
Einar Goyo Ponte
Mientras hace las maletas para su Gira Europea 2008, la Orquesta Sinfónica Municipal ensaya con su público caraqueño el repertorio que llevará de viaje por territorios alemanes y austríacos básicamente. Este domingo 2 de marzo nos presentó el programa que comprende obras venezolanas y al ilustre Brahms.
Rodolfo Saglimbeni, albacea del legado musical (ha colaborado en la copia y transcripción de casi todas sus obras) de Aldemaro Romero, dirigió con la empatía que sintió siempre por el maestro, su exaltante Tocata bachiana y Gran pajarillo aldemaroso. Exactitud y sentido de ritmo propician un crescendo orquestal que infaliblemente emociona a la audiencia.
El otro venezolano representado en el repertorio viajero es Federico Ruiz, con su Concierto para trompeta, que esta vez interpretó el virtuoso criollo Francisco Flores, quien hace apenas unas semanas nos impresionó con el Concierto, de Arutunian. El de Ruiz es menor en ambición y dimensiones, pero para el oyente latinoamericano tiene un interés particular pues juega con la melancolía y sensibilidad de nuestro continente, mientras explora formas rítmicas de ascendencia africana, ya enraizadas en nuestra idiosincrasia, como el tango, el bolero, cierto aire de jazz, la milonga, la música de nuestras costas caribes y venezolanas, aires mexicanos, que ribeteados por el tema de un Canto de Pilón de Antonio Estévez conecta con una zona muy entrañable de nuestra cultura y expresión. Flores fue impecable en su ejecución sin desmayo y nítida. Saglimbeni impuso a la OSMC la atención a las variantes rítmicas, continuas y casi inesperadas de Ruiz.
Para cerrar el concierto, Saglimbeni escogió una obra que domina con madurez: la 4ª. Sinfonía, de Johannes Brahms. Sin asomarse al tormento exasperado y pasional de la obra (sólo Carlos Kleiber sabía extraer este aspecto a maravilla), nuestro director navega con firmeza por el equilibrio entre lo clásico y lo romántico, entre las formas antiguas y la expresión moderna, que el compositor puso a contrastar, como reflejo de sus íntimas contradicciones, en esta su última obra sinfónica. Sus variaciones finales son muy notables.
Rodolfo Saglimbeni, albacea del legado musical (ha colaborado en la copia y transcripción de casi todas sus obras) de Aldemaro Romero, dirigió con la empatía que sintió siempre por el maestro, su exaltante Tocata bachiana y Gran pajarillo aldemaroso. Exactitud y sentido de ritmo propician un crescendo orquestal que infaliblemente emociona a la audiencia.
El otro venezolano representado en el repertorio viajero es Federico Ruiz, con su Concierto para trompeta, que esta vez interpretó el virtuoso criollo Francisco Flores, quien hace apenas unas semanas nos impresionó con el Concierto, de Arutunian. El de Ruiz es menor en ambición y dimensiones, pero para el oyente latinoamericano tiene un interés particular pues juega con la melancolía y sensibilidad de nuestro continente, mientras explora formas rítmicas de ascendencia africana, ya enraizadas en nuestra idiosincrasia, como el tango, el bolero, cierto aire de jazz, la milonga, la música de nuestras costas caribes y venezolanas, aires mexicanos, que ribeteados por el tema de un Canto de Pilón de Antonio Estévez conecta con una zona muy entrañable de nuestra cultura y expresión. Flores fue impecable en su ejecución sin desmayo y nítida. Saglimbeni impuso a la OSMC la atención a las variantes rítmicas, continuas y casi inesperadas de Ruiz.
Para cerrar el concierto, Saglimbeni escogió una obra que domina con madurez: la 4ª. Sinfonía, de Johannes Brahms. Sin asomarse al tormento exasperado y pasional de la obra (sólo Carlos Kleiber sabía extraer este aspecto a maravilla), nuestro director navega con firmeza por el equilibrio entre lo clásico y lo romántico, entre las formas antiguas y la expresión moderna, que el compositor puso a contrastar, como reflejo de sus íntimas contradicciones, en esta su última obra sinfónica. Sus variaciones finales son muy notables.
ADIOS A PIPPO

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