
Einar Goyo Ponte
María Callas, la cantante griega, encarnación absoluta de la diva operística, murió en París el 16 de septiembre de 1977, sola, aislada voluntariamente, rondada por sus fantasmas, posiblemente en silencio, de un ataque al corazón. Tenía sólo 53 años. Hoy la recordamos en el aniversario No. 30 de su partida. ¿Qué pervive de la que es considerada la cantante de ópera más grande del siglo XX a tres décadas de su ausencia?
Ante todo sus grabaciones, reeditadas, e incluso pirateadas, incesantemente: casi 30 óperas completas, 11 discos de recitales, y un puñado de videos, que el DVD ha reactualizado. Allí está la huella de su voz única, oscura, de infinitos matices, de acentos moldeados especialmente para cada personaje, la extensión pavorosa, la ductilidad increíble, y la laceración intrínseca que aún conmueve a sus oyentes.
Su Gioconda visceral, en dos prestaciones, la de 1952 y la del 59, ambas geniales, en una más dueña de su portento vocal que en la otra, en ambas levantando el listón como escasas, casi ninguna sucesora ha podido alcanzar. Pareciera imposible repetir el sentido de vacío, la genuina oscuridad del “avel” (la tumba), que resuena más poderosa en tanto más oscura. ¿Cómo lo hacía Callas? Espero responder a ello hacia el final del texto.

Está la melancólica Elvira de su I puritani (1953), grabada cuatro años después de la proeza en Venecia, tutelada por Tullio Serafín, cuando la cantó a poco más de una semana de hacer la Valkiria wagneriana. El caudal de vida real, de lacerante sentimiento que la Divina le insufló a esta fantasía romántica es otra de sus rúbricas indelebles. Está su estratosférica Armida, rol no atrevido por nadie más hasta la década de los setenta.

Están sus Traviatas (1953, 55 o 58), en estudio, lujuriosa de voz la primera, en una función histórica y genial de la Scala de Milán, con Di Stefano, Bastianini y Giulini en el podio la segunda, y una de escalofriante hondura, con el Alfredo de lujo de Alfredo Kraus, en Lisboa, la tercera. El largo etcétera comprende sus creaciones más extraordinarias, hoy convertidas en registros históricos: su Tosca, con Di Stéfano, Gobbi y De Sabata, para muchos la más grande grabación de ópera de todos los tiempos; sus Norma (54, espectacular vocalmente; 55, con Del Mónaco, en duelo de divos, desde la radio en directo, y la de 1960, con el exuberante Corelli, y ella más incisiva que nunca, llenando de frases inolvidables e inigualables la partitura de Bellini); su Sonnambula, sobre todo la de 1955, tomada del vivo en la Scala, con Bernstein en el podio, mientras Callas cantaba en la fantasía viscontiniana, vestida de prima ballerina; y dos cruciales recuperaciones de repertorio belcantista, Anna Bolena, de Donizetti, de 1957, en vivo de la Scala, e Il pirata, de Bellini (Carnegie Hall, 1959, a falta de los célebres de la Scala). Como apéndice debemos mencionar sus reinvenciones de Lucia di Lammermoor, Barbero de Sevilla, Carmen, y otro rescate irrepetible, su Medea, de Cherubini, también en tres ediciones (53, Scala, 57, estudios, y 58, Dallas).
Pero también la sobreviven bibliotecas enteras que pretenden contar desde todos los ángulos posibles su vida, su carrera, sus amores, su intimidad. Ninguna otra cantante lírica ha ocupado tanto a las plumas “del corazón”. Hasta las esposas de sus colegas se han sentido autorizadas a dar su versión de Callas. Al lado de la de su esposo Gian Battista Meneghini, aparece la de la mujer de Pippo Di Stéfano, Callas, mia nemica; la de la Matheopoulos, que explota, como muchas, la relación con Onassis, la de su acólito David Palmer, en versión fílmica, Life and Art of Maria Callas, las de John Ardoin, Gerald Fitzgerald y Sergio Segalini, fieles a su culto y a su oficio crítico, pero sobre todas ellas se eleva siempre el misterio de su vida. ¿Por qué se divorció realmente de Meneghini? ¿Qué vio realmente en Onassis? ¿Cómo “la tigresa de la ópera”, incapaz de ceder ante Rudolf Bing, el amo del MET, negada a cantar ante el Presidente de Italia, capaz de arañar a sus colegas en escena si se atrevían a disputarle su primacía, de insultar a la buenaza de Tebaldi, de protestar los detalles económicos más rigurosos de sus contratos, se dejó embaucar por el pirata griego? ¿Por qué volvió a los escenarios a sabiendas del desgaste de su voz después de 1965? ¿Por qué murió sola en su apartamento? ¿En realidad se suicidó? No hay respuestas ni satisfactorias ni definitivas para estas preguntas, y sus enigmas conforman la esencia de la personalidad Callas.



El auge actual de la puesta en escena, la recuperación del sentido teatral pleno en la ópera, y de allí su impacto visual y mediático también le son deudores. Ella era una cantante-actriz y para ello transformó su propia figura rolliza en la mujer esbelta que le exigían sus heroínas canoras. Para servir a su arte Luchino Visconti, Piero Tosi, Franco Zeffirelli idearon dispositivos escénicos que renovaron el teatro musical. El cuidado y la intensidad de los gestos, la incesante búsqueda de una coloración vocal específica ya no para cada rol sino para cada situación dramática de sus encarnaciones fueron las marcas que pronto hicieron mella en el mundo de la ópera de los años 50, devolviéndole realismo, veracidad dramática, compromiso artístico a un arte que se había convertido en poco más que un circo de pirotecnias vocales o voces hermosas. Callas vino a exigirnos que miráramos más allá. Si los cantantes de hoy deben lidiar con una preparación actoral además de su entrenamiento vocal, la culpa es de ella. La ópera filmada, los excesos y las genialidades de Jean Pierre Ponnelle, Patrice Chereau, Luca Ronconi, Francesca Zambello, Harry Kupfer, Graham Vick, Calixto Bieito o Peter Sellars nacieron del efecto Callas, porque después de ella, la ópera no volvería a ser la misma.
Quedan sus sucesoras/imitadoras: las perseguidoras del efecto de su timbre, artífices de colores oscuros falsos y rebuscados, como si en la peculiaridad instrumental radicara su genio. Son las herederas pobres: Elena Souliotis, Sylvia Sass, Tiziana Fabbriccini, María Dragoni y otras. Y están las herederas afortunadas, las que mientras más buscan su distanciamiento más nos la recuerdan, pues aunque divas auténticas del mundo de hoy, están lejanas aún del genio absoluto de Callas, como Angela Gheorghiu y Anna Netrebko, infectadas en su esencia vocal del terciopelo callasiano, pero de prestaciones mucho más ligeras o modernas.
Falta por mencionar el más importante y duradero de sus legados, precisamente el que más echamos en falta. Al inicio de este trabajo preguntamos cómo hacía Callas lo que la hacía tan especial. ¿Qué es lo tan irrepetible y particular de sus asunciones músico-dramáticas? Sé que otros muchos han dado y darán una respuesta disímil, cada una tan particular como la sensibilidad o criterio de su autor. La mía apenas aspira al mérito de la sencillez: lo más personal de Callas, vale decir, lo que he aprendido a amar más en ella, incluso por encima de la desgarrada intensidad de su canto, es algo estrechamente ligado a ésta. Es eso que líneas arriba anuncié como su voluntad de riesgo.

Hoy la perfección inunda los teatros, los monitores, los equipos de sonido, incluso los estadios y las pantallas cinematográficas, pero el riesgo, esa voluntad de ser capaz de perderlo todo por entregarle un fragmento de verdad, de pulpa de lo irrepetible, de grandeza, de revelación, de genio artístico al público, eso mismo que arriesgaron Beethoven, Picasso o Buñuel en sus obras: el abandono de lo sabido y seguro por la originalidad, se extraña con demasiada frecuencia en el actual mundo de la música.
Su ausencia será el sostén de la inmortalidad de María Callas, pues mientras no lo reencontremos nos veremos obligados a recordarla. Y cuando por fin retorne, sabremos sin equívoco que ese fue su legado.
A continuación dos momentos antológicos del arte vocal de María Callas. En el primero canta una una de las arias emblemáticas de las divas líricas de finales del XIX e inicios del XX. La ensoñante "Ebben, n'andró lontana", de La Wally de Catalani, y por último, para los fanáticos del cine, y para los nostálgicos del verismo, esa otra confesión de amor y miseria que Callas arrebataba de los repertorios de otras divas, apropiándosela para siempre. Es la estremecedora "La mamma morta", de Andrea Chenier. Escúchalas haciendo click en ellas.
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