sábado, 24 de enero de 2009

CALENDARIO 2009















Einar Goyo Ponte
¡Bienvenidos a 2009! Año de decisiones, responsabilidades y citas con la historia. También para la música se trata de una fecha importante. Varios compositores universales encuentran efemérides centenarias en su transcurso. Esta primera crónica del año intenta hacer un recuento de esos aniversarios.


Paseando por el calendario, encontramos que el primero de ellos cae el 25 de los corrientes, cuando la ópera Elektra, de Richard Strauss, sobre un espléndido libreto de Hugo Von Hoffmanstahl, basado en Sófocles, cumpla 100 años. Suele decirse que el compositor sintió que con esta obra había llegado al límite de la tonalidad, y que excedido por su propio hallazgo, decidió volver a las más mansas aguas de un neoclasicismo, que sentimos en óperas como Der Rosenkavalier. Les cuelgo una de las declamaciones del personaje de Chrysothemis, hermana de la protagonista, en la voz de la soprano norteamericana Deborah Voigt, con la orquesta de la Radio Bávara, dirigida por Richard Armstrong.



Ich kann nicht sitzen, escena de Chrysothemis (Electra -Richard Strauss) - Deborah Voigt


De no ser por otros aniversarios, 2009 debería ser el año Mendelssohn, pues el 3 de febrero se cumple el centenario del nacimiento de este músico alemán, de breve vida y obras de fecunda fantasía, como sus tres últimas sinfonías, su música de cámara y la partitura incidental para el Sueño de una noche de verano, de Shakespeare. De esta última les colgamos aquí el fantástico Scherzo, en versión de la Orquesta Sinfónica de Boston bajo la dirección de Seiji Ozawa.



02 A Midsummer Nights Dream, incidental music, Op. 61- Scherzo No 1.wma - Orquesta Sinfónica de Boston. Dir. Seiji Ozawa


Tres días más tarde son los 50 años del estreno de La voz humana, de Francis Poulenc, con texto de Jean Cocteau, ópera unipersonal y de un solo acto. El 17 soplamos las velitas del 150 aniversario del estreno de una de las óperas más apasionadas de Giuseppe Verdi: Un ballo in maschera (Un baile de máscaras), insignia de los últimos años de Luciano Pavarotti. Sin embargo, aquí les he colgado el aria del Acto I del barítono, en la voz de Renato Bruson.



Alla vita che tarride, de Un Ballo in maschera, de G. Verdi - Renato Bruson, Orq. Filarmónica Nacional. Dir. Georg Solti





Otra célebre obra maestra lírica llega a su sesquicentenario el 19 de marzo: Fausto, del francés Charles Gounod, de gran lucimiento para un tenor, una soprano y un bajo, en el rol de Mefistófeles. Precisamente de este personaje colgamos su aria del Acto II, con una de las voces de bajo más hermosas y tersas de toda la historia, la de Nicolai Ghiaurov, en vivo desde Tokio en 1973.




Le veau dor. Acto I, Aria de Mephistopheles - Nicolai Ghiaurov. Orq. y Coro de la NHK de Tokio











Este podría ser también el año Haendel, por conmemorarse el 14 de abril, los 250 años de su muerte. Así que el autor del Mesías, y quizás el de óperas barrocas más cantado hoy verá impulsada su magna obra este año. Aquí les cuelgo el famoso Hornpipe, de la Suite de la Música del agua, en versión filológica de Simon Preston.




12 Hornpipe, de la Música del Agua de G. F. Haendel - Orq. de Cámara del Concertgebouw de Amsterdam. Dir. Simon Preston

Mayo 18 es el centenario de la muerte de Isaac Albéniz, compositor español de gran música para piano y guitarra. Aquí lo recordamos junto a nuestro pianista prematuramente fallecido, Carlos Duarte, interpretando “El Albaicín”, de la suite Iberia .



02 El Albacin-Albeniz.wma - Carlos Duarte







Y la otra gran letra H que se conmemora es la de Joseph Haydn, llamado padre de la sinfonía y del cuarteto de cámara, quien muriera el 31 de mayo de 1809. Aquí escuchamos el hermoso “Poco adagio”, del Cuarteto No. 3 Op. 76, llamado Emperador, por incluir el tema del himno imperial de Austria, que es el que aquí se oye.




11 POCO ADAGIO, CANTABILE.wma - Cuarteto Gaspar da Saló




El almanaque musical nos impulsa hasta el 10 de septiembre cuando Inglaterra seguramente se vestirá de gala para el cuatricentenario del natalicio de uno de sus más insignes compositores: Henry Purcell, cuya obra vocal, religiosa y profana está siendo redescubierta desde hace unos 30 años. De su célebre ópera Dido & Aeneas, una de mis arias favoritas de toda la ópera, el Lamento de Dido.







El 7 de octubre se cumplen 50 años de la muerte del tenor favorito del cine: Mario Lanza, quien popularizara una muy hollywoodense versión de la vida de Enrico Caruso, y llevara la ópera a grandes públicos, cuarenta años antes del boom de Los tres tenores. Lo recordaremos al lado de Frances Yeend, cantando el duo de amor de la Madama Butterfly, de Puccini.




El 17 de noviembre, Latinoamérica recuerda la muerte, en 1959, de uno de sus más grandes valores: el brasileño Heitor Villa-Lobos, creador de sus Bachianas, sus maravillosos choros, e infinidad de canciones. En su propia interpretación, y el auxilio de la Orquesta de la Radiodifusión Francesa, escuchamos el Preludio de sus Bachianas Brasileiras No. 4, grabada en 1957.



Bachianas Brasileiras No.4: Prelude (H. Villa-Lobos) - Orquesta de la Radio Francesa. Dir. Heitor Villa-Lobos




En el campo de la música popular destacan los centenarios de Carmen Miranda (febrero), el tenor mexicano Tito Guízar (abril), y del decano del danzón cubano, Barbarito Diez (diciembre). También hace 50 años nos dejó el cuerpo, más no la voz de Billie Holiday, de las más célebres cantantes de blues del siglo XX. Les cuelgo de la primera “Ella diz que tem”, del cubano su gentil “Una rosa de Francia”, y de la Holiday, su célebre “My man”.



01 Ella Diz Que Tem.wma - Carmen Miranda








También es el centenario de la compositora, investigadora y folklorista argentino-venezolana Isabel Aretz, y cumplirá 90 años el maestro Inocente Carreño, con cuya Margariteña, dirigida por Dudamel, cerramos esta crónica.





02 Margaritena. Inocente Carreñowma - Sinfónica Simon Bolívar. Gustavo Dudamel

sábado, 17 de enero de 2009

DICIEMBRE Reservato


Einar Goyo Ponte


Vamos ya acostumbrándonos a las visitas decembrinas de Sandrah Silvio y su grupo Música Reservata. Al parecer, cada temporada navideña, la cantante y musicóloga, residente en Europa, toma unas vacaciones para reencontrarse con su país, familia, amigos y público, al tiempo que nos ofrece una nueva aventura de su trabajo investigativo y de su repertorio.
Esta vez le tocó el turno al compositor francés Marc Antoine Charpentier (1643-1704), cuya obra más conocida es el Te Deum, con un preludio utilizado por spots de televisión y musicalizadores de medios abundantemente. Como en otras ocasiones, Silvio y su agrupación se adentran en una época remota cronológica y culturalmente, con esos pasión y sentido de asunción tan notables e imaginativos, que los llevan, no sólo a interpretar una música sino a recrear una atmósfera, casi a inventarla, para nosotros, imbuidos de modernidad y de las porfías de la identidad cultural. Es ese celo, lo que más me emociona del trabajo de Música Reservata. Cuando escuchamos sus presentaciones sentimos que personifican la época, el talante, una suerte de imaginario intangible, de aquello que están interpretando.
Por eso me contrastó desfavorablemente la blanca y fuertemente iluminada austeridad de la Iglesia Luterana de La Castellana como marco para este concierto, que solicitaba, casi a gritos, un decorado más cercano a bóvedas, columnas, luces de velas, más católicas penumbras y vitrales, como el de las iglesias de París, de donde proviene la música que se ejecutó el pasado fin de semana.
Eran obras compuestas por Charpentier para el Convento de Port Royal y sus religiosas ejecutantes y cantantes de alto calibre. Abrieron con una muy estilística Ouverture pour l’eglise, con escueto pero acoplado ensemble instrumental, y el himno Veni Creator Spiritus, que vertió sobre la audiencia, desde el balcón del coro los bellos timbres de las cantantes de la agrupación.
Siguieron con la hermosa Misa de Port Royal, a una sola voz y continuo, con líneas adornadas que las cantantes debían hacer al unísono, con especial énfasis en el O Salutaris Hostia, de envolventes staccati, y el Domine Salvum final, que inserta una leve polifonía.
Claudia Galavis interpretó luego, acompañada por el ensamble instrumental el cíclico Salve Regina para los Jesuitas, con acertada sensibilidad; de inmediato el grupo de siete voces femeninas emprendieron el Dixit Dominus, con la misma elegancia de la Misa. A continuación Sandrah Silvio se reservó como solista el fragmento más hermoso del programa: el Magdalena Lugens, o Lamento de la Magdalena, escrito con bellas líneas extáticas, y donde el timbre luminoso de la cantante dio sus más brillantes frutos, acompañada del ensemble musical de mordente intensidad formado por los violines de Boris Paredes y Rafael Font, la viola da gamba de María Carolina Concha y la experiencia de Rubén Guzmán en el órgano.
Sólo me extrañó la dicción afrancesada de los textos en latín. ¿Será una arcana curiosidad estilística o un extracultismo anti-idiomático? Un granado Magnificat, que sin embargo ya denotó la insistencia en un mismo y limitado espectro armónico charpentierano, cerró con exquisitez el concierto.

viernes, 9 de enero de 2009

CUARTETO CON PIANO INCONCLUSO


Einar Goyo Ponte


Clara Rodríguez es una de nuestras más eximias pianistas. Desde hace años reside en Londres, a la que ha hecho centro de una importante carrera internacional, la cual la ha llevado a grabar unos cuantos Cds, a dictar clases en el Royal College of Music, y a estrenar varias importantes obras de compositores venezolanos como Federico Ruiz, Juan Carlos Nuñez y a recuperar tesoros pianísticos de Teresa Carreño, entre otros trabajos.


El Cuarteto es la agrupación que acuñó el formato camerístico para tocar la música venezolana, con dos dúos de nuestros mejores instrumentistas: los hermanos Naranjo y los Estevez. Han incursionado en diversos formatos de experimentación, con orquesta sinfónica, con corales, solistas vocales, siempre en una excelencia casi imbatible.


Ambos se unieron en 2004, en Londres, y en 2007 en Caracas, y este nuevo Cd El cuarteto con Clara Rodríguez, es el resultado último de la experiencia. Está grabado en vivo desde la Sala José Felix Ribas del TTC, en uno de los conciertos del año pasado. Buen sonido, buena atmósfera, excelentes músicos: sensación de disco inconcluso.


Cuando esto ocurre, casi siempre la primera falla reside en el repertorio: ambos tocan por separados piezas de su acervo, mezcladas con aquellas donde reúnen talentos, pero el problema no está allí sino en el balance del mismo, en el sentido de la gradación y el efecto. Los solos de ella (aunque con las cuerdas del grupo) son el joropo Aliseo y el vals Tu presencia, de Federico Ruiz, una de las revelaciones del disco; la Serenata, de Pérez Díaz; el bello vals Noche de luna en Altamira, de María Luisa Escobar, otro delicado momento, y El cumaco de San Juan, de Pacheco. Es música bellamente concertada. Ellos, por su parte se decantan por El morrocoy azul, de Rodríguez y Quiéres contar mis estrellas?, de Miguel Delgado Estevez, dos de sus éxitos más solicitados, y de los cuales repiten su maestría ejecutoria. ¿Qué ocurre cuando tocan todos juntos? Quizás demasiada contención.


Acaso esperábamos, contagiados del virtuosismo habitual de nuestros ensambles, chispas, vértigos, superescalas, solos deslumbrantes, finales de ahogo. En vez, hay un hacer pausado, íntimo, sabroso, pero doméstico, como de reunión de buenos amigos, no de “duelo de titanes”. Quizás ayuda a esta impresión la escasa presencia de piezas más explosivas. Ni quirpas ni pajarillos: muchos valses, canciones, bambucos y danzas zulianas, todas ellas exquisitas como las versiones de Mañanita pueblerina, de Inocente Carreño o la Viajera del río, de Yánez, pero que no conducen a ningún climax, y no porque sea indispensable el ritmo llanero para animar un disco de música venezolana, por fortuna nuestra paleta musical es bien variada, sino porque la vena por la que demora la prestación total se hace monocorde, tanto en variedad musical como en riesgo y audacia interpretativa. Así, parece que siempre estamos a la mitad del disco. Ni siquiera en El diablo suelto con Alacrán (Fernández-Acosta), donde en realidad ni pianista ni grupo comparten felices cimas. Las tres lentas piezas finales del Cd, lo diluyen, no lo elevan, pues desde Pueblos tristes (el track 9 del cd) hasta este lejano 15 de Maracaibo en la noche, no se vuelven a mover las semicorcheas.


Son también inexplicables los arreglos que obligan a la pianista Rodríguez a desaparecer mientras toca El cuarteto, para volver sobre las melodías sin mayor variación ni expansión, como una invitada más bien encorsetada. Un disco de momentos altísimos, pero inconcluso.


Un extracto del disco se puede oír a continuación. Es la Mañanita pueblerina, de Inocente Carreño, uno de los mejores momentos de la grabación.



Mañanita pueblerina.wma - Clara Rodríguez y El Cuarteto

lunes, 29 de diciembre de 2008

PARA REGALAR EN NAVIDAD



Einar Goyo Ponte

Nuestros comerciantes de bienes culturales (libros, discos, arte, etc.) se las ingenian para seguir ofreciendo a nuestro atribulado consumidor-ciudadano cierta vitrina actualizada, por encima de los cercos del control de cambios y de las atrabiliarias leyes que pretenden regular la edición, distribución, importación de estos productos, primeras causantes de la indeseada escasez y del pernicioso y casi humillante atraso del surtido y la oferta. Más aún cuando se amenaza con nuevas restricciones hasta para la libre salida del país.

Así que para estas fechas decembrinas aún es posible encontrar en nuestras tiendas caraqueñas algunas prendas discográficas que bien pueden acampar bajo los árboles de navidad como regalos especiales. Este es una suerte de inventario fruto de una ronda por la ciudad.

De Magdalena Kozena, una de las voces más solicitadas de la actualidad, y quien nos visitara el año pasado se encuentran varios recitales con el sello Archiv; el más reciente es Ah mio cor!, una antología de arias de Haendel, con la Orquesta Barroca de Venecia, dirigida por Andrea Marcon. Otra cantante especialista en repertorio antiguo es Viveca Genoux, de quien vimos en los anaqueles su premiado Arias for Farinelli, el repertorio del famoso castrato italiano del siglo XVII. No hay novedades de la diva Cecilia Bartoli, ni de la exquisita Renée Fleming, pero sí de la hermosa Anna Netrebko: las selecciones más brillantes de su famosa Traviata, de Salzburgo, con Rolando Villazón, en el Cd Violetta; y el DVD de su Concierto en Berlín, con el mismo Villazón y Plácido Domingo, al aire libre, en 2006, en vísperas de la final del mundial de Futbol.




En el terreno de las óperas completas, la gran mayoría de las novedades viene en el formato visual del DVD. Destacan allí un buen surtido proveniente de la colección de las óperas completas de Mozart, que el sello DECCA y el Festival de Salzburgo han puesto en marcha: en nuestras vitrinas están Idomeneo, Don Giovanni, Cosi fan tutte, Le nozze di Figaro y La flauta mágica, en modernas y atrayentes puestas en escena; también encontramos el Giulio Cesare, de Haendel, con el contratenor Andreas Scholl, desde la Opera Real Danesa, en una producción acreedora de premios, editado por Harmonia Mundi; y la espectacular presentación de Juan Diego Flórez y Patrizia Ciofi en Parma, con La fille du Regiment, de Donizetti, donde el tenor peruano bisa la crucial aria de los 9 do. Por cierto que de él todavía es posible hallar el extraordinario album Arias for Rubini del 2007. Otro Mozart en Cd es la celebrada por la crítica La clemenza di Tito, dirigida por René Jacobs, con Bernarda Fink entre los protagonistas.


En el campo de la música instrumental o sinfónica nos topamos con dos agradables sorpresas: el cellista Yo Yo Ma interpretando música de concierto de John Williams, el especialista en música de cine, y el Tangazo, de la Orquesta Filarmónica de Montreal, dirigida por Charles Dutoit, con piezas de Astor Piazzolla y el bandoneón de Daniel Binelli.






Para los operáticos profundos hay reediciones y reabastecimientos de figuras claves como María Callas, Luciano Pavarotti, Giuseppe Di Stefano, Plácido Domingo, Angela Gheorghiu, Roberto Alagna, y –no todo puede ser buenas noticias- mucho, mucho Andrea Bocelli.

A preparar lazos, envoltorios, ojos y oídos para el placer.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

JUAN DIEGO FLOREZ ESPECTACULAR



Einar Goyo Ponte




Ya en vísperas de su concierto en el Teatro Teresa Carreño, en un extraordinario esfuerzo de Producciones Piazza-Oscher, el próximo mes de febrero, comentaremos hoy aquí el más reciente disco de recital del tenor peruano Juan Diego Flórez, su Bel canto Spectacular, del sello inglés DECCA, y donde acomete, con la gallardía e insolencia que lo caracterizan, un interesante repertorio contentivo de arias y dúos de Rossini, Bellini y Donizetti, compositores en los cuales definitivamente se ha especializado.



De aquel tenor juvenil que grabara su Rossini arias, en el despuntar de una carrera que ya se perfilaba como el acrobático exhumador de óperas consideradas incantables y el estilista del fin de siglo, pasamos al tímido tentador de arias bellinianas y donizettianas, o sea el lado más romántico y contemporáneo del bel canto italiano, en un muy elegante, pero aún incipiente, Una furtiva lagrima. De allí un salto cuántico: con el Cd Arias for Rubini, que comentaramos aquí en enero, recuperando un estilo de canto que parecía desaparecido, y ahora esta confirmación de que el excelso rossiniano ya está listo para asumir los roles más dramáticos y elegíacos de los héroes líricos belcantistas, previos a la fortaleza verdiana.



Este Bel Canto Spectacular, con el apoyo de la Orquesta de la Comunidad Valenciana, dirigida por el irregular Daniel Oren, aquí muy cómplice sin embargo, comienza con uno de los actuales hits del tenor peruano en los grandes teatros del orbe: el aria de los nueve “dos”, de La figlia del reggimento, de Donizetti, pero ahora en su versión italiana. En cualquier idioma es un placer oír la fresquísima solvencia con que Flórez aborda este terrible fragmento, la combinación de agudos “picados”, apenas tocados por su voz y los otros plenos, sostenidos, para cerrar con la corona larga, insolente, feliz en su emisión.



Uno de los ganchos del disco es que alterna arias y dúos con otras estrellas invitadas. El primero es el dúo final de I puritani, de Bellini, ópera a la que ha devuelto una prestancia perdida desde los tiempos de Pavarotti y Kraus, con la rusa Anna Netrebko. Es verdad que nos decepcionamos por desaprovechar la oportunidad de incluir la estrofa “Da quel di que ti mirai”, que Bonynge rescatara de la “Versión Malibrán” de esta ópera, para la histórica grabación con Sutherland y Pavarotti, y que también grabaran Beverly Sills y Nicolai Gedda, pero de que su ejecución es de primera, por la rotundidad del registro agudo y la empeñosidad del fraseo, no cabe duda. No convence demasiado, no obstante, el timbre demasiado oscuro de la Netrebko, para Elvira.

A continuación, en francés, canta el aria de Fernando, en el último acto de La favorite, de Donizetti, “Ange si pur”, con un legato impresionante, que rivaliza con la extremidad de sus notas agudas elegantemente interpoladas; del Elisir d’amore, nos presenta el dúo “Venti scudi”, con el Belcore baritonal de Mariusz Kwiecien, del que hacen una versión antológica, por el escrúpulo hacia la partitura original, la virtuosa agilidad que ambos despliegan y la rica variedad de matices que dan, sobre todo en el canto tenoril. Se ribetea este fragmento con una prestación simplemente perfecta de la celebérrima “Una furtiva lagrima”, con unas elegantísimas variaciones, ya estrenadas por Roberto Alagna en teatro, pero sin la delicadeza y refinamiento con que las hace Flórez.



Desafortunadamente es el componente femenino, el talón de Aquiles del disco, más por inadecuación tímbrica, que por solvencia vocal. Patrizia Ciofi es una grandísima cantante, actualmente dueña de las heroinas donizettianas internacionalmente, pero su voz no es muy fotogénica que digamos: se le siente seca y un poco opaca, sobre todo frente a la mediterraneidad del timbre del tenor, que es una de sus fortalezas, más aún en este registro donde tantos ilustres lo preceden. El hermoso dúo “Da quel dí che t’incontrai”, de la ópera donizettiana Linda di Chamounix, empero está cantado magistralmente. Son efectivamente dos apasionados amantes. Esa misma vehemencia inflama el aria siguiente, de la misma obra, “Se tanto in ira agl’uomini”, de sedosas modulaciones. En el dúo “Di che son reo?”, de Il viaggio a Reims, con la mezzosoprano Daniela Barcellona, lo reescuchamos en la estratosfera rossiniana, aunque ya su solvencia nos haga suponer que las notas no son tan increíbles que como le sonaban a Francisco Araiza en la grabación original, y la cantante desentona en el erizante agudo final.



Dos joyas cierran el disco: la hermosa aria “T’amo qual s’ama un angelo”, de la Lucrezia Borgia, de Donizetti, donde reitera de manera ardorosa todas sus geniales señas de identidad: la tersura y morbidez de la emisión, los juegos de claroscuros, los fraseos elegantes, llenos de inesperados rubati y suspensiones expresivas, que conectan de manera increíble con eso que hasta entonces fue simple testimonio leído en Stendhal y otros cronistas del canto del siglo XIX: el canto elegíaco, de embriagante sensualidad; y el bonus track: el dúo de Rodrigo y Otello “Ah, vieni, nel tuo sangue”, del Otello de Rossini, nada menos que con Plácido Domingo, en una muestra más de su empeño de convertirse en el cantante total. Es una delicia oírlo desafiar las coloraturas de Flórez, con el metal viril de su voz casi intacta. La potencia del agudo final del peruano es una verdadera sacudida.



Un disco verdaderamente espectacular.
Les obsequio un anticipo: "Una furtiva lagrima", con sus variaciones, tomada directamente del disco. Hagan click y disfrútenla.


05 L Elisir dAmore-Una Furtiva Lagrima.wma - Juan Diego Flórez

JUAN DIEGO FLOREZ ESPECTACULAR

domingo, 23 de noviembre de 2008

LA Pasión española DE PLACIDO DOMINGO


Einar Goyo Ponte



Como lo escribimos la semana pasada, no es un disco de música clásica, por lo que resulta muy discutible su nominación en tal renglón en los recién celebrados Premios Grammy Latinos 2008, y más aún su obtención como mejor álbum del género, por encima del disco de Dudamel, reseñado aquí, entre otros, porque Pasión española (también del sello alemán Deutsche Grammophon), es una suerte de antología de la copla española, y un homenaje a sus intérpretes más señeros como Imperio Argentina, Miguel de Molina, Conchita Piquer, Antonio Molina y Rocío Jurado entre muchos, en la voz de Plácido Domingo acompañado por la Orquesta de la Comunidad de Madrid, dirigida por Miguel Roa, y la guitarra incidental de José María Gallardo del Rey.


La copla española es un género muy especial. Popular por derecho y nacimiento, cobró su máximo auge en voces que mezclaban el desgarramiento flamenco y folklórico con una expresión grandiosa, casi operística en los suntuosos arreglos orquestales que revestían a muchos de los cantantes citados arriba, pero lo más atractivo de ella -durante mucho tiempo asociada injustamente con el franquismo, cuando la verdad es que muchos de sus intérpretes, como Miguel de Molina, tuvieron que exiliarse a causa de la dictadura-, son sus textos, debidos a Miguel López-Quiroga, Juan Mostazo Morales y Manuel Font de Anta, por hacer una selección, con una elaboración de lenguaje que remite a las fuentes de los clásicos literarios hispánicos sin abandonar jamás su raíz popular. Es allí donde se funda Domingo al señalar que la copla es como una “mini-ópera”, una historia de relumbrante sentido e impacto, que es necesario cantar y actuar al mismo tiempo.


Con su experiencia de ya casi cincuenta años en las tablas, el tenor español logra uno de sus mejores discos populares al contarnos con calurosos y ardidos matices los dramas de la “Falsa moneda”, la celebérrima “La bien pagá”, “El día que nací yo”, cuyo primer verso nos sitúa en la evocación directa del Segismundo de La vida es sueño de Calderón de la Barca, de los penetrantes “Ojos verdes”, que han desvelado los sueños desde Imperio Argentina hasta Martirio, pasando por Montserrat Caballé; y del desdichado destino de “Antonio Vargas Heredia”, inspirado vagamente en la "Historia del Camborio" del Romancero gitano, de García Lorca.


Pero sus cimas las alcanza en el salero con que interpreta el pasodoble “Ay, Maricruz!”, la melancolía viril de “Cariño verdá”, amparado en el arreglo orquestal de altísimas octavas de J.J. Colomer; la hondura del despecho en “¡No me quieras tanto!”, el homenaje a tantos inmigrantes huídos de la bota militar en “Suspiros de España”, con su doliente melodía, y la profundidad del fraseo en “Me embrujaste”, cuyo texto es de los más hermosos ya no de copla sino de canción alguna en castellano, y que Domingo canta incomparablemente, como pueden ustedes apreciar en el gadget que sigue a continuación.




07 Me Embrujaste [You Bewitched Me].wma - Plácido Domingo


Gran mérito ganan los arreglos con esencia de zarzuela morisca y melodrama elegante de Colomer, Emilio Aragón y Gabriel Fernández. Ya señalamos uno de ellos, pero suya es la responsabilidad de la impronta dramática de “Falsa moneda”, “Me embrujaste” y “No me quieras tanto”. El de “Te lo juro yo”, que Domingo canta en un registro muy poco brillante, es un homenaje a la versión pimentosa de Miguel de Molina. Todos están dirigidos con autoridad y conciencia de estilo por Miguel Roa.


Extraordinaria producción discográfica de un Domingo que se niega a envejecer.

También los invitó a visitar la página web del Cd en www.deutschegrammophon.com/domingo-coplas o en http://www.placidodomingo.com/, donde encontrarán más información sobre esta grabación, sus arreglos, autores, intérpretes, etc.

martes, 18 de noviembre de 2008

DUDAMEL DE FIESTA


Einar Goyo Ponte


Aprovechamos la circunstancia de su nominación al Grammy Latino 2008, de la aclamada grabación Fiesta, de la Orquesta Sinfónica de la Juventud venezolana Simón Bolívar, dirigida por Gustavo Dudamel, como mejor álbum clásico, su tercer disco con el sello alemán Deutsche Grammophon, para comentarlo, a casi un año de su edición. Como ya se sabe, el premio se lo llevó, un poco equívocamente, no por falta de méritos o de valía del artista, Pasión española, de Plácido Domingo, casualmente del mismo sello teutón, sino porque en puridad este último no es un disco de música clásica, sino de coplas hispanas, el cual comentaremos la próxima semana.


Así que, con premio en casa o no, la ocasión es inmejorable para comentar esta Fiesta, de Dudamel y sus huestes juveniles. Es un generoso álbum de más de 70 minutos de música sinfónica latinoamericana, cuya primera virtud es lo acertado y sincrético del programa, mencionar las nacionalidades de las obras no sería justo pues podemos oir ritmos, sones, maravillas caribeñas, precolombinas, venezolanas llaneras, isleñas y negroides, argentinas y hasta de la inmigración hispana en Nueva York.


Todo se inicia con un ominoso Sensemayá, del mexicano Silvestre Revueltas, donde la percusión, nervio central de esta grabación, y los sonidos ancestrales tan extraordinariamente recreados en la orquestación occidental del autor, tienen una incisividad incansable, en el diagrama sonoro de Dudamel. En ese mismo registro de sincretismo sinfónico con lo vernáculo llegan las lecturas de la Margariteña, de Inocente Carreño y el Mediodía en el llano, de Antonio Estévez, trabajadas con un sentido de la orquestación en la mejor tradición interpretativa sinfónica. No superan sin embargo lecturas de otros compatriotas de Dudamel, también grabadas, en ediciones locales más modestas.


Pero yo siento que hay un switch invisible que se activa a partir del Track No 4: el Danzón No.2, del mexicano Arturo Márquez. Entonces se entiende objetivamente el núcleo de la fascinación mundial por Dudamel. Es un director imbuído de una intuición sinfónica de sonoridad al estilo de sus mentores y otros grandes del podio modernos, con una absoluta conciencia de la arquitectura sonora, de las articulaciones tímbricas, y además la concepción abarcante de la magia del micrófono y las técnicas de grabación, pero aplicadas a la ejecución orquestal. De allí los legatissimi casi mahlerianos de esta obra, la rotundidad rítmica, el discernimiento de los metales. Lo mismo encontramos en la matizadísima Fuga con pajarillo, de Aldemaro Romero (la cual puesta por primera vez en un contexto compartido con otras obras venezolanas y latinoamericanas, alcanza su justa dimensión de asombro y excelencia), llena de detalles emocionantes, la arrolladora suite del ballet Estancia, del argentino Alberto Ginastera, que desde el primer compás al exasperante final te aferra con vehemencia a la audición.


Otra de las cimas de la grabación es la impactante y singular ejecución de la Santa Cruz de Pacairigua, de Evencio Castellanos, que ya debería estar en los archivos de las grandes orquestas sinfónicas del mundo, como codiciada pieza de lucimiento sinfónico, tras la audición del Cd, tal es la riqueza, potencia, colorido, fogosidad que Dudamel le arranca genialmente a esta partitura.


El surco final, que registra una de las incontables ejecuciones en vivo de la OSSB, del Mambo del West Side Story, de Leonard Bernstein, evidencia como es capaz Dudamel de convertir a nuestra sinfónica en uno de los mejores ensambles de latin jazz del planeta. Parece que dirigiera Eddie Palmieri o Chico O’Farrill, en lugar del inquieto director sinfónico barquisimetano.


Hoy por hoy, no hay una batuta al sur del Rio Grande, que interprete con más eminencia y genio este repertorio.


Si aún no se han deleitado con el disco, aquí les cuelgo la Fuga con pajarillo, del maestro Aldemaro, mientras lo compran.


05 Fuga con Pajarillo - Dances from the Ballet "Estancia".wma - Orquesta Sinfónica Simón Bolívar-Gustavo Dudamel

martes, 11 de noviembre de 2008

HIJOS DE PINTORES



Einar Goyo Ponte

En una insólita coincidencia, dos hijos de célebres artistas plásticos venezolanos, se dieron cita el pasado domingo 2 de noviembre para hacer música, en la Sala José Félix Ribas del TTC. Son ellos la soprano Ximena Borges, quien ha estudiado en EEUU y Europa con renombrados maestros entre quienes figuran el director Kent Nagano y el tenor Francisco Araiza, y es hija de Jacobo Borges; y el conductor Yuri Hung, surgido de las Orquestas Juveniles, ganador de certámenes europeos, y vástago del también pintor Francisco Hung. El programa eminentemente vocal arrojó varios y coloridos resultados como describiremos a continuación.

Borges inició acompañada solo por el piano de Franca Ciarfella, con un aria de la ópera Giulio Cesare, de Georg Frideric Haendel, desafiante en sus intrincadas coloraturas, las cuales sorteó con galanura, más no absoluta limpieza, la soprano, cuya voz de contenida amplitud, tiende a comprimir el timbre a medida que asciende en el registro.

Hung continuó con la Obertura de Le nozze di Figaro mozartianas, que de inmediato reveló el principal signo de su batuta: la morosidad en los tempi. Adquiere limpieza y precisión, cierto, pero pierde energía. De la misma ópera, la Borges cantó luego, en lugar del aria de El empresario, del mismo compositor, originalmente pautada en programa, el “Deh, vieni, non tardar”, de Susanna, de forma elegante y hábil, apoyada en el pulso peculiar de Hung, el cual le rindió generosos frutos en el siguiente Intermezzo, de la Cavallería rusticana, de Pietro Mascagni.

Pero le horadó a él y a ella la subsiguiente lectura de la hermosa “O mio babbino caro”, de la ópera Gianni Schicchi, de Giacomo Puccini, en total desincronización, debido a la cortedad de fiato (capacidad de contención de aire durante el canto) de la soprano, otra de sus señas de identidad. Lo que siguió pertenece a los terrenos de la desmedida audacia, muy frecuente, sin embargo, en los atrabiliarios egos de los cantantes, pues el aria estelar de la muñeca Olympia, de la ópera Los cuentos de Hoffmann, de Jacques Offenbach, no figura sino en las más afiebradas fantasías del ADN vocal del instrumento de la Borges. Ni la lentitud de Hung, salvó el pasaje.
Los dos fragmentos de la Suite Avileña, de Evencio Castellanos, dirigidos por Hung, fueron alternativamente sugerentes (Nocturno) y vacilantes (Navidad), salvo en la animación final. De seguidas, ahora inexplicablemente con micrófono, la Borges cantó “Estrellita”, de Manuel Ponce, que junto con “Bésame mucho”, de Consuelo Velázquez, debe figurar entre las dos canciones más fastidiosas del repertorio latinoamericano. Cobrando sus impuestos a la morosidad fue interpretada, con bastante puntería en los metales, la obertura Candide, de Bernstein, escrita para resaltar el virtuosismo de una orquesta, y que sirvió de pórtico a la mejor parte del concierto, la de la Borges haciendo el repertorio mejor sintonizado a su voz: el musical americano. Fue chispeante, suelta y rotunda en “I feel pretty”, de West Side Story, del mismo Bernstein, y en especial en “I got rhythm”, de George Gershwin, donde nos evocó aquel brillante álbum de Kiri Te Kanawa, en este repertorio.

Dos misteriosas inclusiones cerraron con bajo perfil el concierto: la una, la forzada “Alma llanera”, de Pedro Elías Gutiérrez, a la que ni el arreglo de Pedro Mauricio González libró de desentonar en el espacio de este programa, y una desangelada “Balada de Mackie Navaja”, de la Opera de tres centavos, de Brecht-Weill, que no tenía ni de uno ni de otro, al carecer de la mordacidad esencial de la emisión y del ritmo musical, así como del swing del pretendido jazz que se quiso insertar.

A modo de ilustración colgamos aquí a la soprano Kiri Te Kanawa, aunque no en el Gershwin comentado arriba, sino en un ejemplo de canto perfectamente sincronizado con el tapiz melódico orquestal, en el aria "O mio babbino caro", de Puccini



lunes, 3 de noviembre de 2008

UNA ORQUESTA DE 78 AÑOS


Einar Goyo Ponte

Como en la fecha real de su aniversario, 24 de julio, no se encontraban en el país, sino de gira por Grecia e Italia, la Orquesta Sinfónica Venezuela programó su habitual fiesta de cumpleaños para el 22 de octubre. Así la encontramos ya al borde de sus ochenta años, que celebrarán en el 2010. Esta idea, entre tantas, musicales y culturales, del Maestro Vicente Emilio Sojo, atravesó el siglo XX y se ha plantado en el XXI, venciendo vicisitudes y afrontando los retos que los cambios del tiempo y de la misma cultura del país le ha encarado. 78 años es una cifra que lleva muy poco tiempo escribir, pero incapaz de contener el océano de memorias, experiencias, artistas, invitados que cobija e hilvana su historia. Cuando yo, con apenas 15 años, comencé a aficionarme a la sagrada rutina de bautizar el domingo con un concierto de música clásica, viajando ¡sin metro! desde Caricuao hasta el Aula Magna de la UCV, para instalarme en el asiento más solitario de su balcón y dejar que aquella música, estremeciéndome, fuera moldeando lo que hoy llamo mi carácter, la OSV era aún la única orquesta con la que contaban los todavía no tan frenéticos caraqueños.

Este concierto del 78 aniversario estuvo dedicado a uno de sus fundadores, el insigne músico y compositor venezolano Moisés Moleiro (1904-1979), entre otras joyas, compositor del Joropo, pieza obligada de nuestros pianistas vernáculos, y que en cualquier rincón del mundo les permite, además de demostrar su destreza, desplegar la irreprimible esencia de nuestro acervo musical.

Así escuchamos la hermosísima Sinfonía al estilo clásico, que a petición del maestro Primo Casale, autor del arreglo para orquesta de cuerdas, Moleiro transcribiera a partir de una sonata para piano suya. El resultado de ambos talentos es una música de arrobadora transparencia, ahita de melodías, tomadas unas del venero popular, otras del clásico, para llegar a su cima en un inefable adagio, en el tercer movimiento, que evoca al Tchaikovsky reeditor de las fuentes clásicas barrocas y mozartianas, y concluye con un rondó, en la vena de las deliciosas sonatas para cuerda de Rossini, pero todo atravesado de modismos, ritmos y sugerentes vetas del cancionero popular venezolano. Fue diáfana y entusiasta, llevada por la enérgica batuta del maestro invitado desde Europa, David Levi, la interpretación de la OSV.

Como también lo fue, luego de la simpática ceremonia de condecoraciones y reconocimientos, la brillante y potente lectura de la enjundiosa Suite de Hary Janos, del húngaro Zoltán Kodaly, con la impronta firme de su preludio, la exactitud lumínica de El reloj musical vienés, la manera transparente en que construyó la parodiante Batalla y derrota de Napoleón, el ímpetu rítmico del atractivo Intermezzo, y el protagonismo ejemplar de la sección de metales logrado en la final Danza del Emperador y su corte.

Para complacer a un público entusiasmado hicieron una impetuosa, en la batuta fogosa de Levi, versión de la Obertura Candide, de Leonard Bernstein, y en gesto de despedida para el embajador japonés, un voluptuoso arreglo de la famosa canción “Venezuela”, de Herrero y Armenteros, que Levi dirigió como si hubiese nacido en Valle de la Pascua.

Fue una bella fiesta de cumpleaños.
Aquí colgamos el segundo movimiento de la Hary Janos, de Kodaly, El reloj musical vienés, como ilustración de esta fiesta: