domingo, 8 de abril de 2007

MUSICA SACRA


Einar Goyo Ponte


El culto religioso, la expresión más inmediata del ansia de espiritualidad del hombre occidental, ha devenido en innumerables manifestaciones artísticas, que en buena medida han hecho aún más estrecha esa relación del hombre con lo sagrado. A ellas pertenecen las partituras musicales, que este Sábado de Gloria, penúltimo día de la Semana Santa, se hace oportuno recordar.
La tradición musical de Occidente se inicia con un género religioso: el canto gregoriano, con su cualidad de pureza sonora y diáfana que para muchos tiene incluso efectos curativos. Pero la Semana Mayor tiene en música expresiones muy puntuales, que van más allá de las misas y oratorios que plenan el repertorio, y a través de las cuales es posible seguir una suerte de itinerario musical por los elementos de fe que dan su sentido a estos siete días. Un ejemplo de estos últimos sería Cristo en el jardín de los olivos (1803), compuesto por el rebelde Ludwig Van Beethoven, y que versa sobre la víspera de la Pasión de Jesús. Arturo Reverter (1995) nos informa que “se trata de una especie de acto de ópera seria, de talante muy dramático, en el que la figura de Jesucristo es recreada de manera muy humana”. La idea se la sugirió a Beethoven el mismo Emmanuel Schikaneder que propondría a Mozart el tema de La flauta mágica. Extrañamente, la obra concluye, a pesar de su tema, situado en el primer episodio del martirio de Jesús, con un Aleluya muy haendeliano.
Ya sobre el episodio medular de la Pascua Cristiana: el sacrificio de Cristo, son emblemáticas las Pasiones según San Juan y San Mateo, de Juan Sebastián Bach, compuestas entre 1721 y 1729, y que desde el sentido luterano del evangelio dan una visión emocionantemente humana de Cristo y su sacrificio. En la segunda de ellas, las palabras de Jesús aparecen acompañadas de música de cuerdas que dan una particular luminosidad a esos recitativos. Jesús no canta más que estos trozos narrativos tomados de las escrituras, las arias están a cargo de los solistas quienes comentan lírica y fervorosamente los momentos más tocantes de la Pasión: la negación de Pedro, los azotes, el tránsito hacia el Gólgota, las palabras de Jesús en la cruz. Y los coros oran a partir de esos mismos episodios pero a la vez ejercen el rol más teatral pues representan al pueblo que contempla, que condena, que cambia a Jesús por Barrabas, y que se asombra angélicamente con la muerte del Redentor, como ocurre en uno de los pasajes más breves y sobrecogedores de la Pasión según San Mateo. Más contemporáneamente se destaca la Pasión según San Lucas, del neocatólico polaco Krystof Penderecki, de gran impacto auditivo y dramático por la peculiar manera como el compositor actualiza el mensaje bíblico. La muerte de Jesús encuentra su representación musical en el oratorio Las últimas siete palabras, de Joseph Haydn, que musicaliza el célebre sermón propio del Miércoles Santo, pero su mayor expresión son las Misas de Réquiem, entre las que califican como obras maestras las de Mozart, por su carácter dramático, de Verdi, por lo patético y compasivo, y el de Fauré, que semeja más bien un Réquiem de ángeles, por su extraordinaria serenidad. Hay momentos cruciales como el Lacrimosa, que tanto en Mozart como en Verdi representan el paso por el calvario, mientras recuerda que mediante ese sacrificio fuimos salvados de la muerte eterna y del fuego del Infierno. Pero incluso el dolor de María, la madre del redentor ha sido expresada por la música, en el oficio del Stabat Mater, sobre el cual dos italianos han creado sendos ámbitos melódicos de arrobo y sentimiento impresionantes: Gianbattista Pergolesi (hacia 1735), para soprano y mezzosoprano en una colección de arias y dúos de una belleza casi ultraterrena, Bellini lo llamó el “divino poema del dolor”, y Gioacchino Rossini (1842), quien creó, después de haberse retirado de la composición operística un oratorio con arias impresionantes de considerable dificultad para sus cuatro solistas en las cuerdas de soprano, mezzosoprano, tenor y bajo, sin olvidar los dramáticos pasajes corales. El Viernes Santo, día de duelo de la cristiandad, es aquel en cuyo oficio se ejecutan Los improperios, que es el texto mediante el cual Jesús, doliente se dirige a su Jerusalén, y le increpa su olvido, y ser la tierra escogido para la muerte del Salvador. Así se titula el oratorio del español Federico Mompou, para barítono, coros y orquesta, compuesto en 1963. El mismo texto es la base del famoso Popule Meus, de nuestro José Angel Lamas.
Richard Wagner, desde su particular visión del arte, la música, el teatro y la religión, estrena en 1882 su Parsifal, subtitulado por él como “festival sacro”. En él hay un pasaje orquestal que se conoce popularmente como el Encantamiento del Viernes Santo, en el cual el bosque y la pradera florecen “cuando todo lo que vive siente la obra de redención del Salvador y el hombre, ahora piadoso, procura respetar a la naturaleza, a lo que “florece y pronto muere” (Angel Fernando Mayo, 1998).
Y ya para el Domingo de Resurrección es difícil pensar en algo más acorde que la imponente Misa en sí menor, de Bach, cuyos pasajes del Crucifixus y Et resurrexit, son cumbres del fervor y el entusiasmo religioso humanos. El mismo Bach que compuso casi 300 cantatas para cada día santo y fiesta religiosa tiene otras dos obras importantes y destacables: el Oratorio de Pascua, lleno de arias bellísimas y de vivaz colorido orquestal, y la hermosísima cantata No. 4, Christ lag in Todesbanden (Cristo yace en brazos de la muerte), que representa musicalmente un progresivo ascenso desde la oscuridad a la luz, y donde cada aria, dúo o coral concluye con un animado Aleluya.
Son equivalentes sonoros de los cuadros y esculturas de Rafael, Fra Angelico, Bernini, Michelangelo, Mantenga, Velásquez, Murillo, Zurbarán, o de los asombros arquitectónicos de Notre Dame, San Pedro, Chartres, Florencia, Westminster, San Petersburgo, México, Milán o Santiago de Compostela. Pórticos, catedrales, recintos de reflexión y oración más portátiles e inmediatos en los que podemos entrar y contemplar cada vez que queramos.

BIBLIOGRAFIA
Mayo, Angel Fernando. Wagner. Ediciones Península, Barcelona, España. 1998.
Reverter, Arturo. Beethoven. Ediciones Península, Barcelona, España. 1995.


1 comentario:

Ingrid Krilewski dijo...

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