jueves, 29 de noviembre de 2007

UN FESTIVAL DE VEINTE AÑOS

El afiche imagen de esta edición, debido a Leonel Durán

Einar Goyo Ponte

Ya tiene veinte años esta maravillosa idea. Más bien era extraño que a nadie se le hubiese ocurrido antes. Escuchar música de cámara en el paisaje de la Colonia Tovar. ¿Cuán descabellado podía ser? Allí en ese aire de montaña, en la frecuente neblina que rodea los chalets y las cabañas de estilo tan centroeuropeo, en el verdor, en medio de la flora tan similar a aquella que uno asimila al medio ambiente de Schubert, Brahms o Beethoven. Lo más parecido a una campiña austriaca o alemana que pudiéramos encontrar por estas latitudes, sirviendo de marco a la música de estos compositores. Mis mejores memorias de audiciones (en algunos casos las primeras, en otros las únicas) del Trío en la mayor, de Tchaikovsky, del Septimino, de Beethoven, del lied El pastor en la roca, de Schubert, de los Zwei Gesänge, de Brahms, las tengo de las recopiladas en el Festival de Música de Cámara de la Colonia Tovar, lo cual exalta su impronta y la del alma de este evento, Marcos Salazar, y su fiel equipo de amigos.


Ahora estamos aquí soplando la velita de la torta número 20, y contemplamos todos los afiches acumulados, los nombres de todos los artistas reunidos, y nos es imposible no emocionarnos ante el saldo ofrecido. Ahora, llegamos a esta edición, de nuevo, cordialmente invitados y mejor atendidos y nos preparamos para atestiguar lo que esta edición nos reserva.

Una colega nuestra abre el Festival, pues Ana María Hernández, además de periodista cultural, es músico, y se ha dado en los últimos años a cultivar el estimulante repertorio de la música antigua. Así ofrece el recital Juana Francisca, la trovadoresa, donde ella se convierte en una dama de los siglos XVI o XVII, tañedora de la vihuela o, como en esta ocasión, de la guitarrilla clásica, así llamada por su reducida dimensión y la dulzura de sus cuerdas. Sobre ella, con más meticulosidad que destreza, Hernández nos devuelve un repertorio de tiempos casi irreales, cuyo sonido anima y reproduce salones de baile, vestimentas, gestos, actitudes, quizás perdidas para siempre. Danzas hispánicas como las pavanas, canarios (tocó una evocadora de nuestra “Pájarapinta”), españoletas, y selecciones de las compilaciones de Adrian Le Roy, Gregoire Brayssing, con especial foco en la famosa romanesca del “Guárdame las vacas”, de Alonso de Mudarra, de donde, como lo pusiera de manifiesto hace años El cuarteto, proviene nuestro Polo oriental. El público escucha en concentrado y casi encantado silencio las piezas, acepta el sencillo juego de anacronismos y fantasías que ella propone y aplaude alborozado, sintiéndose descubridor de una íntimidad secreta, repentinamente. Nada desdeñable logro para un músico, éste alcanzado por Ana María Hernández.


Enseguida la secundó un ensamble de excelentes músicos procedentes de Austria, hilvanando un infrecuente recital compuesto por sonatas de diferente distribución instrumental. En la primera, el violoncellista Attila Székely, de origen rumano y el pianista vienés Gerhard Geretschlager, bisagra clave del ensamble en todo el concierto, ofrecieron la Sonata para cello y piano, Op. 38, de Johannes Brahms, tocada con pasión y profundo acoplamiento. Fueron notables los ecos y bajos del cello mientras el piano cantaba sus melismas protagónicos, pero más aún la repartición equitativa de la dicción de los hermosos temas que cohesionan la obra.
Continuaron con Geretschlager ahora acompañando al joven violinista de origen oriental Yuuki Wong, en una inusualmente febril versión de la Sonata para violín y piano No. 3 en sol menor, de Claude Debussy, de abstractos aires hispánicos y gitanos. El mórbido sonido de Wong y el solido apoyo armónico del pianista construyeron un momento delicioso de lo que quizás era la obra más demandante del oyente que el programa contenía.
Casi sin descanso, Geretschlager la emprendió con la poderosa Sonata No. 2 en si bemol, de Sergei Rachmaninoff, de pianismo avasallante y grandes exigencias del ejecutante. Con poderosa sonoridad y valentía, el pianista sorteó triunfalmente la obra, aunque el melos del último movimiento, tan cercano al final del Concierto No. 3, se le desdibujara un poco en el brío.




Cerró la velada con la Sonata para clarinete y piano, Op. 184, de Francis Poulenc, obra que estrenaran en 1963, póstumamente, nada menos que Leonard Bernstein y Benny Goodman. Geretschlager acompañó con seguridad al clarinetista vienés Reinhard Wieser, quien desplegó todo su lirismo en la hermosa Romanza central y fue diestramente juguetón en el Très animé final.

Wieser y Geretschlager en la Sonata de Poulenc


El Festival continuó la mañana del sábado con la flauta de Luis Julio Toro, en un recital que tuvo como núcleo a Francisco de Miranda, apoyado en el trabajo realizado por él, junto a Edgardo Mondolfi y Karina Zavarce hace unos años. En ameno estilo nos leyó fragmentos del diario del prócer, nos mostró los instrumentos que como el diestro flautista que fue, pudo haber tocado o conocido, y hasta la música que ejecutaría. A su alrededor, obras para flauta más contemporáneas, piezas de Telemann, Bach, valses de Lauro, y obras de otros venezolanos, como Adina Izarra, Raimundo Pineda y Agelvis Sánchez, interpretadas con su magisterio y audacia habituales que asombran al público.

Luis Julio Toro

A las 4 pm., conocimos al Cuarteto Quo Vadis, de México, aunque formado por profesores europeos que trabajan en la Sinfónica de Yucatán. Ofrecieron lo que fue, quizás, el programa más difícil del Festival: un cuarteto de Joseph Haydn, del cual lograron un delicado adagio; un cuarteto de cuerdas de Henry Górecki, compositor polaco contemporáneo, cuya exitosa 3ª sinfonía, conoce ya varias grabaciones. La obra, siempre en el estilo insistente, cuasi obsesivo del autor, tiene momentos enérgicos y dramáticos, basada en una canción folklórica que le da título a la obra, “Ya es el atardecer”); y un cuarteto cíclico de Astor Piazzola, Tango Ballet, siempre con la seducción rítmica y magnética del ritmo argentino, que el Quo Vadis, manejó muy bien.

Cuarteto Quo Vadis




Un almuerzo navideño aderezado por el clima frío de la Colonia Tovar sirvió de interludio entre este concierto y el final de esa noche, cuando el ensamble austríaco se dividía en dos tríos para ofrecernos el Op. 99, de Franz Schubert, con Wong, Székely y Geretschlager como protagonistas, y donde violín y cello lograron un extraordinario acoplamiento produciendo frases melódicas de gran hondura, mientras que Herr Geretschlager se les quedó un poco a la zaga, sin embargo en el adagio volvieron a encontrarse para dar una lectura intensa, y culminaron con el Op. 114, de Johannes Brahms, obra infrecuente, donde el clarinete de Reinhard Wieser sustituyó al violín de Wong. La profundidad del cello de Székely hizo perfectas migas con clarinete y piano, ahora en fraseos apasionados, hasta el allegro final donde la sonoridad aumenta gradualmente y da la impresión de una sinfonía. Los solistas lograron esa contundencia acústica.

Tres jóvenes cantantes de la Compañía de Opera “Primo Casale” atentaron, con su impericia y excesiva juventud, contra el efecto dejado por los austríacos, pero en la cena, se nos recompensó un tanto, con la presentación del grupo Ellos. Son tres jóvenes tenores, emuladores del estilo del fenómeno lírico-pop de Il divo. Bellas y poderosas voces, aún un poco broncas y poco pulidas musicalmente, pero atractivas y capaces.


Una copiosa lluvia signó la mañana del domingo y bordó una atmósfera propicia para el concierto de cierre del Festival: el guitarrista venezolano Arnoldo Moreno y su hija Patricia, ambos formados en Austria, se decantaron por un repertorio jazz-pop, con algunas intervenciones de repertorio venezolano en esos estilos. Así interpretaron obras de Jobim, Powell, Kirkland, Wonder, Aldemaro Romero, Mc Comb, Evans, Sting, Karas y Otilio Galíndez, en un mood suave, sugerente, de altísima musicalidad.


Unos bocadillos, en reiterado testimonio de la adictiva gastronomía de la Colonia y del Festival, sirvieron de estribo y nos despedimos de una de las mejores ediciones de este ya entrañable Festival de Música, en estas particulares montañas venezolanas.




Patricia y Arnaldo Moreno

1 comentario:

Ana María Hernández Guerra dijo...

Gracias por ese comentario tan lindo sobre mi performance!!!! Un abrazo grande, y saludos a los lectores de tu blog. Ana María Hernández