sábado, 6 de octubre de 2007

DESDE EL LADO OSCURO DE LA LUNA


Einar Goyo Ponte




Si hay algo verdaderamente fascinante del venezolano es la manera tan natural, cómoda y eficaz de convertirse en ciudadano del mundo. Una forma rutilante, espectacular y gratamente sorprendente es la que acabamos de atestiguar este domingo 30 de septiembre en el Aula Magna de la UCV, con el evento Pink Floyd: nuestro tributo.
Reunión de bandas jóvenes, cuyos integrantes seguramente ni habrían nacido cuando el grupo inglés conocía su gloria, una orquesta y un director sinfónico (quien nunca ha ocultado su pasión rockera), y una suerte de All Stars del rock venezolano, esos mismos que hacen su música en bares, sitios nocturnos, garajes, salas y festivales casi clandestinos en un país al que le gusta el rock, pero que tarda en aceptarlo como parte de su paisaje urbano y más aún hablarlo en el código babélico, genético de la ciudad.
Todos encontraron una tierra común en el sentimiento de admiración, de indiscutible reconocimiento a una música que ahondando en las aguas lustrales del rock and roll de los 50 y 60, en el vuelco de lenguajes de los Beatles o los Rolling Stones, encontró el desarrollo de un género que elevó los elementos rítmicos, los tics instrumentales (los solos de guitarra eléctrica o de batería), las todavía tímidas (a pesar de los precursores Moody Blues) fusiones con lo orquestal a un nivel de tal solidez, combinando la inmediatez sonora o ejecutoria con una carga de profundidad y un signo de reto tan magnéticos que enseguida sembraron legiones de seguidores en el mundo, y generaron la producción de grabaciones absolutamente históricas y pivotales de lo que algún día alguien contará en su vasta magnitud como la historia de la música del siglo XX.
La primera parte estaba protagonizada por las bandas jóvenes. Abrió fuegos el grupo Mochuelo, tres chicos valencianos, con su vocalista de timbres evocativos de Dido. Hicieron unas muy respetables y frescas versiones de Stay, Time y Take it back, con el respaldo de la inquieta armónica de “Cangrejo”, y unos impecables solos de guitarra.
Pedro Castillo condensó toda su experiencia y veteranía en dos estupendas versiones de la célebre Hey you y Us and them, en ingeniosos arreglos y montajes electrónicos, programados en su laptop. Lo siguieron los vivaces Chucknorris, exploradores de un sonido decididamente más urbano y finisecular que el del objeto de su homenaje. Pero sortearon los laberintos de Obscured by clouds, las elipsis altísimas de Goodbye Blue Sky y el humor ácido de Brain Damage con contundente solvencia y no pocos asombros.
Cerró esta primera mitad la banda de reggae Negus Nagast, quienes no sólo ejecutaron sino que escenificaron dos originales y repotenciadoras lecturas de Shine on you Crazy Diamond (conservando la densa introducción original que luego se infectaba del ritmo caribeño) y otro clásico, Breath, donde coros, bailes y solvencia instrumental redondearon una estimulante presentación.
En la segunda parte, banda, solistas vocales e instrumentales, estrellas invitadas, la Orquesta Gran Mariscal de Ayacucho y la batuta de Alfredo Rugeles conformaban un alucinante conjunto, de arriesgadas ambiciones, cubiertas, no obstante, por el extraordinario profesionalismo de los involucrados. No he presenciado yo en nuestro patio un ensamble de talentos a esta escala titánica resolver con semejante brillo y penetración primero el desafío de un espectáculo de tal dimensión (cuatro horas de duración) y con una música de la exigencia de la de Pink Floyd.
De entre la decena larga de canciones antológicas interpretadas entonces destacaríamos la penetrante In the flesh, en el proteico vocalismo de Alexis Peña, veterano de las batallas de Témpano, Resistencia y Póker; la concertación repujada de Shine on you Crazy Diamond, por el vitalista arreglo orquestal de Angel Quiñones, los solos de saxo y fliscorno exactos y luminosos y de nuevo Peña en la voz; la sorprendente prestación de ese exaltado vocalisse, que es The great Gig in the sky, a cargo de las valerosas vocalistas del coro: Enza Rigano (en los melismas más arduos), María Ida Guadagno y Elysmar Rendón; las más bien intimistas lecturas de Frank Quintero de Nobody Home, Comfortably Numb (acompañado aquí de Angel Quiñones) y Hey you (en complicidad con M. I. Guadagno), y por supuesto la delirante versión (a esto le llamo yo producir con tino, con detalle, con el talento acertado, con la conjugación en perfecta puntería del trabajo en conjunto y el elemento visual del espectáculo, distante años luz de otras presentaciones más pretenciosas e inmaduras del pasado más reciente en estos mismos ámbitos) de ese tema insignia, Another brick in the wall, por la sonoridad del arreglo sinfónico, los excelentes solos de guitarra de Quiñones y O. Molina, el inesperado solo vocal de Pedro Castillo, y las acopladísimas voces de los Niños Cantores de Venezuela. ¿A quién no se le brotó un nudo en la garganta cuando los oímos irrumpir contra el poder establecido en la segunda parte de la pieza y cantar el famoso coro “We don´t need more education”?
Tampoco son olvidables los solos de saxo de Rodolfo Reyes, de trompeta de Gerald Chacón y los coros masculinos de Dieter Negrín y Geannis López.
Y un aplauso aparte para el concepto visual del espectáculo desarrollado de Keloide, cambiante, no invasivo de la música pero al que tampoco podíamos ser indiferentes.
Fue además una excelente prueba de lo grandes que pueden ser nuestros músicos cuando primero se delatan oyentes y melómanos.


He aquí una de las canciones más solicitadas del mítico grupo. "Wish you were here", del disco del mismo nombre, de 1975.

1 comentario:

jean dijo...

Muy bueno está su blog, prof. Einar. A ver cuándo publica alguna cosa sobre las bandas sonoras de películas. Saludos!