Einar Goyo Ponte
El
propio Puccini se definió como el músico “delle piccole cose”, las cosas
pequeñas, sencillas. Los estudiosos de su música ven en esa característica su
diferencia con respecto a la epicidad verdiana o al afán trascendente de
Wagner, y es acaso por ello que lo incluyen frecuentemente entre los autores
veristas; por esa búsqueda y exaltación del detalle, por un lado, y por el
énfasis en el aspecto doméstico de sus situaciones y personajes.
Acaso
no haya otra ópera donde más esencial y exaltado sea este carácter de lo
doméstico, el detalle y lo pequeño que en La
Bohème, su cuarta obra y su entrada en la madurez. El primer acto
transcurre precisamente en la buhardilla donde habitan los cuatro bohemios. Dos
de ellos, el pintor Marcello y el poeta Rodolfo están allí, pero no realizan
nada grandioso ni muestran actitudes heroicas: están muertos de frío y no
tienen leña para calentarse, además de eso tratan de trabajar; Marcello en su
cuadro y Rodolfo en un drama. Ello nos permite deducir otro elemento
importante: los héroes de esta ópera son personas mediocres, casi marginales de
ese París que los enamora y los agobia. Los cuatro bohemios son un pintor de
bodega, un poeta más de vida que de letra, un músico oportunista y un incoherente
filósofo. Musetta es una coqueta que vive de sus amantes y Mimí es una hacedora
de flores artificiales. Una muestra de su vida ardua pero cotidiana es el
cuadro de la primera mitad del Acto I. Dos pequeños objetos propician el idilio
de los protagonistas que se inicia en la segunda parte: una vela y una llave.
El aria de Rodolfo comienza por la mención de la manita fría de Mimí. Dos
palabras tan sólo bastarán para que él le cuente quién es, y ello aderezado con
sencillas metáforas, es el texto de “Che gélida manina”. Mimí hace lo propio
hablando de su pequeña historia, de su sencillez, de su cuartito, de sus
florecillas. Enamorados, entonan el breve dúo de amor que prosigue en el tono
leve, medio pícaro, medio cándido que caracteriza un amor cotidiano.
El
detalle es el protagonista del Acto II en el Quartier Latin: vendedores de naranjas, muñecos, castañas,
turrones, panecillos, dulces, flores, juguetes, libros. Rodolfo le compra a
Mimí su símbolo imperecedero: la cuffietta.
La escena está llena de niños. En una conversación, Marcello revela su actitud
cínica ante el amor provocada por Musetta, quien hace su entrada y se describe
en su “Quando m’en vo”, en el mismo tono sencillo del Acto I. Sobre esta célula
melódica del aria, Puccini construye todo el climax de la escena: el
reencuentro de Musetta y Marcello, la burla a Alcindoro, la celosa advertencia
de Rodolfo a Mimí y el revuelo general, en un triunfal tutti.

El
Acto IV, que tiene lugar meses después, encuentra de nuevo a Rodolfo y a
Marcello solos. Para informarnos de lo que ha ocurrido en sus vidas, cada uno
apela por su cuenta a los objetos de sus amadas ausentes. Sigue un nuevo cuadro
humorístico que revela la cotidianidad de los bohemios y que sirve de efectivo
contraste al final trágico que se inicia con la entrada de Musetta y Mimí, ya
moribunda. A partir de este momento, todo en la música será reminiscencia: los
recuerdos de las pequeñas cosas que los hicieron felices un tiempo, el bello
detalle del “error” de la metáfora con la cual Rodolfo describe la hermosura de
Mimí, la vela, la llave, la mano fría, la cuffietta,
el manguito que le calienta las manos. Cabe incluso aquí el detalle de una
inusual aria pucciniana para bajo, cuando Colline se desprende de su viejo
abrigo.
Mimí
muere en silencio y hacia allá tiende la música luego de los sollozos de
Rodolfo. La tragedia tamizada por el tono doméstico. Y no obstante el despojo
de grandiosidad, difícilmente hay una escena más triste que la muerte de Mimí.
Lo pequeño es lo grande en La Bohème, de
Puccini.
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