lunes, 30 de julio de 2007

ABDELKADER



Einar Goyo Ponte


Aún en las amistades más pródigas, la sintonía en afinidades, pasiones estéticas o espirituales es infrecuente. De allí la apariencia de clan secreto y celoso que adquieren los grupos de amigos quienes, además de compartir sus afectos, hacen un pan más plural de sus caras aficiones. También por eso es tan duro cuando la vida se empeña en suspender ese espacio de coincidencia, esa fraternidad electiva, con la cual nos pareció que nos premiaba al dejarla iniciarse.


Es lo que nos acongoja en estos días al sentir la ausencia del amigo Abdelkader Blanco, escritor de sutiles ingenio y humor, investigador de la Biblioteca Nacional, fundador de su revista Altagracia, operófilo ejemplar, coleccionista metódico y riguroso de grabaciones y partituras, ejemplo de un tipo de venezolano peculiar en sus domésticas ambiciones: atesorar los objetos de su placer y desvelo, haciéndolos herencia, e intentar contagiar de su pasión a los interesados. Soñaba, como yo, con un país que en lugar de mirar con extrañeza tales inclinaciones estéticas, las promueva y estimule.


Cruzamos juntos la aventura de la Escuela de Letras de la UCV. Allí publicó un volumen de cuentos, y fundó la revista Paréntesis, con un grupo de amigos. En los pasillos y tertulias de la Universidad comenzamos a descubrir la ópera: mientras yo devoraba todo lo que encontraba, él buscaba con rigor las óperas completas. Con una velocidad pasmosa se fue haciendo de una colección de títulos impresionante, que abarcaban la historia del género. Pronto derivó hacia otra de sus personales pasiones: la de las voces de los cantantes preestereofónicos. Así veneraba y nos hizo descubrir, y en muchos casos amar, a Rosa Ponselle, Beniamino Gigli, Mattia Battistini, Aureliano Pertile, Claudia Muzio, Giacomo Lauri Volpi, Titta Ruffo y cien más. Luego hizo lo propio con el lied alemán, con las óperas de Berlioz, las de Donizetti y Bellini, y las más desconocidas de Mascagni. Al fin llegó a la exploración de la propia voz, y decidió cultivarla, para oírse alcanzando las alturas de sus obsesiones, pero también para intentar descifrar el misterio de la fascinación operística.


Era un entusiasta casi incondicional de nuestras voces más jóvenes, para quienes soñaba repertorios, montajes, espacios para cantar. Se fue sin ver sus fantasías en escena: el primer Verdi, el Donizetti inédito, su misterioso Berlioz, su delicioso Offenbach, y quizás un glorioso Andrea Chenier, de Giordano, preferiblemente con cantantes venezolanos. Ojalá un día, el país se encarame hasta la azotea de su imaginación.


En sus juicios sobre voces y óperas exacerbaba la tónica de todo operófilo, ergo, cada opinión cuenta. Abdelkader lo cultivaba con una pasión por llevar la contraria de muy difícil igualación, empuñando para ello los desatinos más escandalosos, pero con ello nos enseñaba que también en el campo de las aficiones, la libertad es indispensable.


Ahora, atrapado en las melodías que nos despertarán su recuerdo, argumentará sin cesar, con nuestra añoranza.

1 comentario:

Fanny dijo...

Estimado Einar


He tenido el atrevimiento de acceder a tu sección de comentarios sólo impelida por la noticia de la desaparición de un amigo común. En la medida en que iba leyendo el artículo de homenaje titulado con su nombre, más me percataba de la certeza de que Abdelkader nos había dejado. Me siento obligada a expresarte la consternación y profunda congoja que eso me produjo. Con Abdelkader se van –o permanecen ya imborrables, quién sabe- los recuerdos de las Escuelas de Canto, de los Concursos de Estudiantes y los primeros Conciertos y por sobre todo, las primeras palabras de aliento publicadas en prensa para dotar de estímulo el esfuerzo.
Tus palabras materializan con precisión su definición vital exacta, su condición generosa, honesta y siempre espontánea, efervescente fanático de sus ideas, adorador de la voz humana. Por ello, tomo en llanto todas tus frases –ajenas a la experiencia y muy cercanas en el sentimiento- para hacerlas mías y agradecértelas en su nombre en tan triste momento.

Gracias. Fanny Arjona