sábado, 23 de febrero de 2008

DESPUES DE ROMEO Y JULIETA



Einar Goyo Ponte


Creo que con toda justicia, la Obertura fantasía Romeo y Julieta, de Tchaikovsky es la más famosa y popular de todas las obras musicales dedicadas a lo que es posiblemente la historia de amantes más universal jamás escrita. No la aventajan ni la sinfonía de Héctor Berlioz, ni las óperas de Bellini, Vaccai o Gounod (tal vez la más feliz musicalmente hablando), ni la versión de ballet de Prokofiev, mientras que se le acerca la versión urbana de Leonard Bernstein en su West Side Story. Pero la garra de los temas de Tchaikovsky, su poderosa síntesis narrativa y su atractivo emocional, le dan un sitial de privilegio. Sin embargo, ello comporta sus riesgos, a la hora de su interpretación.

Todos conocemos la historia de los amantes de Verona. Allí radica su gloria y su peligro. Para mí el paradigma de lectura de esta obra musical es la Claudio Abbado, ya lo he escrito antes, y una de las razones es que, como logra Baz Luhrmann, en su célebre versión cinematográfica, con Leonardo Di Caprio y Claire Danes, y Bernstein con su musical de Broadway, junto al libreto de Stephen Sondheim, nos cuenta la historia como si nunca hubiésemos oído de ella, y así nos hace emocionarnos, apesadumbrarnos, llorar con su música. Eduardo Marturet, este domingo 10, en el Aula Magna de la UCV, con la Orquesta Sinfónica de la Juventud Venezolana Simón Bolívar, escogió la esquina opuesta: la interpretó intuyendo que todos la sabíamos de memoria, por lo cual cada acorde sonó en su sitio, cada estallido, cada ímpetu melódico, pero descubriendo de a poco un fresco ya pintado, no pintándolo. Así los amantes protagonistas podían ser Laura y Petrarca o Supermán y Luisa Lane, pero no los apasionados, trágicos, símbolos del amor imposible por obra del destino, que Tchaikovsky entendió en Romeo y Julieta.

El programa continuó con una espléndida versión del Concierto para trompeta y orquesta, del compositor armenio Alexander Arutunian (n. 1920), que escucho por primera vez en nuestras salas, pero conozco a través de una brillante versión de Arturo Sandoval en un disco de 1994. Nuestro solista fue el virtuoso Francisco Flores, quien lo tocó de manera soberbia e impecable, con total limpieza y destello en las agilidades, sereno y melódico en la sección lenta y vivaz en los temas folklóricos que la obra privilegia. Como bis se trajo un cuatro que dio al primer violín y llamó un contrabajista para dar una versión del Patas d’hilo, de Carlos Vieco, casi de vértigo, pues la misma, original para violín, trasladada a la sonoridad masiva y de exigente aliento de la trompeta fue extraordinaria.

Marturet volvió por sus fueros con una ejecución rebosante de estilo y equilibrio de la Sinfonía No. 1, de Johannes Brahms, declaración de amor otoñal, de un hombre de 43 años al género sinfónico, y a su temible modelo Beethoven. Así la obra posee toda la madurez, la pasión, la cautela, la entrega franca e incluso los miedos de un hombre ya más que maduro, solo, enamorado platónico de la célebre esposa de su aún más célebre colega y amigo Robert Schumann, vertidos en música. El maestro Marturet ribeteó un Andante sostenuto, de gran delicadeza, y unos oscilantes (y este es el estilo brahmsiano) entre la luz y la sombra, la contención y la expansión, movimientos extremos, perjudicados un ápice, no sé si por una deficiencia acústica o el toque más bien seco, excesivamente staccato, de la percusión, que yo concibo más resonante y mórbida, como los desarrollos melódicos.
Pero esa discusión musical es lo que hace irrepetibles los conciertos y permite la dinámica de estas crónicas.

2 comentarios:

victor_marin dijo...

Hola Einar. Siempre leo tu columna en El Nacional y me contenta haber descubierto hoy que tienes un blog.

Desde hace un par de años me he interesado por el fascinante y complejo mundo de la música clásica. Todo comenzó con un curso que tomé en la USB, luego escuchando mucha música y por último asistiendo a todos los conciertos que puedo. La verdad es que debo reconocer que mientras más investigo y me acerco al tema, más prendado quedo de él.

Tuve la oportunidad de asistir al concierto que reseñas. Como ya te he manifestado, apenas estoy empezando a apreciar este tipo de música. Es por ello que quería preguntarte si no habías sentido la debida pasión o tragedia en la lectura que le dio Marturet a Romeo y Julieta.

Te invito a mi blog, donde ocasionalmente hago una que otra aproximación ¿novata?, ¿ingenua? a algunos de los conciertos que asisto.

Seguiré leyéndote y aprendiendo de tus crónicas,

un gran abrazo

Einar Goyo Ponte dijo...

Amigo Marín:
Agradezco su lectura y el tiempo invertido en escribirme. Como puede leerse en la entrada sobre "Romeo y Julieta", no sentí tales contenidos esta vez en la lectura de Marturet. El, sin embargo, dirigió una versión con la Sinfónica Venezuela, hace unos diez años, mucho más afortunada y hasta preciosista y ricamente sonora. Por favor, incluye en algún correo el link de tu blog para poder acceder a él, lo cual me interesa mucho.
Gracias, de nuevo