martes, 20 de febrero de 2007

ARS ANTIQUAE

Viejos textos escritos en la era pre-bloguiana, que recopilo de a poco aquí, para lectores distraídos o recién llegados, y a manera de archivo hemero-cibernético, con ciertos toques antológicos.








Cárdenas vs. Cárdenas

Al momento de escribir esta reseña sobre el Cd de Alexis Cárdenas, presentado por el Ensamble Gurrufío, no han pasado ocho días de una crónica mía sobre el violinista tras una prestación en vivo, ejecutando música académica, en la que declaraba mi conflicto por percibir dos lados opuestos del mismo artista. Uno genial, electrizante, extraordinario, que encontramos en sus grabaciones de música popular (recordamos que en estas mismas páginas nos ganó la admiración por su último disco con el grupo Recoveco), y otro demasiado modesto, atildado y francamente aburrido en su faceta clásica, impresión reiterada en más de cuatro ocasiones casi consecutivas.
Preocupado por esta más que inquietante apreciación escuché el disco en cuestión, tratando de hallar en él alguna solución a esta disyuntiva: un pasaje que nos remitiera al Cárdenas solemne, un vicio técnico que justificara la parquedad de sus ejecuciones beethovenianas, por ejemplo, y que lo asemejara al prodigio inagotable de sus grabaciones criollas; una languidez o cansancio que explicara y reagrupara a las dos aristas del violinista.
Pero fue inútil. En el Cd no hallé sino maravillas, y acaso, al comparar las interpretaciones comunes entre éste y el Bicho...y hecho, de Recoveco, una cierta limpieza más rutilante y un sonido más mórbido en este último, que en el más reciente, como se aprecia en el febricitante Patas d hilo, de Carlos Vieco, y en el vals Suplicante, de Rafael M. López, pero el resto es música llevada a niveles de calidad, revisión y repotenciación impresionantes.
Cárdenas insiste aquí en una marca que le rindió frutos con Recoveco: la fusión estilística de los formatos europeos con los ritmos y melodías vernáculas, en ambos sentidos. Lo hace de “allá” para “acá”, con Fou rire, del francés Richard Galliano, y con el choro O voo da mosca, de Jacob Bittencourt; y a la inversa en Creo que te quiero, de Luis Laguna, y en el tradicional Pajarillo a los cuales insufla un lirismo trascendente a lo Brahms o César Franck, en la primera, y resonancias arábigas para la segunda. El resto es de invulnerable fantasía musical: el goce en el registro agudo en El saltarín, de Laguna, y en el San José de Leonel Belasco, al que inserta un matiz jazzístico acertadísimo; la entusiasmada aceleración del ritmo en Como pa desenguayabar, de Jorge Ayala; la dicción tangible del fraseo en Los tiestos de moca, de Alberto Valderrama; de nuevo la inspiración jazzística en la fusión de Vals para Sonny y Celesta, de Thielemann y Levy, con el arrebato de la coda final. E incluso se nos revela como cantante, en su sentida versión de Lucerito, de Luis Mariano Rivera, donde deja oir un agradable timbre que evoca un poco a Cherry Navarro. No entiendo mucho la mezcla de la Tonada de luna llena, de Simón Díaz, con el potpourri de danzas zulianas que forman Tonada en Maracaibo, pero está irreprochablemente tocado.
Son también de lujo sus acompañantes, el cuatro de Jorge Polanco, el contrabajo de Elvis Martínez, y el piano de Carlos Almarza.
Este disco requiere de un oyente muy especial: el propio Alexis Cárdenas, hasta que se convenza de que puede llegar a niveles semejantes en la música clásica. O decidirse por el certísimo honor de hacer la nuestra a esta escala, exclusivamente.

Ensamble Gurrufío presenta a Alexis Cárdenas. Producción Independiente. Caracas, 2005.
(Publicado originalmente en Revista Veintiuno No. 11, Fundación Bigott,Junio-julio, 2006)







Atrapando el instante
Hasta hace muy poco, aunque la tecnología nos sugiera siglos, el estudio de grabación ostentaba un prestigio casi imbatible. El gran pianista Glenn Gould decidió un buen día, por allá por los 70, no dar más conciertos, para sólo dedicarse a grabar en aras de la perfección. Hoy vivimos en la antípoda: ya nadie graba una ópera completa sino en vivo desde cualquier gran teatro, y los grandes solistas eternizan la experiencia, hasta ahora irrepetible, del calor de la audiencia en aquel concierto, donde imperativos de la emoción se aliaron inéditos con las destrezas y veteranía ejecutorias, gracias a la técnica digital. Así, se sistematiza y multiplica lo que antes era privilegio de coleccionista. Lo irrepetible hoy llena los anaqueles de las discotiendas.
Y hasta la actitud del músico ante el instante, antaño fugaz e inasible, cambia radicalmente, pues tras avisos y contratos por lo que quizás semanas o meses después va a ocurrir en la sala, se prepara con antelación para lo que ya no va a pertenecer, en un buen porcentaje, al terreno de lo accidental ni al dominio de lo imprevisto.
Este disco de nuestra tecladista mayor, Gabriela Montero, tiene justamente esa cualidad, la de atrapar su genio donde mejor se despliega: entre su público. Pero también, y en abundancia, su contraparte, una suerte de sobreconciencia, que mina la espontaneidad y la chispa de su arte. Es lo que sentimos en la primera selección de este CD de menos de 40 minutos, la celebérrima Rhapsody in Blue, de George Gershwin, en su versión original para piano y jazz band con plantel de cuerdas, en arreglo de Ferde Grofe. Mientras Rodolfo Saglimbeni logra imprimir a su Sinfónica Municipal el sonido y la gracia de un combo jazzístico (óiganse los clarinetes, las figuraciones de los fagots, las exactas síncopas de las cuerdas en la coda), la Montero se escucha tímida, acartonada, solemne, y hasta... errática, desde el mismo inicio. Sus solos son lentísimos y aburridos, y apenas en algunos pasajes en octavas recuperamos el vigor al que nos ha acostumbrado.
Quizás por ello los productores decidieron balancear el registro con piezas y obras que dejaran más libre su talento improvisatorio. Así, la versión con piano del Oblivion, de Astor Piazzola, en puro estro de la Montero mientras la orquesta lee la partitura, es mucho más afortunada que su variación a piano solo de la misma obra que oímos después, donde ella se descamina del estilo y tono original.
Personalmente creo que lo más valioso del disco es la grabación del Autorretrato de Ramón Delgado Palacios, de Juan Carlos Núñez, hermoso ejercicio de nostalgia, minimalismo y collage de nuestro ingenioso compositor, no sólo sobre las composiciones del pianista honrado en el título, sino hacia su época y hasta la recuperación de una sonoridad antañona, perfectamente inscrita dentro de las habituales obsesiones de Núñez.
Especiales para fans de la Montero los dos apéndices improvisatorios (grabados en estudio), que buscan preservar la vena quizás más fugaz de su arte, cuyo total, por fortuna, nos será concedido por muchos años más.

Rhapsody in Blue, George Gershwin; Oblivion, Astor Piazzolla; Autorretrato de Ramón Delgado Palacios, Juan Carlos Núñez; Improvisaciones. Gabriela Montero. Orquesta Sinfónica Municipal de Caracas. Rodolfo Saglimbeni, director. Fundación para la cultura urbana. 2003-2005.

(Publicado originalmente en Revista Veintiuno, No.13, Octubre-noviembre, 2006)

1 comentario:

GualdiJuiciosa dijo...

Maravillada con los comentarios de las interpretaciones realizadas por Alexis Cárdenas en su nuevo cd, pero triste por el error en el autor/compositor del bambuco Como Pa´Desenguayabar, corrección que tengo entendida fue hecha directamente a Alexis Cárdenas, despues de su concierto en Bogotá y antes de la grabación de su último cd.
El nombre correcto es Jorge OLAYA Muñoz.