desmedida abundancia de fragmentos orquestales, para lucimiento de nuestra Sinfónica de Venezuela, dirigida con pulso firme y expresivo por el Maestro Alfredo Rugeles, pues no se explica uno tanto descanso de tan pocos artistas y a riesgo de vulnerar el ritmo del espectáculo, escuchamos sin otro aliciente escénico y en una amplificación sonora, de muy buena intención, pero aún distante del sonido profundo y suntuoso de la orquesta en acústico, ocho largos minutos de la Obertura Carnaval, de Anton Dvorak que preludian el lento primer número circense, luego, como antesala del último número, otro intermedio; dos más apenas comenzado el Acto II, y luego de la mitad. Son protagonismos de la orquesta, es cierto, pero no es ella el centro del espectáculo y menos con ese sonido artificial.

Así que nos concentraremos en los números que dan nombre al espectáculo del Circo de la Sinfonía. La primera artista en subirse al escenario de la Sala Ríos Reyna del Teatro Teresa Carreño fue la acróbata Christine Van Loo, quien hizo bonitas pero no demasiado impactantes piruetas sobre la tersa música del Poco Allegretto de la 3ª. Sinfonía, de Brahms.

La siguieron, en un casi bizarro número, los bailarines-contorsionistas Sagiv Ben Binyamín y Aloysia Gavre, esta última la bailarina de aspecto más masculino que haya visto, pero ello es debido al trabajo de sus músculos, en una disciplina como esta y como la que desarrollará en el número que cierra este primer acto. La Gavre viene del Cirque du Soleil y Ben Binyamín es israelí. Ambos bailan un extraño tango de contorsionismo extremo sobre dos fragmentos de estirpe andaluza, tomados del Capricho español, de Nikolai Rimski-Korsakov.

Con el marco de la brillante música de la ópera Carmen, de Georges Bizet, el mimo malabarista Vladimir Tsarkov y el artista de técnicas aéreas Alexander Streltsov, hacen sus números realmente asombrosos con aros y cubos rodantes, que giran en el espacio y dominan el amplio escenario de la Ríos Reyna.

No puede terminar de manera más excitante esta primera parte del Cirque de la Symphonie, con el arte de Aloysia Gavre, ahora haciendo piruetas, tensiones, colgando, girando, danzando desde el aro áéreo suspendido sobre el escenario y ella sujeta a él con recursos mínimos mientras logra componer figuras bellísimas. Los últimos minutos sobre el crescendo y la coda de la Danza bacanal, de la ópera Sansón y Dalila, de Camille Saint-Saëns, son realmente extraordinarios.

La segunda parte del espectáculo cubre números cómicos con el mimo Vladimir Tsarkov, que involucran al maestro Rugeles, para diversión de la audiencia. Sirven de antesala a un poderoso acto, a cargo de Sagiv Ben Binyamin, quien en las sedas colgantes vuela literalmente por sobre el escenario de la Ríos Reyna atravesando la música de la Cabalgata de las Valquirias de Richard Wagner; a un pasmoso acto de contorsionismo dancístico, a cargo de Elena Tsarkova con el Vals de La bella durmiente, de Tchaikovsky, quien también acompaña a Alexander Streltsov y a Christine Van Loo, con música del Lago de los cisnes, en extraordinaria coreografía aérea con las sedas.

Este acto, de una calidad , magisterio y sincronía tales que hubiese sido un cierre digno, da paso, sin embargo, a un nuevo asombro. Sobre el aún provocador arreglo para orquesta sinfónica que Leopold Stokowski hiciera de la Tocata y fuga en re menor, de Juan Sebastián Bach, y que Rugeles dirige con precisión y potencia al frente de la Sinfónica de Venezuela, entran a escena dos gigantes: Jarek y Darek (Jaroslaw Marciniak y Dariusz Wronski), quienes desafían la resistencia humana, la gravedad, el equilibrio, los músculos, la simetría en un acto que parece de fuerza, pero en realidad es de concentración, destreza y…fuerza. La impactante música lleva la increíble contemplación de aquellos dos colosos tensándose, pendiendo y sostenido uno encima del otro casi sobre nada, a una dimensión hipnótica y surrealista.

Sencillo, minimalista y limpio, con una honestidad que hoy es excepcional, es el emocionante Cirque de la Symphonie.

jueves, 29 de marzo de 2012

UN VIEJO Y FALLIDO BOLIVAR

Foto Clarisse Lavaure
Einar Goyo Ponte

Una marca de añoranza y desarraigo habita en la gestación de la ópera Bolívar, de Darius Milhaud, desde el origen mismo del texto. Jules Supervielle -de quien cuentan sentía una fascinación por el personaje (no una pasión, pues los descuidos y carencias de su invención no concuerdan con el concepto), la cual no llegó nunca sin embargo a estimularle una verdadera inquietud por investigarlo, como se demostrará en breve-, era francés, nacido en Uruguay. En su mestizaje habría querido, presumiblemente, recuperar raíces al tratar dramáticamente al personaje del Libertador, sobre todo en una época marcada por los nacionalismos musicales en América.

Una vena similar podría percibirse en Milhaud: agregado cultural de su país en Brasil durante un par de años, dejó que su música se llenara de los choros y sambas de ese país. Alejado de él, y en estadía en EEUU, mientras concluye la Segunda Guerra Mundial, durante la cual París padecía la bota nazi, podríamos imaginar a un compositor atraído por el Bolívar de Supervielle, que le permitiría reconectarse con Suramérica, y de manera indirecta con su propio país, sometido y privado de libertad. De todas estas añoranzas habría surgido la empresa de producir la ópera Bolívar.

Infortunadamente las obras maestras requieren mucho más que añoranza para llegar a serlo. Y esto creo es la sensación que nos deja la reposición (más bien estreno, al menos de su original en francés, en Venezuela) de esta obra, estrenada hace ya más de 60 años. Y es que el tiempo nunca pasa en vano: Algunas cosas envejecen mejor que otras, algunas hasta tienen la suerte de encontrar en el futuro al público y la recepción feliz que les fuera negada en su momento. No es, me temo, el caso de la ópera de Milhaud.

Ni a ello contribuyó la deficiente puesta en escena de Diana y Atahualpa Lichy, con un producto que parecía haber sido la tentativa de distintas ideas, ninguna de ellas conseguida ni consumada, entre otras cosas por un presupuesto a todas luces insuficiente para aproximarse a sus anhelos.

El cortocircuito, sin embargo, es primordial: está en el difícil libreto de Madeleine Milhaud, basado en el texto teatral de Supervielle, ambos episódicos e incoherentes, y en los cuales sus autores ambicionaron dar una semblanza del héroe venezolano, sin demasiada continuidad ni curva dramática. En un momento vemos a Bolívar amando y perdiendo a María Teresa, en el próximo liberando esclavos y enfrentándose a los comisarios reales españoles, al siguiente intenta dar la célebre arenga del terremoto de 1812, enseguida conoce a Manuela Sáenz en Caracas en 1813, recién llegado de la Campaña Admirable; en nuevo acto la deja sola a merced de Boves. En el próximo lo vemos ya atravesando el paso de Los Andes, con Manuela a su lado, lo cual desemboca en la fundación de Bolivia y en la oferta de una corona americana. Luego atentan contra él, luego Manuela desaparece misteriosamente y Bolívar muere íngrimo, consolado por el espectro de su esposa.

No nos detendremos ahora en todo lo que falta de la vida de Bolívar y que hubiera podido ser perfectamente “operizable”, al tiempo de poder construir un personaje más acorde con su referente histórico. La Ópera, en tanto género, casi nunca cumple con estatutos de historicidad. Pero sí vale destacar ciertos elementos que conspiran contra lo dramático, elemento indispensable en una obra lírica.

Bolívar en su hacienda de San Mateo tiene dos esclavos negros que van a acompañarlo durante casi toda la ópera, Nicanor y Precipitación -esta última, posible residuo de la Negra Hipolita o Matea-. La inclusión de Nicanor es más extraña. Además de lo improbable de su compañía a través de los 22 años que duró la aventura bolivariana. Este personaje viene a usurpar, en la escena del atentado, el lugar que hubiera podido ocupar más honrosa y dramáticamente, el Mariscal Sucre, en tanto amigo fiel del Libertador, o el histórico legionario inglés Fergusson, realmente muerto en el avatar. Sin embargo, la idea del amigo constante de Bolívar se acercaría más a Sucre, que a este difícil Nicanor, incluido un poco neocolonialmente, como elemento de riguroso color local para una obra latinoamericana, de cuño nuevomundista y pintoresco, muy fresco en 1950 y aún no abolido en 2012.

El otro gigantesco desatino del libreto es el destino de Manuela Sáenz. De nuevo, no me preocupa aquí su aparición anacrónica en 1812, sino su arco dramático, el cual se disuelve inmerecidamente después de ser la pareja dramática y vocal de Bolívar, de padecer el también incongruente avatar de la tortura a manos de Boves (episodio absolutamente inconexo en la ópera, que aquí sólo adquiere validación artística por el certeramente agresivo trabajo de la coreografía de Luz Urdaneta), y de alcanzar con el héroe las escasas cumbres que el drama permite. Manuela desaparece inexplicablemente y en la escena final vuelve un fantasma a consolar y redimir a Bolívar en su lecho de muerte, y un héroe ingrato y desmemoriado vuelve a amar a su María Teresa incorpórea y añorar su juventud, como si lo vivido con Manuela nunca hubiese ocurrido o fuese un sueño (¡hay que ver las implicaciones ideológicas que esta descabellada idea de Supervielle y Milhaud plantea!).

Sobre este puñado de incoherencias, montar una puesta en escena plausible es tarea harto ardua, y lamentablemente Diana y Atahualpa Lichy no salen airosos del reto.

Foto Clarisse Lavaure
Amparados en una escenografía absolutamente a medio hacer, firmada por Edwin Erminy, cuyos únicos puntos altos son la casa de hacienda del primer cuadro, y la impresión de plenitud de espacios que dan los recursos superpuestos y la iluminación de Ernesto Pinto en los primeros minutos del Acto III, mientras que el resto aparece como producto devastado del terremoto de 1812 (el miserable mobiliario, la vacuidad de los espacios entre objetos, las escaleras metálicas, los desnudos andamios), los Lichy intentan salvar la estructura episódica con diapositivas y grabados de época, de variable efecto, pero sin conseguir llenar la vastedad del escenario de la Sala Ríos Reyna. El momento más logrado de su propuesta escénica está en el cuadro del Paso de los Andes, donde la belleza de las imágenes (mas no de su proyección, muy opaca) debida a Diego Rísquez y a Lichy mismo, se funde con la música, en ese momento, infrecuentemente eufónica, y sugiere una atmósfera de viaje trascendente, la cual es saboteada desgraciadamente por los inevitables metales y andamiajes que no dejan de molestarnos en el ojo toda la ópera. La estética del Teatro Pobre, cara a un Grotowski o a un Buenaventura, difícilmente se adapta a la historia de un héroe como Bolívar.

Como si fuera poca la carga de trabajar con un libreto de las deficiencias de éste, se suma ahora la discutible calidad de la música de Darius Milhaud, muy, pero que muy distante de muchas de sus canciones, de sus ballets o de sus piezas para piano. Aquí en Bolívar, hay un desequilibrio y una carencia de proporciones difícilmente salvables. Dramáticamente inscrita en la estética de la Grand Opéra (longitud, grandes frescos corales, fragmentos sinfónicos, ballets) adolece, sin embargo, del aliento épico de ese estilo que habían llevado a su cumbre Meyerbeer, Halévy, Massenet y Saint-Sáens. Lo que los críticos han llamado la técnica de las superposiciones tonales hace que Bolívar, no siendo atonal, carezca de elementos fácilmente memorables como leitmotiv, temas recurrentes, tonalidades significantes, reconocibles, por lo cual se agota en la parte canora en larguísimas declamaciones o peroratas sin verdadero estro lírico, y en el plano orquestal, en una indefinición estilística que la hace anodina. Para colmo, la versión presentada en el TTC este fin de semana pasado, cortó la suite de ballet del Acto I, cercenando los momentos más costumbristas y de efectos más inmediatos para el gran público. Alfredo Rugeles hizo un tremendo esfuerzo en dar cohesión sonora a algo que en esencia no lo tiene, y conjugó transparencia tímbrica con sostén a los cantantes, a quienes aportó siempre la mayor seguridad, al frente de la incombustible Sinfónica Simón Bolívar.

La vocalidad es otro de los puntos débiles de esta ópera por el palmario desequilibrio dramático-vocal. Bolívar es el rol titular, pero es un papel musicalmente muy ingrato, que prácticamente no tiene un solo momento lírico expansivo, de genuina emoción ni lucimiento, aunque canta y demora en escena por muchísimo tiempo, pero sobre un canto declamado, plano y distante. En contraposición está el rol de Manuela, concebido para una soprano ligero-coloratura, que cada vez que abre la boca eclipsa a todos quienes la acompañan en escena, tal es la brillantez, la emocionalidad de la escritura y los efectos teatrales que plagan su partitura. Ello es particularmente evidente en la primera escena del Acto III, la de Bolívar rey, en la cual el héroe rechaza la corona que le ofrecen en una larga y difícil peroración sin vuelo musical que termina con un vals que canta Manuela vocalizando notas y que arranca aplausos del público, mientras la escena bolivariana se sumerge de inmediato en el olvido. En los dúos siempre es de ella la parte del león.

Los personajes secundarios, numerosos en una obra episódica y tumultuosa como ésta, no tienen sin embargo demasiado lucimiento a lo largo de las casi tres horas extensas de música que la ópera dura. Ni Boves, ni Nicanor, ni Precipitación tienen ningún momento verdaderamente memorable. Sólo María Teresa que canta al inicio y al final tiene, como Manuela, cierta recompensa canora en sus intervenciones, mientras el pobre Bolívar trata de montarse al privilegiado carro que ellas conducen.

Foto Clarisse Lavaure
Ante este panorama sólo destacaron el profesionalismo, la solvencia musical y la calidad sonora del barítono Pierre-Yves Pruvot, quien resiste estoicamente el árido pasaje del papel protagonista con su voz plena, oscura, que nos recordó al joven José Van Dam; la soprano criolla Mariana Ortiz, quien no desaprovecha para nada sus abundantes y sustanciosos momentos vocales: su plegaria, sus dúos con Bolívar, sus arias, su himno a la libertad, el vals, etc., impacta favorablemente al público, como un oasis musical ante tanta elucubración acústica. Más irregular la veterana Margot Pares-Reyna como María Teresa, y muy notable la resonancia del instrumento de Katiuska Rodríguez como Precipitación. En los linderos de lo olvidable, el resto de los cantantes.

Acerca del Coro de Opera del Teatro Teresa Carreño y del Polifónico Rafael Suárez, lamento descubrir que no son estas las aguas por las que sus navíos se deslizan más cómodamente.

Aunque creo que nadie, salvo los anclados en sus amadas nostalgias, en este mundo posmoderno, poscolonial, hiper-idiosincrático, pueda ya digerir este Bolívar excesivamente europeo y envejecido con implacable rapidez.

lunes, 19 de marzo de 2012

CICLO MAHLER-DUDAMEL (Y II): DE LA TERGIVERSACIÓN A LA APOTEOSIS

Einar Goyo Ponte

En la pasada entrega sobre el ciclo histórico que protagonizó el director Gustavo Dudamel en Venezuela al interpretar la integral de las Sinfonías de Gustav Mahler, comenté, en sus preámbulos, que el título con el cual se estaba identificando la empresa musical, “Con Dudamel por la paz”, tenía contenidos, por lo menos discutibles. Creo que este es un buen momento para explicar por qué.



Sólo manejando el estereotipo de la música entendida como armonía se puede aceptar sin chistar el que relacionemos un ciclo de sinfonías mahlerianas con una búsqueda de paz. Personalmente pienso que ni con Beethoven (a pesar de su Oda a la alegría), ni con Brahms, ni con Tchaikovsky puede establecerse una asociación tal. Hay en el interior de su música demasiada inquietud, demasiada angustia creadora, demasiado conflicto inherente, incluso demasiada irreverencia para sintonizar gratuitamente la expresión de esos universos sonoros con la paz.


En Mahler esto se redobla: desde su primera sinfonía al compositor lo desvelan los temas de la resistencia a la muerte, de la implacable búsqueda de trascendencia de la breve y vulnerable vida humana. La “Resurrección” de su Segunda sinfonía no es una beatífica vuelta tras la asunción de la muerte, sino el resultado del combate contra ella. Menos cruenta, pero aún sin resignación y con mucho dolor, es la de la Tercera. En la Cuarta sí es posible sentir una tregua mediante la inserción del elemento infantil, pero es momentánea ante los terribles combates que se entablan en la Quinta y la Sexta, entre la individualidad, lo subjetivo y el entorno del mundo, adversario formidable que incluso lo derrota en la última de ellas. En la Séptima hay una cruel invectiva contra el gusto del público y el sentido académico de la tradición, en un acerbo ajuste de cuentas con sus antiguos patrones: los jerarcas de la Opera de Viena, de donde había sido despedido un par de años antes. La Octava, no sólo por su multitudinariedad, sino por la crispada potencia de sus exigencias vocales y corales, y el tema del mito de Fausto, el sabio que vende su alma al diablo para obtener el conocimiento de todo hasta que es salvado por el “eterno femenino”, se resiste a asociarse a la idea de la paz. Fausto no es precisamente un mito “pacífico”, y no sólo por la presencia de Mefistófeles. Y en la Novena, la conciencia de la muerte propicia aún búsquedas inquietas, sardónicas miradas, rebeldías feroces y derrotadas de antemano, y aceptaciones resignadas de extinción o disolución. Pero resignación no es paz. ¿O sí?


Tornemos al hecho meramente musical. En la continuación del ciclo mahleriano, Dudamel ejecutó la última presentación sólo con la Sinfónica Simón Bolívar y las primeras con la orquesta de la que también es titular en Estados Unidos, la Filarmónica de Los Ángeles.


Con la primera repitió galas en lo que es una de sus mejores lecturas del compositor austríaco, la de la Séptima Sinfonía, a la que dotando de una sensualidad sonora flamboyante, cantabilísima y brillante, llega a tergiversarla casi totalmente. Es difícil percibir en la interpretación de Dudamel la deconstrucción irónica e implacable de las tradiciones musicales, los anuncios heráldicos de la atonalidad, el sentido paródico y la saña sobre el tema de Los maestros cantores, de Wagner, en el último movimiento, piedra lanzada con inteligente filo a los jerarcas de la Opera de Viena. Y es difícil porque en Dudamel todo suena festivo, lírico, irresistiblemente mórbido.


En el debut de la Filarmónica de Los Ángeles, interpretó la Novena Sinfonía, resignado canto de extinción del compositor, que es otra de las grandes lecturas dudamelianas del ciclo. En el afán por apegarse al estricto lenguaje musical, el director venezolano consigue momentos inauditos como la presentación del tema principal del primer movimiento, el juego con las disonancias en el Ländler del segundo movimiento, el ímpetu frenético del tercer movimiento, franca parodia del final de su propia 1ª. Sinfonía (uno de los detalles que se perdieron al programar el ciclo sin seguir la secuencia de las sinfonías: era imposible para el público captar estas interrelaciones de sus obras, que tanta cohesión dan a la hora de entender la autobiografía que Mahler escribe con sus obras musicales), y el pulso agónico, exasperante que imprime a los compases finales del último Adagio, exigiendo del público una concentración y silencio inusuales.


Tras el receso de un domingo electoralmente histórico, el lunes se retomó el ciclo con una de las sinfonías más diáfanas e ingenuas del ciclo: la Cuarta. Era el segundo concierto con la LA Phil, como gustan abreviarse el nombre, y ya comenzábamos a acostumbrarnos al contraste de sus calvas, canas, anteojos de aumento y figuras maduras y entradas en carnes con los ágiles, rozagantes, entre informales y glamorosos chicos de nuestra Sinfónica Simón Bolívar.


En la 4ª. Sinfonía volvió Dudamel a preferir la lectura hedonista y acústica. Sus tiempos son briosos y su sonoridad impecablemente sensual, lo cual le rindió frutos en los movimientos centrales de la obra. En el final hubo de asentarse en sus maderas meditativas para disimular las carencias de la soprano Klara Ek, tremolante y con problemas de entonación.


Cuando, en la pasada crónica de este ciclo, mencioné lo de que no era necesario que Dudamel explicará conceptualmente su visión de las sinfonías de Mahler, no contaba con una enigmática elección que el director haría en la ejecución de la Sexta Sinfonía, llamada “La trágica”. A pesar de que el programa lo redactaba de manera contraria, que es como en la totalidad de las versiones que conocemos de esta obra se acostumbra a ejecutar, Dudamel cambió arbitrariamente el orden de los movimientos 2º. y 3º. Es sabido que ese era el orden del esquema original del compositor, pero él mismo lo cambió posteriormente, y así ha sido respetado en las ediciones de la Sociedad Internacional Gustav Mahler. ¿Quiso ser fiel Dudamel a la versión original? Entonces, por qué no lo fue también con el tercer golpe de martillo, igualmente suprimido por el autor en la edición definitiva, y que Dudamel no prescribió?


El resultado fue un lustrado tímbrico de alta calidad, un extraño descuido en la tensión y el lirismo del Andante moderato, con el "tema de Alma", un esmero en los detalles prevanguardistas del Scherzo, y una atmósfera de derrota reconocida, incluso desde los primeros compases del Finale, lo cual resta a la obra de su impacto definitivo y de su tragicidad, pues al cambiar el orden de los movimientos, el aliento de Alma que parece darle fuerza para afrontar la terrible batalla del último movimiento, desaparece y entramos en una visión más pesimista de la narración urdida por Mahler.


Restaban en el ciclo dos sinfonías y el único fragmento concluido por el autor de la Décima. Aquí insistimos en la inconveniencia de obviar la secuencialidad del ciclo para la comprensión cabal del contenido de esta música difícil, y que por primera vez teníamos opción de escuchar como bloque. No fue posible percibir la evolución de los temas provenientes de sus ciclos de canciones, mucho menos notar la transformación y la resignificación que a las mismas su autor les da convirtiéndolas en nervios de sus grandes sinfonías. Era difícil captar la interrelación de temas de una a otra sinfonía (por ejemplo la cohesión armónica que hay entre las primeras cinco, el surgimiento de los temas de Alma en las 6, 7 y 8, ni la intrínseca línea que liga la Novena con la Décima), y lo peor: perdíamos la posibilidad de leer la casi biografía estética de Mahler en la aventura compositiva de sus sinfonías.


Por ello, uno de los conciertos más débiles resultó el penúltimo, con la Sinfonía “Titán” (la Primera) y el Adagio de la Décima. Primero, por mantener la lectura ligera y casi desinteresada que Dudamel repite desde su grabación en 2010, con la LA Phil, llena de sonoridad colorista, pero sin mucho más. Semejante superficialidad erigió la construcción morosa y pesante del último Adagio de la 10ª.


A pesar de la desigual prestación de los cantantes, del tremendismo de los centuplicados coros (justicia es reconocer que esta tradición de muchedumbre musical la inauguró el propio Mahler) y de la ausencia de secuencialización, la lectura Dudameliana de la Octava Sinfonía, llamada “de los mil” fue una de las mejores del ciclo, y mereció su lugar de cierre apoteósico.


Una de las razones, creo, fue el retorno a la escena de la Sinfónica Simón Bolívar, ahora en fusión con su homóloga de Los Ángeles, pues la potencia sonora, la fuerza galvánica y el timbre lujoso que Dudamel consigue con la OSSB aún no es logro con su Orquesta norteamericana, donde lógicamente faltan los años de experiencia vívidos en conjunción, y donde es evidente (y así lució en más de un instante de los conciertos caraqueños) que los maestros de la LA Phil y Dudamel todavía están conociéndose mutuamente.


Poderosa y vibrante fue la Parte I, el Veni Creator Spiritus, pero el segmento final, basado en el epílogo del Fausto, de Goethe, fue una línea ascendente, del claroscuro genésico hasta la apoteosis. Lástima que las voces presentaran tan acusados desniveles: frente a la rotundidad de Brian Mulligan, Alexander Vinogradov; la densidad del decir de Julianna Di Giacomo y Anna Larsson, se oponían la suficiencia de Charlotte Hellekant y Kiera Duffy y la franca virulencia de Manuela Uhl y Burkhard Fritz. Y ello es consecuencia de que Dudamel no trabaje la vocalidad con la meticulosidad, celo y entusiasmo con los que bruñe la sonoridad orquestal. El arco de climax logrado por sus sinfónicas y sus coros (Coro Sinfónico Juvenil Simón Bolívar, Niños Cantores de Venezuela, Schola Cantorum de Caracas y Schola Juvenil de Venezuela), con el agregado emocional que le da la banda de metales fuera de escena fue de absoluta exultación.


Con resonancia internacional y la marca de una experiencia que puede rendir inimaginables frutos, aplaudimos el logro de este Ciclo Mahler, generado por las dos grandes orquestas venezolana y estadounidense, y la rutilante batuta de Gustavo Dudamel.

lunes, 5 de marzo de 2012

IL SEGRETO DI SUSANNA: LA OPERA SINESTESICA

Einar Goyo Ponte

Cuando escuchamos Il segreto di Susanna, es inevitable pensar en la sinestesia, esa combinación de dos imágenes sensoriales distintas. “Los perfumes frescos como carnes de niños, dulces como los oboes”, que escribiera Baudelaire, son un bello ejemplo. Este recurso es el explotado por Ermanno Wolf-Ferrari, su compositor, para, a través de la sensorialidad, suscitar nuestra emoción.

Emoción de humor, en la más depurada tradición cómica italiana, desde los intermezzi cómicos del XVII y XVIII (Pergolesi, Scarlatti, Cimarosa) hasta las casi épicas locuras hedonistas de Rossini. Porque de no otra cosa trata esta ópera sino de placer y voluptuosidad. Las del amor sensual e idílico de una pareja con apenas un mes de casados, de pronto asaltada por un nuevo goce extramarital: el del cigarrillo. Como buen hedonista, Gil tiene una excelente vista para captar los colores de los atavíos de su esposa y un finísimo olfato que lo hace detectar el olor del tabaco en su casa. Otelo requirió más para inflamarse de celos por Desdémona. Susanna toca divertida y con gusto el piano, y con ese sonido Gil evoca su amor por ella, por su elegancia. Más tarde, en mitad del dúo de los consortes, un nuevo olor, doméstico esta vez, compartido, placentero aviva el idilio, los recuerdos del noviazgo de la pareja: es el del chocolate cuyo humear tiene una representación musical semejante a la del cigarro que sentiremos posteriormente. Pero Gil lo percibe antes, enredado en la ropa de su mujer, y el Paraíso que ambos cantaban, se deshace en ira y confusión, como los cristales y los muebles de esta casa.

¿Y la sinestesia? Proviene de la música, de la unión de estas sensaciones tangibles, bebibles, fumables, convertidas en audibles. El humo y el placer de fumar están representados por una vagorosa música de las cuerdas, solos aéreos de flauta y rasgueos del arpa, que exaltan lo hedonista, como lo hacían Mozart, Rossini y Donizetti. Pero hay una sinestesia más profunda, más emocional: la evocación, que en Wolf-Ferrari sirve además como instrumento de la parodia y del homenaje a ese pasado operístico que lo enmarca: Rossini y su estilo onomatopéyico asoman en el primer monólogo de Gil, pero también el Fígaro y el Don Giovanni mozartianos en el estilo recitativo. Hay un gran salto en el melodismo apasionado del dúo amoroso, que se desprende del verismo y nos recuerda a la pareja Silvio-Nedda de Payasos. La ira que se desata al final de esta escena evoca los grandes dúos di sdegno de Verdi: Rigoletto y Otello planean por el escenario, y la salida ofendida de Susanna está flanqueada por una cita directa del final del primer movimiento de la Quinta Sinfonía, de Beethoven.

La escena “Vía cosí non mi lasciate”, en la que la esposa trata de reconciliarse, es una variación armónica del dúo “Io vengo a domandar” del Don Carlos verdiano, donde el protagonista viene a despedirse y a obtener una muestra de cariño de su amor imposible, la Reina. En el segundo estallido de cólera neurótica de Gil, buscando al inexistente amante de su mujer, oímos figuraciones de fusas inequívocamente tchaikovskianas, y el tema del placer de fumar, previo a esta escena que luego dominará el aria y el final, se anuncia sobre una alusión al “Sogno di Doretta”, de la sensual La rondine pucciniana, para subrayar “l’ebbrezza”, y la voluptuosidad del pasaje.

Son sólo algunos detalles de esta deliciosa miniatura operística que hoy se repone en Caracas, en la producción de Orlando Arocha para Cantarte Producciones y Trasnocho Cultural, a 103 años de su primera representación en Munich. Una media docena de grabaciones fonográficas, su permanencia en los teatros y lo agradecida vocal e histriónicamente que resulta para los cantantes, justifican el éxito de esta obra, que más que una ópera es una franca invitación al placer.

viernes, 10 de febrero de 2012

EL IMPERSONAL MAHLER DE GUSTAVO DUDAMEL

Einar Goyo Ponte

Cuando Mahler mismo declaraba que el tiempo de su música no había llegado, refiriéndose a la época en la que él estrenaba sus obras y estas eran incomprendidas o sometidas al escarnio hasta por caricaturistas, cifraba su esperanza en que la sensibilidad y mente de su entorno se transformaran de tal modo que entendieran el trasfondo filosófico, religioso y psíquico de sus sinfonías. Quizás podría presentir, como buen director de orquesta que era, que estas agrupaciones perfeccionarían la técnica necesaria para tocar no sólo la abigarrada arquitectura y la demoledora sonoridad de sus partituras sino las de sus colegas y contemporáneos Bruckner y Strauss.



Hoy su profecía se ha cumplido parcialmente: es difícil pensar en una orquesta medianamente eficiente hoy en día en el planeta que no pueda afrontar siquiera una de las sinfonías mahlerianas. El nivel de sus músicos y las técnicas de dirección han deshecho esa utopía. La segunda parte de su premonición es, sin embargo, más problemática. Aunque Leonard Bernstein –para mí su intérprete definitivo- haya declarado hermosamente que el tiempo de Mahler, tras guerras mundiales, campos de concentración, sida y peligros de extinción, por fin ha llegado, no comparto el optimismo con respecto a que los cambios de espíritu del hombre hayan alcanzado tales cotas de transformación. Las resistencias que encuentran desde disímiles e incoherentes atalayas movimientos como los indignados europeos y las “primaveras” islámicas son una palmaria muestra de que las lecciones de la historia no han sido aprovechadas, y las desorientaciones ideológicas son de fácil abono. Creo, por ende, que Mahler “suena” y se escucha francamente familiar, pero su comprensión aún nos es esquiva.


Hay cosas que, en esta vida, reclaman experiencia, y ejecutar -concretamente, dirigir- la música de Mahler es una de ellas. La conexión entre su música y el arte direccional de Bernstein no radicaba en su maestría técnica, ni en su memoria, ni siquiera en sus extraordinarias dotes como músico. Bernstein teorizaba, pensaba, disertaba, estudiaba la música de Mahler como lo hacía con el Talmud o con la literatura de Voltaire y Shakespeare o con la filosofía griega o con Beethoven. Por eso se distinguen sus ejecuciones de las de otros grandes directores: eran tratados musicales sobre las ideas vivientes en las partituras.


Hoy estamos asistiendo al ambicioso proyecto de Gustavo Dudamel con las Orquestas Simón Bolívar de Venezuela y Filarmónica de Los Ángeles, en dos países, de hacer por primera vez en nuestras plazas, al menos, el ciclo completo de las 10 sinfonías mahlerianas, a través de una sola batuta, en una extenuante jornada de nueve días en dos semanas, con el título “Con Dudamel por la paz”, el cual encierra contenidos, por lo menos, discutibles, que explicaremos en su momento.


Dudamel ha demostrado en su corta, meteórica y excepcional carrera poseer la audacia, la técnica y hasta el genio musical necesarios para afrontar tal empresa. De hecho, mientras lo escuchamos en Caracas, ya la ha completado en Los Ángeles. Lo que aquí nos preocupa, al momento de escribir esto, ejecutadas tres de las diez sinfonías, es si tiene la experiencia, la capacidad para desentrañar, enfrentarse y resolver musicalmente los formidables retos ideológicos, psíquicos, conceptuales y espirituales que Mahler nos plantea en sus sinfonías.


Hablemos de las tres hasta ahora escuchadas: la Segunda “Resurrección”; la Tercera y la Quinta.


En la primera de ellas el tema es, nada menos que uno de los problemas más acuciantes que inquietaron a Mahler durante toda su no muy larga vida: la condición mortal y perecedera del hombre y la desesperada búsqueda de trascendencia en la misma o fuera de ella.


En la segunda insiste en ello pero complicándolo con una meditación sobre los instintos naturales, la naturaleza misma, la preservación y armonía con flora, fauna y medio ambiente (en un claro mensaje ecologista de vanguardia) y el papel de la religión.


Y la tercera, bajo la apariencia de música objetiva, abstracta, sin programa, como las dos anteriores, alberga sin embargo, una vuelta a reflexionar sobre la muerte y las inquietudes humanas, específicamente las del creador para insertar nada menos que el elemento del amor carnal, la figura y la influencia femeninas en conflictivo amor y convivencia con el impulso y la potencia masculinas.

Mientras escuchamos en las impecables lecturas orquestales, con superlativas soluciones musicales de estas tres inmensas sinfonías, que Dudamel se esfuerza en hallar y corona con indiscutible éxito, sentimos que el nervio cohesionador de tamañas arquitecturas sonoras (la más breve de las tres dura largamente más de una hora), la potencia y el brillo necesarios para una ejecución con suficiencia de las partituras, que el celo por los efectos acústicos en los que Mahler se adelantó a tanta música moderna (académica y no), que la contundencia de las resoluciones están conseguidas con una cabalidad a ratos impresionante y casi siempre virtuosística, pero nos desesperamos buscando la lectura personal dudameliana del planteamiento mahleriano de morir para poder resucitar, de la Segunda Sinfonía. A mí, por ejemplo, me parece que Mahler construye con esta sinfonía una lectura muy suya de la Comedia de Dante por el tránsito del alma por el Infierno de la culpa, el Purgatorio de la contrición y el Paraíso de la salvación. ¿Cómo concibe esta trascendencia humana Dudamel?


No lo sabemos. Y no se trata de que tenga que discursearlo en palabras antes o después. Pues por ejemplo, si uno compara la lectura de Abbado (para no meternos en las honduras que nos abre Bernstein) con la de Dudamel encontrará si no una refrendación de lo descrito por mí líneas arriba (y mutatis mutandi por José Luis Pérez de Arteaga, primer especialista en lengua castellana en Mahler) sí una lectura involucrada en matices, fraseos, atmósferas, gradaciones, que dan al final una apabullante sensación de verticalidad ascendente, con coros, solistas y orquestas en trashumana apoteosis, en la primera, frente a la mera sonoridad triunfal del segundo.


Similar sensación recabamos en la Tercera sinfonía, por el vacilante y ultrafragmentario movimiento inicial, la impersonalidad de la dirección en los pasajes cantados (aunque Anna Larsson solista aquí y en la “Resurrección” -junto a la menos feliz Klara Ek, tan indecisa como el director-, destacó por entonación y escansión del fraseo), y el viraje a último momento del pulso intenso con el que extendió el lacerante final, que colaboran poco con el viaje nietzscheano que la larga sinfonía nos propone en el mismo sentido, arduo y polémico, de su Así hablaba Zarathustra, germen y texto de la obra.


No hay mucha variación entre su lectura grabada en Deutsche Grammophon en 2007 y esta de febrero 2012 de la Quinta Sinfonía: poderosa pero superficial, indulgente a veces, como en el Adagietto, más hedonista que profundo. Pues en él y el final yace el conflicto base de la obra: el tema femenino de Alma en el primero y el del lied de Das Knaben Wunderhorn que narra la competencia entre el ruiseñor y el cuco ganada por el último gracias al “sabio entendimiento” del burro y sus orejas largas, lo cual propone varias y hasta polémicas lecturas que van desde la ironía hasta el sexismo, pues es notoria la prohibición que hiciera Mahler a su esposa de que compusiera para que se dedicara exclusivamente a la suya. ¿Siente usted un atisbo de esta polisemia en la ejecución de Dudamel?


Loas al Coro Sinfónico Juvenil Simón Bolívar de Venezuela, no sólo por su notable prestación sino por su resistencia en la ordalía de permanecer de pie más de una hora a la espera de su intervención de un poco más de 10 minutos en la Resurrección, y su candorosa prestación junto a los Niños Cantores de Venezuela en la 3ª. bajo la dirección de Lourdes Sánchez.


Pero el ciclo continúa.