lunes, 29 de octubre de 2007

Opera en Europa





Einar Goyo Ponte


Fotografías: Einar Goyo Ponte

Marianela Rivas

Antonio Bofill

Ruth Walz

La vida ha sido generosa conmigo este año. Me ha permitido viajar dos veces a Francia en el lapso de dos meses y conocer con cierta profundidad y extensión ese país de tanta prosapia e impronta en la historia y la cultura. En el mes de agosto tuve oportunidad de conocer el sureste de esa nación. La región de Provenza, con sus campos de lavanda, sus viñedos en todos los recodos del camino, su vida serena y sencilla, sus montes exuberantes y su cultura de la tierra, paciente y confiada. Allí se tiene la impresión de que el tiempo se diluye, transcurriendo en ondas plácidas que desintegran todo ímpetu de afán y zozobra. Y eso en el privilegio soleado del verano, que te prolonga la luz del sol hasta más allá de las 9 pm hace muy fácil entender el ritmo de vida de esas gentes, tan diametralmente opuesto al de metrópolis caóticas como nuestra Caracas.

Además de esas pequeñas poblaciones vinícolas, con recuerdo especial y entrañable para Seguret, Vaison la Romaine, Rasteau y la arcádica Beaume de Venise, productora de un vino dulce de prestigio universal, visitamos Avignon, ciudad con la historia incrustada en su corazón, con el inmenso y casi laberíntico Palais des Papes, donde se condensa un capítulo importante de la historia cristiana, y su puente roto, protagonista de canciones cultas y populares, como la conocida “Sur le pont d’Avignon”; Orange, también de tiempo suspendido, pero ya no tanto sobre monumentos medievales sino alrededor de un anfiteatro de la época romana, es decir del primer siglo de nuestra era, y en el cual se lleva a cabo, al inicio del verano, el famoso festival de las Choregies d’Orange.

Antigüedad y una vida contemporánea todavía tamizada por ese relente conviven en esta pequeña ciudad. De allí dimos un salto brusco a las costas de Marsella, donde el animal urbano que guía nuestros pasos volvió a sentirse a sus anchas, pues esta ciudad costera, plena de sol y de poderosos tonos de azul, tiene más de una similitud con nuestra capital venezolana: el bullicioso tráfico automotor, las grandes avenidas, la babélica multirracialidad, lo inesperado de sus recovecos, los penetrantes olores que se van mezclando desde las dársenas del puerto con los restaurantes de comida mediterránea, el perfumado pastis, los jabones de Marsella y sus inagotables restaurantes de fast food árabe, que ellos han reducido al familiar nombre de kebabs.


La región permite infinidad de contrastes, y le abrimos la puerta a uno cuando tomamos el autobús a la muy señorial Aix-en-Provence, con su elegante Cours Mirabeau, avenida del casco histórico donde al lado de los edificios que allí se enclavan desde el siglo XVI en adelante, conviven terrazas de restaurants, tiendas y refinados buhoneros que ofrecen mercancías de raros objetos, como joyas, pedrería, perfumes, objetos de piel, alfarería, artesanía y hasta un estudio fotográfico instantáneo donde usted puede transformarse en segundos, gracias a un prodigioso baúl de teatro en un personaje romántico, féerico o del mundo aristocrático. También en Aix se lleva a cabo un prestigiosísimo festival musical, el Festival d’art lyrique al que asisten los más importantes músicos, cantantes y directores, para actuar en el Palacio del Arzobispado, en el corazón histórico y renacentista de la ciudad, donde quedamos atrapados una mañana en mitad del más sensual y envolvente mercado que haya visto jamás. Desde allí puede iniciarse el circuito que la cultura y el turismo franceses han organizado para conocer desde una óptica más doméstica y viajera a la vez, los pasos, los trazos de la vida de artistas y escritores como Cézanne, Van Gogh y Zola.

Como hicimos nosotros al continuar hacia Arles, serena ciudadela, también flanqueada por viejos edificios romanos, claustros medievales, iglesias antiguas y plazas y parques más dieciochescos, que conviven en templada armonía, en medio de un culto taurino de remotas resonancias. La infiltración de los colores vangoghianos en el paisaje de la ciudad es uno de los atractivos más seductores de estos espacios. De allí a la un poco menos agraciada Nimes, de más fuertes huellas romanas, y a la universitaria y jovial Montpellier, a la cual la luz del verano le delata los maquillajes despintados de sus antiguos edificios, sin embargo vistosos y seductores. La cercanía del mar y la presencia estudiantil le otorga un aire de provisionalidad y desenfado bien particulares a esta ciudad.





Del sol y la transparencia de la luz de ese sur que dio vida a la poesía trovadoresca y al color de los cuadros que iniciaron el impresionismo, subimos a un París de extraño verano gris, bajas temperaturas y lloviznas frecuentes, lo que no impidió para nada el encanto subyugante de esta ciudad rica de historia, de memoria casi fresca, de sabiduría libresca y callejera, de poesía rubricada, espontánea y cotidiana. París es la ciudad fascinante por excelencia. Quizás el modelo de ciudad que la cultura occidental ha intentado equilibrar desde su accidentada historia y la imaginación de sus utopías. Allí la historia se recrea o se aglomera en el pasaje de sus avenidas. Podemos atravesar desde un medioevo pío y temeroso de Dios en el radio de unas cuantas cuadras marcadas por una abadía cluniacense que reposa a la sombra de la propia universidad de La Sorbona y la conmovedora Catedral de Notre Dame, quizás la más novelesca y albergadora de historias de las iglesias de la cristiandad. El Renacimiento y el Siglo de las luces hacen las más largas avenidas con el Louvre, los Jardines de las Tullerías, el Parque de Luxemburgo y el vecino y majestuoso Palacio de Versalles, con sus magnos jardines, parterres, canales, veredas, estanques y fuentes y juegos de agua. De este lujo parte la línea que nos entronca con la historia más contemporánea, la plaza y el teatro de La Bastille, la Conciergerie, de donde partían los condenados a la guillotina, las avenidas románticas donde nacieron Victor Hugo, Stendhal, Musset, Nerval, Baudelaire, Balzac, Rodin; los cementerios donde ellos y otros ilustres reposan, el Arco de Triunfo que celebra antiguas glorias, el Montmartre de pintores y bohemios -hoy de fiestas, espectáculos sensuales, comercios sexuales-, hasta las más modernas, propias de la Belle Epoque y la modernidad: el Trocadero, la Tour Eiffel, Montparnasse y el fascinante Musée d’Orsay, que condensa la historia del movimiento pictórico que cambió el rostro del arte, para siempre. Todo eso y mucho más: gastronomía, libros, música, vinos, en muchas y diversas formas de disfrutarlos o acceder a ellos, se encuentra en París.

No obstante, para un melómano, agosto no es la mejor época para recorrer Francia. Sus grandes festivales en Avignon, Aix en Provence u Orange, acaban de terminar. Su estela aún se respiraba en las calles que atravesábamos. En Aix, la Valkiria de su primera tetralogía wagneriana con Filarmónica de Berlín y Simon Rattle incluidos; en Orange, las tiendas exhibían aún los afiches del Trovador verdiano recién protagonizado por Roberto Alagna y el Presidente Sarkozy en el público, y en Avignon las paredes daban ecos del mambo inmortal de Cachao y su banda. Allí, en el medieval Palacio de los Papas, seguían las noches musicales con clásicos y jazz todo el verano.
Por los pueblitos de la Provenza vagaban Les soirées lyriques, con intérpretes de ópera en noches de fin de semana, en el Chateau Saint Estève se elevaba el Festival Liszt en Provence. Mientras en Nimes, Marsella y Montpellier venían tras de nosotros Norah Jones y su blues, y la nórdica e impredecible Bjork. La última llegaría a París para los tres días del Rock en el Sena.
Los teatros de ópera parisinos dormían su receso hasta octubre. Palais Garnier y la Bastille aprovechaban para hacer remodelaciones (que buena falta les hacen), pero en el Parc Floral en el Bois de Boulogne se ejecutan los conciertos del Classique au vert, con música clásica al aire libre sábados y domingos e intérpretes y autores como Vivaldi, Swingle Singers, Jean Claude Malgoire, Saint-Säens, Beethoven y Nino Rota. Mientras las iglesias del centro histórico se convierten en modestos auditorios (de gran prosapia y belleza, claro) albergando músicos y voces lejanos de los circuitos del marketing musical pero eficaces en brindar al turista veladas de aceptable calidad con Las cuatro estaciones, de Vivaldi; el Stabat mater, de Pergolesi; el Réquiem, de Mozart; antologías de música sacra, audiciones de órgano (en Notre-Dame, St. Germain des Pres o Sacre Coeur) y hasta homenajes a María Callas. En Saint-Severin, a pocos metros de Notre-Dame, escuchamos al Jubilate Chamber Choir, coral inglesa, dirigida por Ian Higginson, y acompañada al órgano por Richard Lea, en un programa que comprendía obras de Tomás Luis de Victoria, Henry Purcell, Mozart, Fauré, Elgar, Rachmaninoff, Maurice Duruflé, y otros compositores contemporáneos, cantados con la proverbial concertación armónica de las corales europeas.
En la televisión francesa descubrimos a Monsieur Jean Francois Zygel, quien produce uno de los mejores programas que haya visto nunca: La lecon de musique, donde en poco más de una hora de transmisión, el pianista y docente, a través de un programa monográfico (ví los dedicados al piano y a la danza), con invitados traídos de otras áreas artísticas, como escritores, pintores o actores, hace un amenísimo recorrido por los desarrollos históricos de sus temas, por las obras y compositores más destacados de sus respectivos géneros y hace inesperadas asociaciones entre ellas, la literatura, el teatro y otras artes. Lo transmite Radio France 2 los viernes en la noche.

A cumplir compromisos universitarios retorné a Francia a inicios de octubre, pero ahora sí quise aprovechar las recién reiniciadas temporadas musicales de las capitales europeas. Y así, después de tener que renunciar a un Bajazet, de Antonio Vivaldi, ópera rescatada de las lagunas del tiempo por Fabio Biondi y su Europa Galante, en el teatro Malibrán de Venecia, por imposibilidad de conciliar calendarios, decidimos asistir a soplar las velitas de la torta del décimo cumpleaños de la reapertura del Teatro Real de Madrid, después de una atribulada historia de reparaciones e indecisiones administrativas que en algún momento hicieron pensar de forma pesimista a los madrileños. Por fortuna, hoy la historia es muy otra. Ha sido una década en la cual la capital española se ha puesto a la altura de sus pares europeas. Numerosos montajes de trascendencia internacional se han producido allí, y el trabajo de formación a su público ha dado sus frutos. Hay programas que atienden a los niños y los ponen en contacto tempranamente con el arte lírico y la música académica, los hay de docencia y difusión, con empleo de técnicas audiovisuales, ciclos de cine y proyecciones de ópera, los programas de mano incluyen textos para el neófito y los jóvenes, ilustrados a todo color y propuestas atractivas, lo cual ha redundado en que las presentaciones del Real son casi siempre rebasadas por encima del 90 % de su aforo. Sólo por hablar de esta temporada recién inaugurada se ofrece el rescate de una ópera del español Vicente Martín y Soler, Il burbero di buon cuore (noviembre), con los mejores cantantes españoles del momento, una nueva producción del Tancredi, de Rossini (diciembre), con Daniela Barcellona alternando en el protagonista, Patricia Ciofi y Mariola Cantarero como Amenaide; un Tristán e Isolda, desde el Teatro San Carlos de Nápoles (enero 2008), con la Isolda de Waltraud Meier; una nueva producción de La Gioconda, de Ponchielli, con Violeta Urmana en el rol titular (febrero); Plácido Domingo en el Tamerlano, de Haendel, con puesta en escena del polémico Graham Vick (marzo); Claudio Abbado dirigiendo una nueva producción de Fidelio, de Beethoven (abril); el especialista barroco William Christie en otra nueva producción del Orfeo de Claudio Monteverdi (mayo). Obras de Britten, Kràsa y Rossini (el hermoso Barbero de Sevilla de Emilio Sagi) conforman el Proyecto Pedagógico y Programa joven del Teatro. Y en el ámbito de los recitales la sala madrileña acogerá entre noviembre 2007 y junio del próximo año a la destellante soprano francesa Natalie Dessay junto al barítono compatriota Laurent Naouri, a la soprano Inva Mula, al gran tenor marsellés Roberto Alagna y a la sensacional Cecilia Bartoli, quien abre estos fuegos el viernes 2 de noviembre.

Con la presencia de Su majestad la Reina Doña Sofía asistimos al Concierto Aniversario el 11 de octubre. En feliz coincidencia se celebraba también el 110 aniversario del prestigioso Orfeón Donostiarra, una de las mejores agrupaciones corales del mundo. Llevaba la batuta el director musical del Teatro, Maestro Jesús López Cobos, hoy por hoy, el más importante conductor de España. El programa se decantaba por lo religioso, al ofrecer dos (Stabat Mater y Te Deum) de las Quattro pezzi sacri, de Giuseppe Verdi, extrañísimas obras de un hombre ya en el invierno de su vida, después de su última ópera, confeso agnóstico, llenas de profundidad espiritual, no exenta de dramatismo, como pudo sentirse en la evocación de su Otello, en el Stabat Mater; y la gran obra sinfónico-vocal-coral del mismo título, de Gioacchino Rossini, que a éste le encargara un prelado español, y que el compositor no concluyera sino un tal Tadolini. La obra se estrenaría al fin el Viernes Santo de 1833 en la capilla de San Felipe El Real, de Madrid.
López Cobos sacó de sus coros lo mejor de sí en las páginas verdianas, e intentó hacerlo igual de su Orquesta Sinfónica de Madrid (la titular del Teatro Real), al reproducir las onomatopeyas de las cuerdas infernales y los sonidos del Paraíso, en el Stabat Mater, pero en el final del Te Deum, tras lograr un espectacular crescendo dramático, coronado por las frases solistas de la soprano y los pianissimi súbitos que requirió del coro en comprometido tesitura aguda, no pudo evitar que el morendo de los violines se le moviera de afinación.
En el Stabat Mater rossiniano contó con un sólido cuarteto vocal: la soprano Carmela Remigio, de canto elegante y mórbido, que sin embargo dio sus mejores frutos en las armonías logradas con la mezzosoprano Silvia Tro, de lujoso instrumento, en los dúos y pasajes concertantes, como por ejemplo en el brillante cuarteto del Sancta mater, uno de los momentos antológicos de la velada; el tenor Antonio Siragusa, de valiente estilismo, quien coronó con solvencia el terrible sobreagudo del Cujus animan, y el bajo Marco Vinco, de aterciopelada voz, pero que se resintió de brillo al final de su exigente aria Pro peccatis, con coro incluido. Los mejores momentos los consiguió López Cobos de los pasajes a capella del coro, el Eja mater, fons amoris y el Quando corpus morietur, por los matices cercanos a lo increíble que sacó del justamente célebre Orfeón Donostiarra. Lástima que en el trepidante final las cuerdas de la orquesta volvieran a acusar signos de debilidad y se perdiera la consistencia de la concertación hasta entonces dominada por su batuta.


Al día siguiente, fuimos a presenciar una de las óperas más difíciles del repertorio: Boris Godunov, de Modest Mussorgsky, drama sobre el poder, la culpa y la insondable alma rusa, basada en la obra de Alexandre Pushkin. Más ardua aún en la versión original del compositor, sin los destellos orquestales de la versión “arreglada” por Rimsky-Korsakov, ni el sensual acto polaco, rayo de luz entre las espesas tinieblas del canto de los bajos que dominan la partitura. Pero nos mantuvo en tensión la extraordinaria actuación del bajo americano Samuel Ramey, recordado en Caracas por un imponente concierto en 1991, como el zar que no puede con su conciencia. La belleza de su timbre, su canto elegante unido a una actuación de alta calidad, sin aspavientos ni patetismos, sino más bien íntima, de hondura psicológica lograda además dentro de la propia y difícil línea de canto. A su lado destacaron el bajo ruso Anatoli Kotscherga, como el monje Pimen, el intrigante Shuiski , el falso Dmitri y el iuródivi o inocente de los tenores Stephan Rügamer, Vsevolod Grivnov y Dmitri Voropaev. La puesta en escena de Klaus Michael Grüber y Eduardo Arroyo apuesta por la modernidad de la obra trasladando al irredento pueblo ruso a una imaginería que nos recuerda más a los refugiados de guerras balcánicas o inmigrantes desesperados, y a pesar de lo minimalista de la escenografía, incluye una serie de símbolos más o menos inmediatos que mezclan religión, poder y algunas otras cosas enigmáticas, pero su mayor fuerza es el trabajo con las masas corales). Musicalmente apreciamos otro estupendo trabajo de López Cobos en el podio con colores y dramatismos absolutamente acordes con la atmósfera de la ópera.

El sábado 13 nos fuimos a Barcelona para llegar apenas a ver Andrea Chénier, en el Teatre del Liceu, espectacular título de Umberto Giordano, con el estupendo libreto de Luigi Illica, sobre la manera como la Revolución Francesa, olvidada de su génesis, se devoró moralmente a sí misma, y empezó ciegamente a perseguir, a declarar traidores a la patria y antirrevolucionarios a sus propios padres e hijos, y a pasarlos a la guillotina. El iluminador programa de mano del teatro nos recuerda que el poeta Chénier fue decapitado tres meses después de Danton, apenas tres días antes que Robespierre, quien enviara al patíbulo a éste, y a menos de un año antes de que su propio verdugo, Fouquier-Tinville, corriera la misma suerte. Por ello, la puesta en escena de Philippe Arlaud se erige sobre la estrategia del instrumento del Dr. Guillotin: su sonido metálico que cierra cada acto, el telón cortado en forma transversal y que se cierra evocando la forma de la cuchilla, y entre el acto I y II unas obsesivas (y excesivas) proyecciones del fatídico aparato reproduciéndose interminablemente. No hay, sin embargo, ningún trabajo especial con los personajes principales, quienes más allá de sus destacadas intervenciones vocales no poseen más signos particulares, y aquí no lo ayuda el esquemático vestuario de Andrea Uhmann. Chénier asume su tópico de poeta, con su librito o cuaderno en la mano, la escena del intento de estupro de Gerard contra Magdalena está tratada con un poquito más de crudeza y la heroína comienza su espectacular “La mamma morta” tirada en el suelo, pero de resto es la forma convencional de un Andrea Chénier. Salvo en el ataque final de los menesterosos a los nobles en la mansión de los Coigny y en la escena final de la ópera, de la que ya hablaremos, con calculados pero eficaces efectos escénicos.

Andrea Chénier necesita un reparto gigantesco (son 16 personajes, sin contar los figurantes) comandado por tres voces de titánicas dimensiones, sobre todo por el brillo de las orquestas modernas. Sólo obtuvimos dos: la soprano Daniela Dessi, dueña absoluta del llamado estilo verista, posado sobre un canto central, de frases de inaudito arranque e intensidad y líneas suspendidas sobre las tesituras más arduas, cantó además desgarradoramente “La mamma morta”, aria de difícil supervivencia, tanto para intérprete como para oyente, tal es su intensidad, y aunque su registro agudo no está en las mejores condiciones, se enfrentó con valentía al acerado acto final; el otro cantante fue su esposo, Fabio Armiliato, Radamés de Aida y Don José en Carmen, en el TTC-1992, su línea de color de canto es un tanto dispareja, pero sus arrestos tenoriles y notas climax fueron impresionantes por lo generosos y timbrados. El dúo final, coronado por el hermoso efecto de Philippe Arlaud, quien llena repentinamente el escenario de cadáveres, a los cuales se unen de inmediato la pareja de amantes condenados, que se desploman sobre aquellos, mientras de inmediato vienen tres niños, reunidos de distintas escenas previas del montaje, portando el tricolor francés en medio de una luz cegadora desde el fondo del escenario, se convierte en una de las cosas más emocionantes que he visto en un teatro de ópera. Por desgracia el Gerard de voz velada y bronca del barítono Anthony Michaels-Moore, de escasos matices no llegó nunca a estas alturas. Viórica Cortez, diva mezzosopranil adorada en la Caracas de mediados de los 70, encarnó a la Condesa de Coigny y a la vieja Madelón con nobleza y autoridad. La dirección de Pinchas Steinberg dio un piso sonoro y armónico ideal para el despliegue de las voces, en las cuales Giordano confió la emotividad de su obra. Siempre aliado de los cantantes, modificó matices y dinámicas constantemente para su lucimiento.

Al salir de la función pudimos contemplar la hermosa exposición L’encis de la dona (El encanto de la mujer) constituida por cuadros alusivos a la música, al teatro, a la ópera, pero siempre con el objeto obsesivo de la pintura de Ramón Casas, el artista catalán honrado en la muestra: la figura femenina en los gloriosos años de La Belle époque. Son lienzos muy sensuales, maravillosamente conservados que las representan en poses provocativas, domésticas y elegantes. Cada cuadro viene adherido a un epígrafe tomado de diversas óperas desde Verdi o Gounod hasta Britten y Henze, que ilustran magníficamente el origen de los cuadros y su colgado en la Saló dels Miralls del Liceu.
Un plácido domingo en Barcelona preludió un viaje en tren nocturno hasta París, revolucionada por la semana final de la Copa del Mundo de Rugby. Mi destino final era la ciudad de Poitiers, hacia el suroeste del país, cerca de Burdeos, pero la noche del 15 de octubre tenía una vieja cita acordada en la Ciudad Luz con Mademoiselle Violetta Valéry, mejor conocida como Marie Alphonse Duplessis o Margarita Gautier, es decir, La Dama de las Camelias, que traducida al lenguaje operístico por Verdi es La traviata.

Pero uno puede perder compostura y cortesía masculina si la cita es en el Palais Garnier, el teatro nuclear de la Opera Nacional de París. Qué joya de edificio. Su fachada portentosa, aún en octubre sin terminar de restaurar, pero con sus columnas, ventanales y cúpulas deslumbrantes, el alucinante mármol de sus escaleras, mostradores, paredes en sus pórticos, pasillos y foyeres, los frescos del techo, las espectaculares arañas de luz, las estatuas doradas, los relojes antiguos, las vasijas de lujosa porcelana, los balcones que te dan privilegiada vista de la Avenue de l’Opera con el propio Louvre al fondo, y ya en la sala, fascinado por los oros y carmesíes de los terciopelos y la elegancia de los palcos, tardas un poco en subir la mirada y maravillarte con el techo pintado por Marc Chagall, alrededor de la portentosa lámpara de araña que ilumina la sala. Arrobado aún sentí los sones del entrañable preludio de Traviata, que me trae memorias igualmente intensas, pues esta fue la primera ópera que viera alguna vez en Europa, en la Arena de Verona, hacía ya seis años.

Lo que vi fue una de las puestas en escena teatrales (y no exclusivamente de ópera) más inquietantes y desoladoras que he visto. Pensada hasta el mínimo detalle, cargada de referencias y simbolismos a nuestra contemporaneidad y cultura, esta Traviata de Christoph Marthaler es una reflexión sobre la figura arquetipal de la diva, la mujer ídolo, pero en el descarnado marco de la mujer objeto, de la perdida de intimidad, de la comercialización de su imagen y de su casi invariable destino trágico, con contundentes alusiones a divas tan disímiles, no obstante emparentadas por su desenlace fatal y su dolorosa soledad, como Marilyn Monroe, María Callas (culpable primera de esta visión moderna del personaje de Violetta), Edith Piaf, Bette Davis, Joan Crawford, Gloria Swanson y Diana de Gales.
Los decorados despiadados de Anna Viebrock nos ubican en un espacio que es a la vez los bastidores de un teatro como su pabellón de guardarropa. Allí tiene lugar la fiesta que Violetta da esa noche y donde conocerá a Alfredo. Sin embargo, Violetta es tan sorprendida como nosotros de la llegada de sus invitados. Desaliñadamente vestida de negro, luce una crespa cabellera roja cortada casi varonilmente, que enseguida remite a la apariencia de Edith Piaf, y su porte es innegablemente el de alguien enfermo. La corte de admiradores representa una fiesta del jet set mediático actual, pero hay algo minado, infeccioso en su demorar. Caminan lentos y sus rostros inexpresivos cantan la música de los coros con ostentoso fastidio. Me recordaron a aquellas masas corales de La clase muerta, de Tadeusz Kantor, denunciadoras de esas células parásitas ya moribundas de la sociedad moderna. No menos opresivos y feroces son los “amigos” de Violetta: el agresivo y hastiado Gastone, la ridícula y negada a envejecer a fuerza de silicón y botox Flora y el enorme, de iconicidad refleja de Aristóteles Onassis, Barone Douphol. Un torpe encargado de la ropa, propenso a la bebida y una cortesana debutante pero ya sumergida en el sopor de la droga agregan un humor ácido, pero nada concesivo ni relajador a la representación. La torpeza y cierta frialdad signan el encuentro entre Alfredo y Violetta. No hay pasión ni calor en el “Libiamo” ni en “Un di felice”. El es demasiado inexperto y ella harto curtida en avatares sexuales para ceder a la ilusión amorosa. Cuando Violetta se queda sola en aquel trasero de teatro y canta su “ah, fors’é lui”, hay momentos en que la iluminación se hace cenital sobre ella y tenemos una epifanía fantasmagórica de la Piaf en mitad de su “Padam, Padam” o “La foule”, quizás, sobre la patética música verdiana. Mientras en el lejano escenario, al fondo, Alfredo canta desde una dimensión irreal su “Ah, quel’amor ch’é palpito”.
El segundo acto es la misma escena, con una silla de extensión; el escenario, un poco más cercano, sirve de taller de planchado a la Annina, extraña simbiosis entre Greta Garbo anciana y la repugnante Elsa Maxwell, enemiga-enamorada de la Callas, y al chico del Vestier ahora frustrado mecánico de una podadora, que no logra arreglar en todo el acto. Un aire proveniente de filmes como All about Eve, con Bette Davis, Intermezzo, con Joan Crawford o Sunset Boulevard, con Gloria Swanson, densos tratados sobre la fama y el estrellato, invade el imaginario. Violetta en pantalones cortos recibe la ominosa visita de Germont y vuelve a su condición de enferma, martirizada por unos tacones altísimos que se calza. La sequedad de un mundo donde los sentimientos no importan sigue gobernando la atmósfera de la ópera. El segundo cuadro del Acto III exaspera hasta el delirio los signos del primero. Los bailes de toreadores y gitanos son impúdicos, depravados, pero inoculados de un hastío mortal fruto de la reiteración. Tics espasmódicos, la cortesana debutante del Acto I viene a ofrecerse lastimosamente desnuda bajo un sobretodo de piel, mientras que otra seduce a un noble. Ambos copulan en mitad de la fiesta, pero en el concertante final, después de que Alfredo ha arrojado los billetes e insultado a Violetta, se asquean de si mismos, se separan patéticamente, se conduelen mutuamente y los espectadores comprendemos que son dobles, desdichados y no redimidos por la música, de la pareja protagonista.
En el acto final el escenario está al fin en el centro. Sobre él está el lecho de moribunda de Violetta. Bajo él, el foso al que Violetta se moverá y donde terminará muriendo, está cuajado de ramos de flores dejados allí por sus cultores y fans en la misma disposición en que lo hicieron frente al Palacio de Buckingham hace diez años y lo siguen haciendo en Pont de l’Alma, en París, con Lady Di. La traviata moribunda pateará las flores en último e inútil amago de rebeldía contra su inminente destino de soledad y muerte. Todos los personajes que asisten en este acto permanecen encaramados en la tarima mientras ella muere sola, entre sus flores, abajo, en ese foso.

Lástima que todo este espectáculo lacerante no estuviera sostenido por un reparto vocal más coherente con la contundencia escénica (por desgracia los castings de los teatros y los registas a veces prefieren este expediente, por no arriesgar prestigios del star system). Christine Schäfer, la Violetta de nuestra función, no tiene ni tendrá jamás la voz y el metal verdiano para abordar este difícil papel, ligero en su inicio, dramático en su desarrollo. Su canto no exento de belleza, pero debil, inestable, conviene a las intenciones de Marthaler pero no a los requerimientos de la partitura. Sin embargo Schäfer diseña un estremecedor “Addio del passato”. Su Alfredo, el tenor Stefano Secco posee una hermosa voz y ardor impetuoso, pero aún falto de madurez vocal y escénica. El gran dolor de la velada fue la lastimosa prestación de la sombra de José Van Dam, como Germont padre, sin legato, a voz en grito y despojado de la soberbia elegancia que caracterizó su canto desde los años 70. Notables escénicamente Michèle Lagrange (Annina), Ales Briscein (Gastone), Michael Druiett (Douphol) y Helene Schneidermann (Flora). Estupendo, por las exigencias vocales y dramáticas que la puesta demanda de ellos, el Coro de la Opera nacional de París, así como la suntuosa orquesta dirigida por Daniel Oren, en una apasionada, analítica y hasta poética lectura (memorable el pathos del preludio del Acto III) de la partitura verdiana.
Así concluyó este privilegiado periplo por tres capitales europeas de la ópera. Remotos placeres que sin embargo nos convencen de la buena salud que ese tan cacareado cadáver del teatro lírico aún ostenta por todo el planeta.

lunes, 22 de octubre de 2007

EL PAIS ALDEMARO



Einar Goyo Ponte

Comienzo esta crónica declarándome inhabilitado para escribirla objetivamente. ¿Cómo reseñar este concierto-homenaje al Maestro Aldemaro Romero rigurosamente si desde su primera nota se me prendió un nudo en la garganta, que en la segunda parte devino incesante anegado de las pupilas? Demasiada concitación de emociones. La más intensa fue la de experimentar la repentina sensación de desahucio, dada la reciente partida de Aldemaro, de esta música tantas veces celebrada en este mismo Teatro Teresa Carreño, en tantas salas y espacios de nuestro país, y en otras latitudes, ahora sola. La figura del hombre, a veces sentado al lado en el mismo auditorio, encaramado al podio, o al piano, ya no estaba con su presencia familiar, pero de inmediato apareció su aún más intensa contrapartida: en la conexión invisible del sonido, entre ejecutantes y público, en el crescendo emotivo que iba contagiándose de asiento en asiento, adquirimos gozosa conciencia de que su música ya pertenecía a la inmortalidad porque en la melodía de la Fuga con pajarillo o De repente, todos anclábamos en un país sonoro y luminoso inalienable. Esa nueva reverberancia hace al Maestro Romero más presente, más sorprendente, más entrañable, más compañero definitivo de nuestra vida. Para los venezolanos nacidos entre los años 50 del siglo XX y los primeros noventa ya será muy difícil volver a escuchar De conde a principal o Toma lo que te ofrecí sin una lágrima atorada entre el ojo y el corazón. Una apabullante mezcla de orgullo y emoción me invadió cuando mi hijo Rodrigo, de 13 años, tarareaba y reconocía las melodías de Aldemaro.
Casi resulta ocioso referir otra cosa, repetir ese inventario de términos y adjetivos que habitualmente dispongo para ayudar a comprender a mis lectores el fenómeno de lo intangible, que en esencia es el acto musical (de allí el nombre de esta columna). Es secundario, por ejemplo, relatar la exactitud y la proverbial riqueza tímbrica que el Maestro Alfredo Rugeles exprimió de su Sinfónica Simón Bolívar en la Tocata bachiana y gran pajarillo aldemaroso inicial, de la elevación del merengue a estadios clásicos que propiciaron con Leonardo Dean en El bajonazo, para fagote y orquesta, a pesar del cierto desvío de su cadencia; del impulso melódico de la Suite Onda Nueva, gran antología popular del Maestro, con un irreprochable solo de piano en “El negro José”. Prefiero referir lo que ocurría soterradamente. Escuchaba a María Teresa Chacín, primero mínima de voz, después inmensa, a partir de la increíble corona de "Así eres tú", en el resto del concierto, y como en una ceremonia proustiana me ví de nuevo enamorado de mi novia a los 17 años, a quien le celaba aquel disco suyo con Aldemaro grabado en Londres, y con el cual me enamoraba; mi primo regresó de Italia en el “Sueño de una niña grande”, que pronto se aprenderá mi hija Victoria; volví a habitar mi cuarto de adolescente guarecido por los arreglos vocales de Alí Agüero en el disco de Los cuñaos; ví de nuevo "De conde a principal" en la pantalla de RCTV como spot de los Cuentos de Rómulo Gallegos, y en "El catire", con su trepidante ritmo, al propio Aldemaro que nos decía: “es la mejor de mis canciones”. ¿Cómo despedirnos de algo tan amarrado al propio calendario de nuestras vidas?
He ahí la materia de su música inextinguible.

Les proponemos dos audiciones que complementen este texto. Primero "Dama Antañona", vals de Francisco de Paula Aguirre, proveniente de aquel disco pionero Dinner in Caracas, y que constituye una muestra invalorable de su genio como arreglista, y luego su "Carretera" en versión Onda Nueva, con el mismo al teclado de un singular clavecín, cuyo sonido por unos años, allá por los 70, lo obsesionó.






sábado, 6 de octubre de 2007

DESDE EL LADO OSCURO DE LA LUNA


Einar Goyo Ponte




Si hay algo verdaderamente fascinante del venezolano es la manera tan natural, cómoda y eficaz de convertirse en ciudadano del mundo. Una forma rutilante, espectacular y gratamente sorprendente es la que acabamos de atestiguar este domingo 30 de septiembre en el Aula Magna de la UCV, con el evento Pink Floyd: nuestro tributo.
Reunión de bandas jóvenes, cuyos integrantes seguramente ni habrían nacido cuando el grupo inglés conocía su gloria, una orquesta y un director sinfónico (quien nunca ha ocultado su pasión rockera), y una suerte de All Stars del rock venezolano, esos mismos que hacen su música en bares, sitios nocturnos, garajes, salas y festivales casi clandestinos en un país al que le gusta el rock, pero que tarda en aceptarlo como parte de su paisaje urbano y más aún hablarlo en el código babélico, genético de la ciudad.
Todos encontraron una tierra común en el sentimiento de admiración, de indiscutible reconocimiento a una música que ahondando en las aguas lustrales del rock and roll de los 50 y 60, en el vuelco de lenguajes de los Beatles o los Rolling Stones, encontró el desarrollo de un género que elevó los elementos rítmicos, los tics instrumentales (los solos de guitarra eléctrica o de batería), las todavía tímidas (a pesar de los precursores Moody Blues) fusiones con lo orquestal a un nivel de tal solidez, combinando la inmediatez sonora o ejecutoria con una carga de profundidad y un signo de reto tan magnéticos que enseguida sembraron legiones de seguidores en el mundo, y generaron la producción de grabaciones absolutamente históricas y pivotales de lo que algún día alguien contará en su vasta magnitud como la historia de la música del siglo XX.
La primera parte estaba protagonizada por las bandas jóvenes. Abrió fuegos el grupo Mochuelo, tres chicos valencianos, con su vocalista de timbres evocativos de Dido. Hicieron unas muy respetables y frescas versiones de Stay, Time y Take it back, con el respaldo de la inquieta armónica de “Cangrejo”, y unos impecables solos de guitarra.
Pedro Castillo condensó toda su experiencia y veteranía en dos estupendas versiones de la célebre Hey you y Us and them, en ingeniosos arreglos y montajes electrónicos, programados en su laptop. Lo siguieron los vivaces Chucknorris, exploradores de un sonido decididamente más urbano y finisecular que el del objeto de su homenaje. Pero sortearon los laberintos de Obscured by clouds, las elipsis altísimas de Goodbye Blue Sky y el humor ácido de Brain Damage con contundente solvencia y no pocos asombros.
Cerró esta primera mitad la banda de reggae Negus Nagast, quienes no sólo ejecutaron sino que escenificaron dos originales y repotenciadoras lecturas de Shine on you Crazy Diamond (conservando la densa introducción original que luego se infectaba del ritmo caribeño) y otro clásico, Breath, donde coros, bailes y solvencia instrumental redondearon una estimulante presentación.
En la segunda parte, banda, solistas vocales e instrumentales, estrellas invitadas, la Orquesta Gran Mariscal de Ayacucho y la batuta de Alfredo Rugeles conformaban un alucinante conjunto, de arriesgadas ambiciones, cubiertas, no obstante, por el extraordinario profesionalismo de los involucrados. No he presenciado yo en nuestro patio un ensamble de talentos a esta escala titánica resolver con semejante brillo y penetración primero el desafío de un espectáculo de tal dimensión (cuatro horas de duración) y con una música de la exigencia de la de Pink Floyd.
De entre la decena larga de canciones antológicas interpretadas entonces destacaríamos la penetrante In the flesh, en el proteico vocalismo de Alexis Peña, veterano de las batallas de Témpano, Resistencia y Póker; la concertación repujada de Shine on you Crazy Diamond, por el vitalista arreglo orquestal de Angel Quiñones, los solos de saxo y fliscorno exactos y luminosos y de nuevo Peña en la voz; la sorprendente prestación de ese exaltado vocalisse, que es The great Gig in the sky, a cargo de las valerosas vocalistas del coro: Enza Rigano (en los melismas más arduos), María Ida Guadagno y Elysmar Rendón; las más bien intimistas lecturas de Frank Quintero de Nobody Home, Comfortably Numb (acompañado aquí de Angel Quiñones) y Hey you (en complicidad con M. I. Guadagno), y por supuesto la delirante versión (a esto le llamo yo producir con tino, con detalle, con el talento acertado, con la conjugación en perfecta puntería del trabajo en conjunto y el elemento visual del espectáculo, distante años luz de otras presentaciones más pretenciosas e inmaduras del pasado más reciente en estos mismos ámbitos) de ese tema insignia, Another brick in the wall, por la sonoridad del arreglo sinfónico, los excelentes solos de guitarra de Quiñones y O. Molina, el inesperado solo vocal de Pedro Castillo, y las acopladísimas voces de los Niños Cantores de Venezuela. ¿A quién no se le brotó un nudo en la garganta cuando los oímos irrumpir contra el poder establecido en la segunda parte de la pieza y cantar el famoso coro “We don´t need more education”?
Tampoco son olvidables los solos de saxo de Rodolfo Reyes, de trompeta de Gerald Chacón y los coros masculinos de Dieter Negrín y Geannis López.
Y un aplauso aparte para el concepto visual del espectáculo desarrollado de Keloide, cambiante, no invasivo de la música pero al que tampoco podíamos ser indiferentes.
Fue además una excelente prueba de lo grandes que pueden ser nuestros músicos cuando primero se delatan oyentes y melómanos.


He aquí una de las canciones más solicitadas del mítico grupo. "Wish you were here", del disco del mismo nombre, de 1975.

martes, 2 de octubre de 2007

Paul Dukas, un aprendiz de brujo de 143 años

El 1 de octubre de 1865 nació en Francia Paul Dukas, un músico cuya autocrítica era más grande que su talento. Entre las pocas obras que al fin decidió que vieran la luz figura este Aprendiz de brujo, ejemplo inmejorable de fantasía sonora y de genio. Disney en su film "Fantasía", no hizo sino celebrar una música que es muy responsable de la naturaleza de muchas de los grandes Soundtracks de la historia. Feliz cumpleaños, Paul!

sábado, 29 de septiembre de 2007

LORIN MAAZEL Y EL ARTE ORQUESTAL


Einar Goyo Ponte
Lorin Maazel, con sus más de sesenta años de carrera musical, visitándonos a sus 77 de edad, al frente de nuestra Sinfónica de la Juventud Venezolana Simón Bolívar, visita Venezuela, si mis archivos no me fallan, al menos por quinta vez. Lo he atestiguado en tres de ellas: en el podio de la Sinfónica de Cleveland, en el de la de Pittsburgh y ahora.

Es ante todo un privilegio. Maazel es una de las batutas más importantes del mundo, y eso por más de 40 años. Ha trabajado con más de 150 orquestas en el planeta. ¿Qué truco o secreto no estará a su alcance? ¿Qué detalle sonoro, qué matiz o intensidad puede escapársele de cuerda, trompa o percusión alguna? De hecho la cohesión sonora exhibida por la OSJVSB este domingo 23, fue excepcional y marmórea. Así lo testimoniaron desde la Fantasía Romeo y Julieta, de Tchaikovsky, tocada con dramática contundencia. Hoy prefiero la poesía sugerente e irisada que Claudio Abbado exprime en esta obra, con la misma orquesta, pero fue inapelable la morbidez maazeliana.


Enseguida nuestra virtuosa del piano, Gabriela Montero salió a escena para ofrecer junto al director la lectura más potente y densa que haya escuchado del archi famoso Concierto para piano y orquesta en la menor, Op. 16, del noruego Edvard Grieg. Con un sonido muy mejorado, el piano de la Sala Ríos Reyna, respondió a los pulsos pausados, expansivos, y a las octavaciones poderosas, arpegios y trinos de insolente brillo. Así, pianista y director se esforzaron por hacer sonar más profunda una partitura hermosa, pero de expresividad inmediata, amparada en una estructura temática simple de dos o tres temas por movimiento, afines entre sí. La digitación perfecta y avasallante de la Montero y la fruición por el color de Maazel sellaron una eximia ejecución, que la tecladista rubricó con un hermoso homenaje a Aldemaro Romero, improvisando sobre su Quinta Anauco, en jugosa mezcla con El choclo y Los mareados, célebres tangos, evocadores de aquellas simbiosis latentes siempre en su música.

La segunda parte pertenecía al arte orquestal de Lorín Maazel. Cultivador de la música de Bela Bartók, estas Danzas de Galanta, de su amigo Zoltán Kodaly, son como vendimias fructíferas para su batuta. El goce melódico, la atracción sonora, el juego de colores y ritmos llenaron la sala. Pero fue apenas un preludio para la cumbre de la velada: la Suite No. 2, del ballet Daphnis & Chloe, de Maurice Ravel, con su sensualísima recreación del amanecer en una isla egea, el amor entre la ninfa y el fauno, la voluptuosidad de la naturaleza y la enervante bacanal que cierra la obra. Todo fue estampado con colores fuertes, casi fauvistas, por la batuta mórbida, de sonoridades plenas, abandonos melódicos y exactas improntas tímbricas, como en los pasajes iniciales de las flautas o la danza ascendente y envolvente del final con metales, percusión y cuerdas devaneando de los unísonos a los combates. Pocas veces llega la música a asemejarse tanto a incesantes relámpagos de luz cegadora como en esta lectura de Maazel y la Sinfónica Simón Bolívar.

martes, 25 de septiembre de 2007

LA FLEMING CONQUISTA LOS ALPES






Edgar Villanueva.- Zurich (Suiza)
Fotografías: Suzanne Schwiertz.

Renée Fleming es una suerte de Rey Midas de la música: su sola presencia transforma en acontecimiento al espectáculo más modesto. Y no es precisamente modesta la Opera de Zurich, modelo de gerencia artística en Europa donde la soprano acaba de debutar fugaz y triunfalmente como Arabella, de Richard Strauss. Para ello contó con una producción del repertorio del teatro, realizada por el difunto regisseur Götz Friedrich (1930-2000) y un elenco de notable profesionalidad, que apenas resintió la baja por enfermedad del barítono Thomas Hampson, el otro "plato fuerte" del cartel.

Estrenada en la Opera Alemana de Dresden el 1ro de julio de 1933, Arabella es la última colaboración entre el compositor y el libretista Hugo Von Hoffmanstal, autor de los textos de otras cinco obras straussianas, entre las que cabe contar Elektra (1909) y El caballero de la Rosa (1911). Es una comedia burguesa de enredos y amoríos desarrollada en la Viena de fines del siglo XIX. La puesta en escena traslada la acción a la década de los 80 del siglo XX, recurso que hace más intensa la identificación del público con las situaciones cómicas y dramáticas del relato.


Al frente de la orquesta, Franz Wesler-Most, director musical de la casa, brindó una lectura poco ortodoxa, algo alejada de los amaneramientos con los que esta obra "exquisita" suele interpretarse, tímbrica y colorísticamente rica, aunque por momentos, el caudal sonoro parecía abrumar más que arropar a los cantantes.

Como la pareja de nobles venidos a menos que intenta casar a su hija mayor con el mejor partido, destacaron el bajo Alfred Muff como el conde Waldner -muy ovacionado- y la mezzo Cornelia Kalisch en su espléndida caracterización de la condesa Adelaide.
Otra memorable interpretación fue la de la joven soprano Julia Kleiter en el rol de Zdenka, la hermana menor de la protagonista, obligada a verstirse de varón para facilitar el proyecto conyugal de Arabella. Escénicamente convincente, su voz de lírico-ligera está magistralmente proyectada y su zona aguda perfectamente resuelta.
El tenor checo Peter Straka, conocido en Venezuela por su interpretación de Siegmund en La Wakiria en 1998, asumió el papel del Conte Elemer, descontrolado en sus todavía generosos medios. El otro tenor pretendiente de Arabella, Matteo, fue abordado por un insuficiente Johan Weigel.

La difícil tarea de sustituir a la otra estrella del cartel, el barítono estadounidense Thomas Hampson, estuvo a cargo de Morten Frank Larsen, de magnífica presencia escénica y elegante comportamiento vocal, algo expuesto a tiranteces en la zona aguda de su registro jovial y viril. Fue una muy digna pareja para la diva Fleming, quien tras ceder en el acto inicial (el duetto entre Arabella y Zdenka fue un triunfo completo para la Kleiter) fue apoderándose de la escena con los recursos de una artista de raza: sonidos de sueño, musicalidad ejemplar, amplitud de registro - graves plenamente audibles, augudos precisos, centro cremoso- fraseo irreprochable y conocimiento profundo del estilo de canto que aborda. Fleming ya ha paseado este papel por teatros como el Metropolitan Opera de Nueva York y la Opera de Paris, y continuará su gira europea en el Liceo de Barcelona, donde cantará el rol titular de la ópera Thaís, de Jules Massenet, junto a un esperado Thomas Hampson y el tenor José Bros, bajo la dirección de Andrew Davis.
Arabella, como otras tantas partes del repertorio straussiano, es un regalo del compositor para la voz de soprano. Desde Viorica Ursulaec, su primera interprete, hasta Lisa della Casa, su encarnación más perfecta, pasando por Montserrat Caballé, todas las sopranos consideran un privilegio abordarlo. Tal vez sean las palabras de la legendaria Lotte Lehman las que mejor definan la experiencia:

"La larga y final aria de Arabella es de una belleza indescriptible, haciendo que estos momentos sean maravillosos para mí!".

sábado, 22 de septiembre de 2007

LUIS CERNUDA (21 DE SEPTIEMBRE DE 1902- 5 DE NOVIEMBRE DE 1963)




El poeta español Luis Cernuda formó parte de la llamada Generación del 27. Luchó contra la intolerancia de su gente, y del poder establecido en su país después de la Guerra Civil. Su poesía tiene un tono conversacional, una insistencia en disolver al yo del discurso poético y una atracción por las figuras y los momentos históricos, que conectan su escritura con la de otros grandes poetas como Cavafis o T. S. Eliot, con lo cual marca hitos importantes en la literatura española. Pero fue también un apasionado de la música, la cual encuentra epifanías frecuentes en sus poemas. Lo que sigue es muestra de ello. Así rendimos doble homenaje: a uno de los genios musicales, materia frecuente de nuestro blog, y al certero oído del poeta Luis Cernuda.




Mozart


(1756-1956)




I


Si alguno alguna vez te preguntase:

"La música, ¿qué es?" "Mozart", dirías,

Es la música misma." Sí, el cuerpo entero

De la armonía impalpable e invisible,


Pero del cual oímos su paso susurrante


De linfa, con el frescor que dan lunas y auroras,


En cascadas creciendo, en ríos caudalosos.


(...)


Cuando vivió, entreoído en las cortes,


Los palacios, donde príncipes y prelados


Poder, riqueza, detentaban nulos,


Mozart entretenía, como siempre ocurre,


Como es fatal que ocurra al genio, aunque ya toque


A su cenit. Cuando murió, supieron todos:


Cómo admiran las gentes al genio una vez muerto.




II


De su tiempo es su genio, y del nuestro, y de siempre.


Nítido el tema, preciso el desarrollo,


Un ala y otra ala son, que reposadas


Por el círculo oscuro de los instrumentistas,


Arpa, violín, flauta, piano, luego a otro


Firmamento más glorioso y más fresco


Desplegasen súbitamente en música.





Toda razón su obra, pero sirviendo toda


Imaginación, en sí, gracia y majestad une,


Ironía y pasión, hondura y ligereza.


Su arquitectura deshelada, formas líquidas


Da de esplendor inexplicable, y así traza


Vergeles encantados, mágicos alcázares,


Fluidos bajo un frío rielar de estrellas.


(...)


III


En cualquier urbe oscura, donde amortaja el humo


Al sueño de un vivir urdido en la costumbre


Y el trabajo no da libertad ni esperanza,


Aún queda la sala del conierto, aún puede el hombre


Dejar que su mente humillada se ennoblezca


Con la armonía sin par, el arte inmaculado


De esta voz de la música que es Mozart.





Si de manos de Dios informe salió el mundo,


Trastornado su orden, su injusticia terrible;


Si la vida es abyecta y ruin el hombre,


Da esta música al mundo forma, orden, justicia,


Nobleza y hermosura. Su salvador entonces


¿Quién es? Su redentor ¿quién es entonces?


Ningún pecado en él, ni martirio, ni sangre.





Voz más divina que otra alguna, humana


Al mismo tiempo, podemos siempre oírla,


Dejarla que despierte sueños idos


Del ser que fuimos y al vivir matamos.


Sí, el hombre pasa, pero su voz perdura,


Nocturno ruiseñor o alondra mañanera,


Sonando en las ruinas del cielo de los dioses.




(Tomado de Desolación de la quimera)











lunes, 17 de septiembre de 2007

¿CUAL ADIOS, ALDEMARO?


Einar Goyo Ponte


Intento escribir una nota de despedida para el Maestro Aldemaro Romero, y confirmo la sospecha que me rondaba cuando tuve la idea: ¡qué arduo, qué cuesta arriba autoconvencernos de que su presencia física, su palabra y la constancia de su expresión cotidiana ya no está con nosotros! Es que es muy duro despedirse de nuestros héroes.
Por eso prefiero hoy reunir fragmentos de crónicas mías escritas sobre el maestro Aldemaro Romero, en momentos especiales de su vida y carrera que, al menos, desde la tribuna del crítico, me toco atestiguar o acompañar. Ellas hablan mejor que yo, hoy, de una presencia irrebatible. Las transcribo como trasunto de este inicio de su pervivencia. Ayer hablaban de un hombre vivo, y hoy me asisten para describir una permanencia imposible de enajenarse.

Es un domingo en la mañana. Debo tener más o menos siete u ocho años. Al olor de las arepas asadas y el suculento perico que mamá siempre ha sabido disponer para apetitos de primera hora, se une una música que llena la casa y me saca de la cama. Es que mi padre, mientras espera el desayuno y lee el periódico, ha colocado, de nuevo, un disco inevitable, que para él traducía mejor que ninguno la atmósfera soleadamente familiar del último día del fin de semana. El disco exhibía en su carátula a una hermosa mujer morena que ostentaba un apellido entonces impronunciable. “Duim, mijo”, me socorría mi madre, “se escribe Susana Duijm, pero se dice Duim”. Y yo contemplaba aquella exuberancia de mujer y leía las letrotas del título del lp: Criollísima, mientras escuchaba a una orquesta potente, suntuosa, como nunca he escuchado otra, tocando lo que para mí sería el primer y definitivo contacto con la música venezolana. Al reverso, había una imagen no menos impresionante. Un hombre joven, en mangas de camisa, enfrentaba con un rostro de inaudita expresividad y un ademán imperioso a un grupo de prójimos armados de violines y cellos. Yo escuchaba, por ejemplo, el primer surco, “Concierto en la llanura”, con aquellos cornos alzándose sobre las arpas torrealberas, o el tutti carnavalesco de la “Selección de merengues”, o la amable cadencia de “Canta tú, ruiseñor”, y veía aquella foto, y todo encajaba. La música salía de aquellas manos, de aquella expresión de los ojos. Al lado, papá me decía. “aquí suenan las botellas de refresco, aquí las flautas de juguete, aquí el efecto de la banda callejera”, y mis oídos auscultaban, en esos ingenios debidos al hombre de la foto y agregados a la orquesta y a los micrófonos, ya no una música, sino un asombro. El culpable de ese asombro, que no ha amainado en el resto de mi vida, se llama Aldemaro Romero, responsable también, quizás el más temprano, de que la música se hubiese convertido en esta pasión de vida que habita mis días, y acaso de que ustedes me estén leyendo hoy, en este espacio. (El Nacional, mayo 1993).



Aldemaro es una insignia de la cultura venezolana. Una suerte de representación nacional del talento, así como de todo aquello que el venezolano asocia con la música: el folklore, la vena nacionalista, la expresión popular, desde el salón de baile y los ritmos afrocaribes hasta los boleros y baladas de franco despecho, pasando, por supuesto, por la onda nueva. Es todo eso reconocido con mayúsculas, como logro de lo universal a través del polvo y la tradición originarios, tanto por sus felices experiencias en los 50, sinfonizando la música venezolana, como por sus composiciones propias que abarcan gran variedad de géneros, sin olvidar su trabajo como director de orquestas sinfónicas. Aldemaro Romero sintetiza, sin disimulos, la imagen del hombre que logra lo que se propone, destacándose además en todo lo que hace. Es quizás un símbolo de aquello que todo venezolano quiere ser. (El mundo, septiembre 1999).


Sobre todo en la música, un extraño y, a mi juicio, atrofiado componente en nuestra cultura dificulta la comprensión de la síntesis posible y hasta deseable que un artista puede hacer entre el venero popular y la complejidad académica, mientras que países como México, Cuba, Argentina y el propio Estados Unidos, deben buena parte de la originalidad y fuerza de sus lenguajes musicales al trabajo de gente como Moncayo, Roig, Lecuona, Piazzola o Gershwin, cuyo método esencial es el mismo que Aldemaro practica en Venezuela: alimentarse de las formas y ritmos populares y autóctonos, producir un lenguaje original a partir de ellos y devolver el obsequio acrecentando el acervo idiosincrásico. Nunca dejó Lecuona la síncopa ni la cadencia cubanas. Piazzola revolucionó la música de su país ensanchando y difractando el tango. Sin el Jazz de Harlem, Gershwin sería otro músico. ¿Qué otra cosa ha hecho Aldemaro desde que compone?
En los “pajarillos sinfónicos” aldemarianos la identidad entre invención melódica y originalidad rítmica vernácula es realmente asombrosa, casi minimalista: de unas células que pertenecen más a las formas del acompañamiento o de la cadencia, construye una exuberancia melódica y armónica que sublima su molde original. En retribución, escuchar un pajarillo “original” en un arreglo de Aldemaro es una experiencia de sonoridades alucinantes. Acuda usted al disco donde dirige a María Teresa Chacín con la Filarmónica de Londres para que compruebe de lo que hablo.
Lo mismo hace con la rústica gaita marabina, a la que convierte en movimiento final de su Suite para cello y piano, y donde obliga al instrumento de cuerdas a reproducir la sonoridad del furruco y la tambora regionales. ¿El pago? Sus líricas gaitas “Toma lo que te ofrecí”, y “Tonta, gafa y boba”, entre otras perlas “populares”.
Y en el terreno del vals, la efusión lírica, casi melodramática que Aldemaro descubre en la sensualidad y melancolía de sus melodías, se erigen en grandes adagios o andantes reflexivos de nuestra alma romántica. De nuevo, los valses populares de Aldemaro se unen a sus canciones amorosas para plantear uno de los fraseos más apasionados del cancionero venezolano. ¿Quién vacilaría en encontrar la misma atmósfera afectiva en un clásico como “Besos en mis sueños”, de Brandt, y la extasiada “Quinta Anauco” o el nostálgico “De Conde a Principal”, de Romero?
No puedo dejar de referirme a los ejercicios experimentales sincréticos de Aldemaro, donde hurga y demuestra las secretas parentelas entre los fandangos y los golpes o los joropos, los pasadizos internos que cruzan choros y tangos, o el pasmo que provoca la audición del tercer movimiento de su Suite para cuerdas, “La fuerza del merengue”, una de las piezas más intensas de nuestra música “culta”, sorprendentemente basada en los devaneos rítmicos y la herencia romántica de nuestro en apariencia ligero merengue criollo.



Con todo ese saber, forjado en años de atestiguar de cerca los oídos del público en sus inolvidables discos orquestales de música venezolana o al frente de sus inigualables orquestas de baile, inventó esa rara fusión de compases que es su “Onda nueva”, al inicio de los años 70, sacudiendo a un aletargado ambiente musical venezolano, con tres ediciones consecutivas de un Festival, en las cuales un significativo grupo de artistas de todo el mundo vino a Caracas, con obras sobre un esquema rítmico-armónico propuesto por el músico criollo, sobre la fusión del joropo, el jazz y un toque brasileño. Así logró Aldemaro hacer internacionales y exportables nuestros ritmos, insertarnos en una modernidad y abrir un camino que ha permitido e influenciado, las obras e intérpretes más representativos de la música venezolana urbana de entresiglos, desde Frank Quintero hasta a Ilan Chester pasando por Vytas Brenner, Los Cuñaos y a cuanto grupo de jazz o de fusión folklórica se invente en Venezuela.
Geniales maneras, estas de Aldemaro, de reconocer y honrar sus raíces y orígenes.
(El mundo, octubre 2001 y noviembre 2004).

Por eso es tan difícil decirle adiós. Porque al volver a escuchar y celebrar su música, su lenguaje más exacto, sentimos, casi vemos que no se va. Allí va en su Carretera, en su Catire, en su Fuga con pajarillo, en su De repente, quedándose, metiéndose más y más hondo en el alma venezolana, de donde ya nadie puede sacarlo, ni este simulacro de partida, intentar callarlo.
No puede haber memoria ni homenaje de un músico sin música. Aquí está el propio Maestro Aldemaro tocando al piano su romántica "Quinta Anauco":


domingo, 16 de septiembre de 2007

Vissi d'arte:Maria Callas

De esa estremecedora Tosca con la cual se fue despidiendo de los escenarios en la intensa puesta de Zeffirelli. Si la oímos bien, escucharemos a Callas algo más que el aria y la ópera de Puccini. Allí donde otras creen que deben cortar porque no dan más, ella canta y tensa el drama, y somos nosotros, nunca ella, los derrotados, los vencidos por su genio.

CALLAS, 30 AÑOS DESPUES



Einar Goyo Ponte

María Callas, la cantante griega, encarnación absoluta de la diva operística, murió en París el 16 de septiembre de 1977, sola, aislada voluntariamente, rondada por sus fantasmas, posiblemente en silencio, de un ataque al corazón. Tenía sólo 53 años. Hoy la recordamos en el aniversario No. 30 de su partida. ¿Qué pervive de la que es considerada la cantante de ópera más grande del siglo XX a tres décadas de su ausencia?

Ante todo sus grabaciones, reeditadas, e incluso pirateadas, incesantemente: casi 30 óperas completas, 11 discos de recitales, y un puñado de videos, que el DVD ha reactualizado. Allí está la huella de su voz única, oscura, de infinitos matices, de acentos moldeados especialmente para cada personaje, la extensión pavorosa, la ductilidad increíble, y la laceración intrínseca que aún conmueve a sus oyentes.

Su Gioconda visceral, en dos prestaciones, la de 1952 y la del 59, ambas geniales, en una más dueña de su portento vocal que en la otra, en ambas levantando el listón como escasas, casi ninguna sucesora ha podido alcanzar. Pareciera imposible repetir el sentido de vacío, la genuina oscuridad del “avel” (la tumba), que resuena más poderosa en tanto más oscura. ¿Cómo lo hacía Callas? Espero responder a ello hacia el final del texto.




Está la melancólica Elvira de su I puritani (1953), grabada cuatro años después de la proeza en Venecia, tutelada por Tullio Serafín, cuando la cantó a poco más de una semana de hacer la Valkiria wagneriana. El caudal de vida real, de lacerante sentimiento que la Divina le insufló a esta fantasía romántica es otra de sus rúbricas indelebles. Está su estratosférica Armida, rol no atrevido por nadie más hasta la década de los setenta.

Están sus Traviatas (1953, 55 o 58), en estudio, lujuriosa de voz la primera, en una función histórica y genial de la Scala de Milán, con Di Stefano, Bastianini y Giulini en el podio la segunda, y una de escalofriante hondura, con el Alfredo de lujo de Alfredo Kraus, en Lisboa, la tercera. El largo etcétera comprende sus creaciones más extraordinarias, hoy convertidas en registros históricos: su Tosca, con Di Stéfano, Gobbi y De Sabata, para muchos la más grande grabación de ópera de todos los tiempos; sus Norma (54, espectacular vocalmente; 55, con Del Mónaco, en duelo de divos, desde la radio en directo, y la de 1960, con el exuberante Corelli, y ella más incisiva que nunca, llenando de frases inolvidables e inigualables la partitura de Bellini); su Sonnambula, sobre todo la de 1955, tomada del vivo en la Scala, con Bernstein en el podio, mientras Callas cantaba en la fantasía viscontiniana, vestida de prima ballerina; y dos cruciales recuperaciones de repertorio belcantista, Anna Bolena, de Donizetti, de 1957, en vivo de la Scala, e Il pirata, de Bellini (Carnegie Hall, 1959, a falta de los célebres de la Scala). Como apéndice debemos mencionar sus reinvenciones de Lucia di Lammermoor, Barbero de Sevilla, Carmen, y otro rescate irrepetible, su Medea, de Cherubini, también en tres ediciones (53, Scala, 57, estudios, y 58, Dallas).

Pero también la sobreviven bibliotecas enteras que pretenden contar desde todos los ángulos posibles su vida, su carrera, sus amores, su intimidad. Ninguna otra cantante lírica ha ocupado tanto a las plumas “del corazón”. Hasta las esposas de sus colegas se han sentido autorizadas a dar su versión de Callas. Al lado de la de su esposo Gian Battista Meneghini, aparece la de la mujer de Pippo Di Stéfano, Callas, mia nemica; la de la Matheopoulos, que explota, como muchas, la relación con Onassis, la de su acólito David Palmer, en versión fílmica, Life and Art of Maria Callas, las de John Ardoin, Gerald Fitzgerald y Sergio Segalini, fieles a su culto y a su oficio crítico, pero sobre todas ellas se eleva siempre el misterio de su vida. ¿Por qué se divorció realmente de Meneghini? ¿Qué vio realmente en Onassis? ¿Cómo “la tigresa de la ópera”, incapaz de ceder ante Rudolf Bing, el amo del MET, negada a cantar ante el Presidente de Italia, capaz de arañar a sus colegas en escena si se atrevían a disputarle su primacía, de insultar a la buenaza de Tebaldi, de protestar los detalles económicos más rigurosos de sus contratos, se dejó embaucar por el pirata griego? ¿Por qué volvió a los escenarios a sabiendas del desgaste de su voz después de 1965? ¿Por qué murió sola en su apartamento? ¿En realidad se suicidó? No hay respuestas ni satisfactorias ni definitivas para estas preguntas, y sus enigmas conforman la esencia de la personalidad Callas.

Queda su película Medea, dirigida por Pier Paolo Pasolini, basada en la tragedia de Eurípides, no en la ópera de Cherubini, que ella desenterrara y la cual permanece como esfinge invencible para sus pretendidas sucesoras. Nadie ha podido con este rol desde que Callas lo abandonara en 1962, luego de unas escalofriantes funciones en la Scala. El film de Pasolini, que contiene lo mejor y lo peor del cineasta italiano (sus close ups dramáticos y su ritmo exasperante), no tuvo demasiado éxito en el momento de su estreno. Hoy es objeto de culto entre los fans de Callas, como testimonio fidedigno de la profundidad histriónica de la artista. Allí es posible descubrir lo que es quizás lo más preciado de su herencia: su voluntad de riesgo. Hay anécdotas que cuentan que ella casi se quemó filmando la escena final, donde la hechicera se inmola junto con sus hijos, no por accidente, sino en busca de la veracidad de la secuencia.

Quedan también sus conciertos filmados, genuinas muestras de la seriedad escrupulosa y la fidelidad a su arte que Callas profesaba. Invalorables son las filmaciones de sus segundos actos de Tosca, con Tito Gobbi. Son los más perfectos de esta ópera que jamás haya visto. Al lado de esto es muy pálida la elegante pero infiel fantasía de su amigo Franco Zeffirelli, el film Callas forever, donde sinceramente no hallamos casi nada de Callas. Cito al periodista Agustí Fancelli, quien en el momento del estreno de la película escribió: “La pregunta es si a los 25 años de la muerte no sería hora de ir separando el mito de la realidad, la historia inventada de la vivencia (…) si no hubiera resultado más útil para quienes no tuvimos ocasión de apreciar su arte en directo un relato verídico por parte de alguien que la conoció y trabajó estrechamente con ella”; pero también lo son el seriado producido por la RAI telenovelando otra vez sus amores con Onassis, e incluso, la célebre obra de teatro Master class, del inglés Terence Mc Nally, que también fantasea con penetrar una atormentada psique de Callas durante el dictado de sus clases magistrales (también grabadas y preservadas videográficamente), asaltada y escindida por sus culpas y fantasmas. Fanny Ardant, Nuria Espert, Norma Aleandro han encarnado a la diva en las tablas, pero ella se mantiene esquiva de la escritura excesivamente melodramática de su autor.

Más cerca del terreno de lo inolvidable, y siempre, en el apartado cinematográfico, permanecen para mí, aquella secuencia inicial de Atlantic City, una ya vieja película de Louis Malle, en la cual vemos fascinados la ablución de los hermosos senos de Susan Sarandon, mientras se escucha la inefable “Casta Diva” en la voz de Callas. Y por supuesto, la estremecedora escena en la que el moribundo Tom Hanks resume su mundo a un atónito Denzel Washington a través de ella cantando “La mamma morta”, de Andrea Chenier, en Philadelphia.






Queda la renovación y ampliación del repertorio operístico, gracias a la recuperación de un estilo de canto que se creía perdido. Sin ella quizás no tendríamos la recuperación de las obras rossinianas ni la ampliación y supervivencia del repertorio belliniano y donizettiano. Sutherland, Caballé, Sills, Gencer, Bartoli, no hubiesen sido posibles sin ella. El estilismo repujado de la australiana, los pianissimi arrebatadores de la catalana, la actuación con el canto sin faltar a la fidelidad musical de la norteamericana, el nervio histriónico de la turca y la perfección técnica de la italiana son las huellas de su herencia en estas cantantes. Sólo que cada uno de estos rasgos distintivos por separado de cada una de estas cantantes, se hallaban reunidos en la Callas.


El auge actual de la puesta en escena, la recuperación del sentido teatral pleno en la ópera, y de allí su impacto visual y mediático también le son deudores. Ella era una cantante-actriz y para ello transformó su propia figura rolliza en la mujer esbelta que le exigían sus heroínas canoras. Para servir a su arte Luchino Visconti, Piero Tosi, Franco Zeffirelli idearon dispositivos escénicos que renovaron el teatro musical. El cuidado y la intensidad de los gestos, la incesante búsqueda de una coloración vocal específica ya no para cada rol sino para cada situación dramática de sus encarnaciones fueron las marcas que pronto hicieron mella en el mundo de la ópera de los años 50, devolviéndole realismo, veracidad dramática, compromiso artístico a un arte que se había convertido en poco más que un circo de pirotecnias vocales o voces hermosas. Callas vino a exigirnos que miráramos más allá. Si los cantantes de hoy deben lidiar con una preparación actoral además de su entrenamiento vocal, la culpa es de ella. La ópera filmada, los excesos y las genialidades de Jean Pierre Ponnelle, Patrice Chereau, Luca Ronconi, Francesca Zambello, Harry Kupfer, Graham Vick, Calixto Bieito o Peter Sellars nacieron del efecto Callas, porque después de ella, la ópera no volvería a ser la misma.

Quedan sus sucesoras/imitadoras: las perseguidoras del efecto de su timbre, artífices de colores oscuros falsos y rebuscados, como si en la peculiaridad instrumental radicara su genio. Son las herederas pobres: Elena Souliotis, Sylvia Sass, Tiziana Fabbriccini, María Dragoni y otras. Y están las herederas afortunadas, las que mientras más buscan su distanciamiento más nos la recuerdan, pues aunque divas auténticas del mundo de hoy, están lejanas aún del genio absoluto de Callas, como Angela Gheorghiu y Anna Netrebko, infectadas en su esencia vocal del terciopelo callasiano, pero de prestaciones mucho más ligeras o modernas.

Falta por mencionar el más importante y duradero de sus legados, precisamente el que más echamos en falta. Al inicio de este trabajo preguntamos cómo hacía Callas lo que la hacía tan especial. ¿Qué es lo tan irrepetible y particular de sus asunciones músico-dramáticas? Sé que otros muchos han dado y darán una respuesta disímil, cada una tan particular como la sensibilidad o criterio de su autor. La mía apenas aspira al mérito de la sencillez: lo más personal de Callas, vale decir, lo que he aprendido a amar más en ella, incluso por encima de la desgarrada intensidad de su canto, es algo estrechamente ligado a ésta. Es eso que líneas arriba anuncié como su voluntad de riesgo.

Callas cantaba siempre como si fuese la última vez. Cantaba como ya es casi imposible que se cante hoy, obnubilada como está la ópera por la obsesión de durar, de hacer fortuna, de encontrar y preservar al cantante perfecto. Y al cantante perfecto ya lo encontramos, y resulta que ante su abundancia, no era tan difícil hallarlo: Rockwell Blake, Cecilia Bartoli, Renée Fleming, Juan Diego Florez, Fischer Dieskau, Joan Sutherland, Birgit Nilsson son todos cantantes mucho más perfectos e irreprochables que María Callas, pero yo extraño, en casi todos ellos, esa voluntad de riesgo extrema que caracterizaba a la Callas. Cantar Elvira, a días de Brünnhilde, no sólo fue obra de Serafín: se requería de una temeridad de acero, que sólo Callas poseía, la misma que transformó su figura rolliza en la esbeltez que desveló las fantasías de Visconti et alia, la misma que le oímos en sus aterradores saltos de octava, en los abruptos y seguramente nocivos cambios de registro e impostación. No era una desatinada o inexperta la que los provocaba, era su intuición genial que no encontraba otra forma de traducir la angustia de Norma, la desesperación de Tosca, la inhumanidad de Medea o Armida, la locura de Lucia o la tisis de Violetta. Lo mismo vale para las mutaciones proteicas de su voz: el hilo en que la transforma en los últimos minutos de Traviata, en comparación con la voluptuosidad de su primer acto, los agotadores legati de su Anna Bolena, su Imogene o sus heroinas verdianas; la manera como casi se destimbraba cuando la asaltaba el sonambulismo de Lady Macbeth, la angelical suavidad de su Amina proveniente de la misma voz que nos aterraba con su feroz Turandot. ¿Cómo fue posible tanta variedad, tanta capacidad camaleónica? Ya no me basta la tesis de su instrumento superdotado ni de su técnica infalible. Me cuadra mejor lo que siento en sus grabaciones: la elección invariable de la vía riesgosa, la despojada de seguridad, la peligrosa y nociva, la que quizás al fin redujo su carrera a poco más de diez años de gloria, pero lo que la mantiene eterna, única, imposible de imitar, treinta años después de su muerte, pero ya a casi sesenta del inicio de su leyenda.

Hoy la perfección inunda los teatros, los monitores, los equipos de sonido, incluso los estadios y las pantallas cinematográficas, pero el riesgo, esa voluntad de ser capaz de perderlo todo por entregarle un fragmento de verdad, de pulpa de lo irrepetible, de grandeza, de revelación, de genio artístico al público, eso mismo que arriesgaron Beethoven, Picasso o Buñuel en sus obras: el abandono de lo sabido y seguro por la originalidad, se extraña con demasiada frecuencia en el actual mundo de la música.


Su ausencia será el sostén de la inmortalidad de María Callas, pues mientras no lo reencontremos nos veremos obligados a recordarla. Y cuando por fin retorne, sabremos sin equívoco que ese fue su legado.


Así perviven los mitos.
A continuación dos momentos antológicos del arte vocal de María Callas. En el primero canta una una de las arias emblemáticas de las divas líricas de finales del XIX e inicios del XX. La ensoñante "Ebben, n'andró lontana", de La Wally de Catalani, y por último, para los fanáticos del cine, y para los nostálgicos del verismo, esa otra confesión de amor y miseria que Callas arrebataba de los repertorios de otras divas, apropiándosela para siempre. Es la estremecedora "La mamma morta", de Andrea Chenier. Escúchalas haciendo click en ellas.


domingo, 9 de septiembre de 2007

Una furtiva Lagrima - Pavarotti

Una delas mejpres prestaciones de Luciano de este rol que le perteneció por décadas.

PAVAROTTI PER SEMPRE





Einar Goyo Ponte

Parece que los ciclos marcan sus leyes de forma más inflexible que el peor yugo. A medida que nos hacemos viejos, una de las aflicciones más ineludibles que nos toca la desgracia de padecer es la de ver partir a nuestros héroes, en dolorosa confesión de su mortalidad, dejándonos en la intemperie de su recuerdo, y con la obligación de su tributo y la honra de su estela.

Así este año 2007 nos ha tocado despedir a grandes figuras del arte y la lírica. Se nos fueron Beverly Sills, Regine Crespin, Michelangelo Antonioni, Ingmar Bergman, Michel Sarrault, Teresa Stich-Randall y ahora, precedido de los siempre aciagos rumores y heraldos de lo inevitable, acaba de callar su voz el más grande de los tenores italianos del siglo XX, y uno de los mayores cantantes de toda la historia del canto: Luciano Pavarotti.

He tenido la fortuna, más de una vez en esta vida, de escribir sobre Pavarotti. Demasiado joven para atestiguarlo en su primera visita a Venezuela -cuando cantara dos de sus roles insignia, el Edgardo de Lucia di Lammermoor, de Donizetti, y su incomparable Rodolfo de La Bohéme, de Puccini, en noches, para sus espectadores, inolvidables, que él alternara con opíparos banquetes en aquel Boulevard de Sabana Grande perdido en el tiempo, delirando por el tropical aguacate, a mitad de los años 70-, pude luego desquitarme en sus tres sucesivas visitas, en conciertos multitudinarios, en 1991, 1998 y 2004, en su Farewell Tour, además de comentar varios de sus discos, libros sobre el cantante, así como sus registros videográficos.

Los primeros testimonios de Pavarotti los tuve a finales de la década de los 70: venía incluído en los venenosos cassettes con los cuales mi mentor de entonces, mi amigo Marcos Arturo Contreras me inoculara el incurable virus de la ópera. Por entonces era el tenor lírico que comenzaba a cobrar fama en el mundo. Ya había seducido al público internacional con su afectuoso Rodolfo, se había convertido en la pareja oficial de la extraordinaria soprano Joan Sutherland, quien, junto a su esposo, el director Richard Bonynge, lo habían inducido al repertorio del bel canto romántico, gracias al cual obtuvo sus mayores éxitos internacionales, sobre todo en aquella aclamada La fille du regiment, de Donizetti, que lo convirtió en EEUU en el “Rey del do de pecho”. Apenas nimbado de esa gloria fue que vino por primera vez a Venezuela. Y en el momento en que su voz grabada llegó a mis oídos, comenzaba a iniciar su giro en el repertorio. Comenzaba a grabar y a abordar en escena roles más dramáticos, que, como siempre, a los críticos les parecían demasiado pesados para su voz. Lo que yo escuchaba era un instrumento diáfano, cargado de morbidez , pero penetrado de algo que nunca tuve la oportunidad de describir y ahora aprovecho: una vehemente melancolía. Eso era lo que a mi juicio distinguía el sonido de Pavarotti. Tenía la solaridad de italianos como Pippo Di Stéfano, uno de sus grandes ídolos, buscaba la suavidad de emisión característica de Beniamino Gigli, otro de sus modelos, mientras que su fraseo y colores expresivos iban en la línea de otros dos ilustres predecesores de su país: Ferruccio Tagliavini y Tito Schipa. Pero en ninguno de ellos existía, al menos no como rasgo distintivo o sobresaliente, esa melancolía vehemente, que podría emparentarse con lo que se ha llamado desde el siglo XIX o antes, la lacrima nella voce (la lágrima o el llanto en la voz), que, sin embargo, en Pavarotti era algo más, como una expansión emotiva, como un temblor auténtico del corazón, como un acento atravesado de sinceridad, de franqueza afectiva, que servía tanto a los personajes impulsivos, valerosos, como a los sentimentales o más irrealmente líricos, otorgándoles una vida, que diría moderna, en contraposición con el hieratismo o el estereotipo clásico heredado de los cantantes antiguos. No había héroes pétreos, enterizos con Pavarotti. Sus Rodolfo, Nemorino, Duque de Mantua, Enzo, Alfredo, Edgardo, Arturo, Cavaradossi o Canio iban más allá del irreprimible ardor de Di Stéfano. Contenían una sugestiva ambigüedad, una ostentosa debilidad que era el atractivo más magnético de sus creaciones. Como un equivalente de esa belleza femenina incrustada en medio de la incontestable virilidad que derrochan Alain Delon o Leonardo di Caprio en el cine, pero traducida a la música.
Durante más de diez años fui atesorando sus grabaciones: persiguiéndolas incluso fuera del país, tratando de contagiar a otros amigos de la fascinación por esa voz prodigiosa, de tan irresistible luz, de tan embriagadora mediterraneidad. La década entera de los 80 fue la de su consagración como divo moderno de la ópera: en ellos registró su hermoso video de arias religiosas desde Canadá, realizó el excepcional concierto al lado de Joan Sutherland y la mezzosoprano Marilyn Horne, en el Lincoln Center, en lo que ha sido catalogado como uno de los conciertos más importantes del siglo; abordó el rol protagonista masculino de óperas como La Gioconda, Tosca o Aida, y realizó un buen puñado de sus mejores grabaciones: su Sonnambula, al lado de Joan Sutherland, que le devuelve su verdadera estatura de rol cima del bel canto al personaje de Elvino, hasta el momento no hay otro registro discográfico similar de ese título; su Mefistofele, de Arrigo Boito, en el que hace una verdadera recreación del personaje de Fausto (insuperable su aria final “Giunto sul passo estremo”), su Andrea Chenier, con Montserrat Caballé, llena de dúos encantadores, y un par de discos de recital también de importancia histórica. El Verismo arias, donde anunciaba los nuevos nortes de su carrera, y un hito discográfico, Pavarotti premieres, donde acompañado de Claudio Abbado, recuperaba arias, oberturas y preludios inéditos, dados por perdidas, alternativas o recuperadas de Giuseppe Verdi. Todo un redescubrimiento y un extraordinario aporte al repertorio del mayor compositor operístico italiano. Quizás en menos relevancia, pero pronto convertidos en grandes éxitos populares, deben mencionarse sus dos discos de canciones napolitanas, O sole mío, continente de las canciones que luego se convertirían en otras de sus insignias, y Passione, cuyos arreglos revelaban la directa filiación entre esta música y el belcanto.

Las portadas de las revistas Time y Newsweek, y la manera como se abarrotaban sus presentaciones en el Metropolitan Opera House, San Francisco, el Covent Garden y la Scala de Milán lo fueron convirtiendo cada vez más en un fenómeno mediático. Se alimentó una supuesta rivalidad entre él y Plácido Domingo, la cual animó las fantasías de los operófilos de todo el mundo, para desinflarlas apoteósicamente el año en que todo daría el vuelco definitivo. 1990.

Fue el año del mundial de Futbol de Italia. Y en una idea genial de empresarios, medios y artistas se produjo el célebre concierto llamado de “Los tres tenores”. Plácido Domingo, José Carreras y Luciano Pavarotti cambiaron el rostro de la llamada música culta, convirtiéndola, por virtud de aquel acto absolutamente carismático, excepcional, nunca visto, en un fenómeno de masas. Millones de espectadores que jamás habían escuchado una nota de ópera, que quizás sólo conocían las figuras mudas de los cantantes en carteles, revistas o vitrinas, sintieron de repente suyas las arias más espléndidas de Tosca, Rigoletto, Le Cid, Turandot, zarzuelas, canciones napolitanas y el deslumbrante “O sole mío”, entre muchos otros fragmentos de la música lírica y popular, con los cuales las tres voces enlazaron al mundo en un solo oído y una sola admiración. Allí logró Pavarotti dos magias que se convertirían en auténticas marcas de fábrica de su estilo y de su figura: el propio “O sole mio”, al cual le adicionó un escalofriante trino sobre algunas de sus notas más agudas, con lo cual ya no pudo dejar de interpretarla de esa manera, y el heroico “Nessun dorma”, de la Turandot, de Puccini, el cual el tenor interpretaba, sin poseer el color ni el volumen tradicionalmente asignados al aria, con un esmalte y una convicción impresionantes, ribeteados por la forma absolutamente insolente de emitir el si natural final de esta aria, sostenida más allá de lo acostumbrado, logrando un efecto impactante sobre el público. Pavarotti logró colocar esta aria en los primeros lugares del hit parade en casi todo el mundo, pues, como nunca antes, la gente llamaba a las emisoras radiales para pedir que la transmitieran, una vez editado el disco y el video del concierto de Caracalla, el cual, huelga decirlo, también se convirtió en un inédito éxito de ventas y difusión mundiales. A partir de allí, lo que había sido promocionado como una ocasión única e irrepetible, se transformó en un espectáculo que recorría el mundo: Los Angeles, Nueva York, Tokio, Rio de Janeiro, París, Vancouver los recibían cada vez con menos entusiasmo: no se percataron de que aquello irrepetible, mil veces reeditado, era lo más parecido a un engaño. El de Los Angeles 94 fue demasiado hollywoodense, y en París 98, en el último mundial del siglo XX, hubo poca música francesa, la tour Eiffel como fondo aportó encanto, pero ya la magia había desaparecido.




Sin embargo, Pavarotti pudo aprovechar hasta el máximo la vena de los conciertos masivos. En el inicio de ellos fue que lo recibimos por segunda vez, en el Poliedro de Caracas. Venía del Hyde Park, del Madison Square Garden, de comenzar a llenar estadios de Futbol, y a seducir con su mezcla bien preparada de ópera, canciones populares italianas, napolitanas, musicales y simpatía a públicos que jamás pisaron un teatro de ópera. Se le criticó el uso del micrófono, la vana masificación de la música, la supuesta estafa que implicaba dar un concierto multitudinario sólo con pedacitos de un universo vasto y complejo como es la ópera. Sobre estos argumentos escribí en la reseña de su inolvidable concierto que la electrónica y los microchips están allí para todos, y que si la fascinación que suscitaba el tenor dependiera de ellos habría miles de Pavarottis, pero la seducción de su timbre era única e irreductiblemente suya.

Parecía, sin embargo, que el tenorissimo prefería ahora esos espacios abiertos y masivos a los teatros de ópera. Aminoró considerablemente la expansión de su repertorio. Y las pocas adiciones que hizo no le granjearon demasiada fortuna (Pollione, de Norma, Otello y Don Carlos: el primero terminó en una grabación muy bien intencionada pero intrascendente, donde él sin embargo aporta lo más notable; el segundo fue también asumido sólo para los estudios y algunos conciertos, y el último le valió una sonora pita del feroz público de la Scala de Milán). Redujo sus encarnaciones: sólo sobrevivieron su Nemorino, su Mario Cavaradossi, cuyo “E lucevan le stelle” le propiciaba largas ovaciones, y su extraordinario Riccardo de Un ballo in maschera, que cantaba con pasión casi desde sus inicios.


Y para confirmar esta distancia se dio, alentado por su nueva esposa, Nicoletta Mantovani -causa de un sonado pleito de divorcio con su primera mujer Adua-, a la filantropía. Así nacieron los espectáculos Pavarotti & friends, donde el tenor alternaba con las más rutilantes figuras del mundo del rock, pop y soul. Sting, Zucchero, Lucio Dalla, Bono, Jon Secada, James Brown, Eric Clapton, Mariah Carey, Jovanotti, Gloria Estefan, Celia Cruz, Ricky Martin, Caetano Veloso, Gianni Morandi, Brian May, B.B. King, Andrea Bocelli, Bryan Adams, y un largo etcétera protagonizaron con él unos siempre extrañísimos conciertos donde él cantaba, casi siempre en italiano, la música pop de sus invitados, y ellos intentaban encaramarse a las arias de ópera o napolitanas con que él jocosamente los retaba. Ora gran espectáculo de humor, ora festival de gazapos y piraterías, ora hallazgos inolvidables, estos conciertos llevaban conforto a víctimas de desastres, de la guerra, a las víctimas del hambre en Africa o en Guatemala y terminaron de convertir al inmenso tenor en una figura universal, ahora conocida incluso por los públicos más jóvenes e irreverentes. Pavarotti era ahora una empresa productora de música, entretenimiento y mucho dinero.

Fue así cómo empezamos a extrañarlo. Cuando volvió a Venezuela seis años después de su concierto en el Poliedro, ya había comenzado a ser el recuerdo de sí mismo. Yo creo que él era perfectamente consciente de ello. Por eso, escogió ese último derrotero para su carrera, como una larga e inteligente despedida. Sus conciertos de entonces eran tributos a su pasado. Como las últimas exhibiciones de una de las maravillas del mundo en trance de desaparecer. Ese largo y amable adiós lo rubricó con lo que sería su última producción discográfica, el Cd Ti adoro, sin un aria de ópera, y un repertorio casi absolutamente inédito al estilo del llamado crossover, como el cultivado por Bocelli, pero infinitamente mejor cantado, con todas las técnicas modernas de grabación. Se había convertido en un cantante popular, excepcional, dueño de una voz aún totalmente prodigiosa. Ya estaba en el ápice de lo inolvidable. Podía retirarse sin remordimientos. Así emprendió su Farewell Tour, que nos lo trajo por última vez a Venezuela en 2005. Entonces escribí algo casi sacrílego, pero inmejorable para describir lo que presenciamos: escuchar a Pavarotti ahora es como contemplar las ruinas de la Acrópolis, de Palmira o el Coliseo: el vestigio de algo inconmensurablemente bello que ya no está pero conserva intacta su fascinación y aroma del pasado. Yo lo aplaudí con la misma emoción con que lo escuché en aquellos primeros cassettes que la vida me puso delante.


Entonces vino la enfermedad y el silencio de dos años que precedió a este desenlace y a esta tristeza. Por fortuna, su voz tenía ya la materia de la inmortalidad desde su inicio. Echaremos de menos su figura dionisíaca, sus pañuelos irreverentes, su sonrisa de muchacho, el magnetismo que nos prendía apenas entraba al escenario, el desenfado con el que se concebía a sí mismo, tan distante de lo que creíamos esperar de un divo de la ópera. Pero su voz no. Ella se nos metió en el corazón desde el mismo primer instante que la escuchamos, transportada en esa luz inextinguible que la cruzaba, en ese temblor emotivo que nos contagiaba, en la felicidad irreprimible de que nos hacía partícipes inmediatamente. El hizo que fuese un privilegio vivir en la segunda mitad del siglo XX, para escucharlo y entender casi instantáneamente aquello para lo cual no era necesario que se nos fuese: que no habría nunca nadie como él.

Arrivederci Luciano. Desde ahora, como los más grandes, sólo cantarás cada vez mejor.